Domingo. Y domingo de Mariela: habíamos quedado con aquella en que, domingo por medio, a la nena la paseaba yo. Y acá estamos los dos, después del McDonald’s, en el estúpido shopping de Martínez que en la semana me recomendó un estúpido compañero del banco. Divertidísimos estamos en el Patio de Comidas y Juegos, no sé si se nota. En cualquier momento la enana me pregunta cuándo volvés a casa conmigo y con mamá, papi, y yo me tiro a las vías del Tren Fantasma. No hay domingo en que no me lo pregunte, la puta madre. Y, para colmo, cuando subimos al tren para venir a este infierno y la llamé por su nombre, la muy brujita me corrigió:
—Hoy no me llames Mariela, que soy Bruno.
—¿Justo ese nombre fuiste a elegir?
Me miró raro:
—Los nombres no se eligen, pa.
Ya se ganó tres juguetes en las máquinas de premios, pero parece que hoy no hay nada que le ponga un poco de brillo en esos ojos grises. Es de tristeza. A veces me digo que la tristeza le cambió el color de los ojos, que yo siempre pensé —vi, mejor dicho— que eran celestes. Como fuese, a los juguetes se los cargo bajo el brazo, mientras ella —la misma mirada inexpresiva de los últimos domingos— trata de atrapar con los garfios de la peluchera a una Alicia que a la esclava boliviana que cosió los ojos de esa porquería le salieron medio bizcos.
Un intento, dos…, y Mariela abre más de la cuenta los ojos tristes: los garfios consiguen agarrar el pelo de Alicia en el País de los Estrabismos.
—¿Viste, pa? —me dice, después de quedar frente a frente con la muñeca, por así llamarla—. Esta peluchita se parece a mami, ¿no?
Es cierto: vista bien de frente, esta Alicia con cara de mosquita muerta se parece bastante a aquella.
—Sí que se le parece —digo extrañado, y me prendo un cigarrillo: que vengan los paquitos a joderme con que apague, me chupa un huevo. Y me muerdo la uña del índice, a la espera de la pregunta y bombardeado por el caos de músicas que parten de cada máquina en este Patio de Juegos y Comidas del Tercer Nivel. Pero no: en lugar de preguntarme lo que nunca puedo responderle —¿cómo responderle que aquella se enganchó con un drogón que en este mismo momento se la debe de estar cogiendo, y en nuestra propia cama, y que encima se llama nada menos que Bruno?—, Mariela se va con su Alicia de la manito. Doy una pitada corta, y entre el humo que exhalo veo cómo las dos se alejan.
—¿Adónde vas, Mar… Bruno? —le pregunto, y cuando me doy cuenta de lo que está por hacer corro hacia ella esquivando gente tan divertida como nosotros dos.
Pero no llego a tiempo: la muñeca vuela por la terraza del Tercer Nivel, directo al asfalto de la calle, bajo las miradas sorprendidas de las madres y los padres de mierda de los demás pendejos de mierda.
Cuando, ya volviendo a la casa de aquella, le pregunté a Mariela por qué revoleaste a la pobre Alicia, que ella no tenía la culpa de ser bizca, me contestó algo muy extraño que yo recién comprendería no bien dobláramos en la esquina del departamento y viéramos la cuadra llena de policías y de vecinos y curiosos que se dicen unos a otros pobre mujer, parece que el novio drogadicto la tiró del tercer piso tipo Monzón, y vea doña el charco de sangre que se formó alrededor y cómo la cara le quedó deshecha a la pobre.