Quien sostenga que los actuales programas educativos son absolutamente ineficaces se equivoca fiero, y la historia que estoy por contarles demostrará la medida de ese imprudente error de geopolítica. A despecho de los descreídos, mi relato cuenta con el aliciente de ser verídico en un 92,7 %; absténganse mis ocasionales lectores, por lo tanto, de tildarme de conspiranoico: todo lo que narraré enseguida sucedió, y seguirá sucediendo.
Cambiando algún que otro nombre y alguna que otra circunstancia, aquí les dejo, pues, otra vera historia. Gracias a ella podrán comprender, acaso definitivamente, los alcances de los hasta ahora exitosos planes que el Nuevo Orden Mundial y el Poder Internacional del Dinero aplican en los distintos estados nacionales para liquidarlos por siempre jamás. Asimismo descubrirán por qué nuestros jóvenes no tienen la menor idea de quiénes fueron, pongamos por caso, Louis Armstrong, Lance Armstrong, Neil Armstrong, el Petiso Orejudo, la Gorda Matosas, el Flaco Calígula, Ante Garmaz, Ante Marković, Ante Pavelić, D. H. Lawrence, Lawrence Durrel o Lawrence de Arabia, y por qué también son ajenos al paradero del cerebro de Kennedy, a la preparación de un buen asado a las brasas o al diseño de la letra o con un vaso, un lápiz y un papel.
Hace décadas, yo fungía como hombre orquesta en una petrolera multinacional de primera línea. Autoapodándome en secreto “Figaro, il factotum della città”, hacía de todo: desde liderar el equipo de Comunicaciones y controlar el buen funcionamiento de fotocopiadoras, teletipos y faxes, hasta comprar la más práctica cafetera que pudiera encontrarse en el Microcentro. Más de una vez debí reubicar a las distintas tropas de esclavos en indiscretas workstations, o almorzar con algún jerarca del Correo Central o contratar al mejor técnico en aire acondicionado. Así como el generalísimo Francisco Franco Bahamonde, con sus treinta años, era en su tiempo el General más joven de toda Europa, en ese entonces Marcelo Eugenio di Marco era el supervisor más joven de toda la compañía. De manera que, en mi cargo de Office Services Supervisor, todo el día me lo pasaba generaleando órdenes por teléfono, con las patas sobre el escritorio y desde el piso 21 del edificio “Conurbán”, amparado por la intimidad de una oficina para mí solo y con vista al Yacht de Dársena Norte. Dicho de paso, lo de las patas sobre el escritorio —a lo ejecutivo de película— no es ninguna metáfora: el 17 de marzo de 1992, bien podría haber sido yo mismo la víctima número veintitrés cuando la embajada de Israel voló por los aires, porque la onda expansiva por poco no me tira de nuca al piso, debido a mi oblicua inestabilidad podoempresarial; pero esa es otra historia, y sucedió varios años después de la que empieza en el siguiente párrafo.
Un buen día recibí en mi despacho a un visitante tan inesperado como memorable. Hablo del ingeniero Kundera. El ingeniero Kundera —no recuerdo su nombre de pila— se presentó en Recepción como Asistente de Comunicaciones de una de las más prestigiosas empresas de telefonía de aquel entonces, y también de ahora. Mientras me acercaba a él —no podía ser otro: aparte de la recepcionista, no había otra persona en el hall—, le iba sacando la ficha a través de los paneles vidriados que nos separaban. Lejos de estar parado frente al conmutador, el tal Kundera me esperaba ocupando uno de los mullidos sillones: raro que no estuviera al menos echándole un vistazo a nuestra centralita; acaso ya lo había hecho. Era un señor mayor, y no se parecía en nada a Milan Kundera —cuando la recepcionista me lo había anunciado, quise sospecharle algún lejano parentesco con el autor de La insoportable levedad del ser—. Se levantó al verme, y ahí vi que se trataba de un hombre más bien bajo y bastante entrado en carnes. Orejón, anteojudo, medio pelado y con un bigote blanco de guías rectas que le llegaban exactamente hasta las comisuras de los labios, tenía más pinta de maestro de pueblo que de ingeniero en telecomunicaciones. Nos dimos la mano —la de él dejó en la mía un rastro seboso de vaya a saber qué ingenieril sustancia—, y enseguida se excusó por el hecho de no haber solicitado la cita. Puro sonrisas y graciosos mohínes, aseguró haberme conocido en un cóctel del Club Americano.
—Y ahí supe, señor Di Marco, que una visita sorpresa no le incomodaría. ¿Se acuerda, no?
—Puede ser —dije, y me vi a mí mismo entornando los ojos, como me pasa cuando las cosas no terminan de cerrarme y sospecho algún quilombo inminente: yo había pisado el Club Americano una vez sola, hacía una eternidad, y no para un cóctel sino para una cena de Fin de Año de la empresa. Debía cuidarme: acaso el tal Kundera era un agente encubierto, embarcado en alguna misión de espionaje industrial. Nada que ver: al estudiarlo mejor, vi en esos ojos celestes la inconfundible mirada de un tipo inofensivo. Acaso tantas décadas de empresa habían terminado por desacomodarle algún patito en la hilera, y confundía los lugares.
Lo invité a pasar a mi despacho, y mandé que nos trajeran un par de cafés. Cumplidos los formalismos de rigor, le pedí que fuéramos al grano.
—Ay con la impaciencia juvenil… —dijo, como un abuelo tierno que reconviene a su nieto, y supe que tenía para rato con el ingeniero Kundera—. Antes me gustaría conocer un poco la empresa.
—¿Para ofrecernos…? —arriesgué, poniéndome de codos sobre mi escritorio.
Alzó la mano, como quien trata de contener a algún impetuoso, y dijo:
—Mire qué linda vista tiene, Di Marco, mire qué río que tiene. Hoy está tan despejado que hasta se ve la costa uruguaya. —Se levantó de la silla, y con las manos entrelazadas por detrás fue hasta la ventana que daba al Yacht—. La última vez que fuimos con mi mujer a Colonia, ella todavía no se había enfermado. Fuimos con el hijo, ¿sabe?
—¿El hijo de ella?
—No, no, no. —Se dio vuelta, me miró frunciendo el ceño—. Nuestro hijo. Nuestro pibe. Yo a Ricardo lo llamo así, “el hijo”. Es mi único hijo, ¿vio, señor Di Marco? A los cincuenta y dos lo tuve. Hoy Ricky tiene veintiún años, mire. —Se mordió el labio, movió la cabeza como quien ha sufrido el paso del tiempo.
Yo estaba acostumbrado a aquel untuoso meloneo, y el ingeniero Kundera no era ninguna excepción. En los ochenta, las cosas eran así: uno empezaba escuchando del gerente o del promotor plantado escritorio de por medio historias de filatelia o de caza con arco o de su entorno familiar, y terminaba pactando el comodato de un par de radios de Alta Frecuencia o la renovación de los dispositivos buscapersonas, que por aquellos años anticipaban los celulares de hoy.
—¿A usted le agrada la buena mesa, señor Di Marco?
Me palpé los michelines, asintiendo.
—La próxima vez que vengamos —dijo, sonriente y comprensivo—, le traigo la especialidad de los Kundera: un paté con hierbas cuya receta se remonta a nuestros antepasados transilvanos.
La draculiana referencia no logró distraerme de ese plural que el ingeniero acababa de usar en la frase “La próxima vez que vengamos”. ¿Que vengamos quiénes? ¿Él y quién más? Recordé una curiosidad gramatical que me enseñó mi mujer: a veces el uso del plural se aplica a una sola persona; se trata del plural de modestia. Llámese como se llamare tal uso infrecuente, lo cierto es que Marcelo di Marco ya estábamos estufados con el chichoneo kunderiano.
—Le voy a pedir, ingenier… —empecé a decir, y no pude continuar la frase, porque el ingeniero Kundera siguió en la suya.
—Ricardito es lo que se llama un hijo de la vejez —confesó, y noté por su expresión que se le venían encima una pila de años—. A veces me preocupa.
—¿Por…? —Agucé el oído, súbitamente interesado en los Kundera, aunque en ese momento no sospechaba que algún día escribiría un cuento con la historia que estaba despuntando, más y más, de los labios de aquel ser solitario.
—Y, usted sabe. Yo estoy para jubilarme. Ya debería haberme jubilado. Mi esposa no está más con nosotros, pobre Rita. Y Richi… Bueno, a mí me gustaría irme con la seguridad de que el hijo quede en buena posición. Con un trabajo, ¿sabe? —Al decir esto, sacó un pañuelo y se lo pasó por los ojos.
Yo en esa época era más sensible que ahora, de manera que no tuve estómago para volver a insistirle con que revelara de una vez el motivo de su visita; es más: ya era tiempo de cambiar nuestro sistema telefónico, así que la providencial presencia de un ingeniero perteneciente a la empresa en el rubro telefonía no me venía para nada mal. Pero no podía engañarme a mí mismo: yo ya había descubierto el auténtico motivo de la visita. Por eso dije, casi sin pensar en la que me estaba metiendo:
—¿Quiere que su muchacho tenga una entrevista conmigo, ingeniero Kundera? ¿Quiere que hablemos?
Me miró a los ojos como si yo fuese una especie de eminencia reverendísima, se guardó el pañuelo y asintió moviendo la cabeza. No podía ni hablar, trataba de disimular la emoción el pobre. Aclaro que, por aquel tiempo, Raúl Alfonsín —el Padre de la Democracia, como se lo llamaría años más tarde no bien se murió— estaba hundiendo al país en un océano de inflación sin precedentes en la historia. Todo el mundo perseguía la vana ilusión de atornillarse a algún escritorio, por más míseras que fuesen la remuneración y las condiciones de esclavitud que se pactaran. Viéndolo moquear de agradecimiento a ese hombre grande, me dije: Bajá un cambio y no te hagás el redentor, que charlar un par de pavadas con un pibe sin laburo no te cuesta nada. Eso y más: nuestro gerentito de Relaciones Industriales me debía un par de favores, y a lo mejor había algún lugar para ubicarlo a Kundera Junior. Dije:
—Dele esta tarjeta a su hijo. —Le tendí la tarjeta al ingeniero—. Él me llama, y arreglamos un encuentro en el sector de Comunicaciones. ¿Cuál es la especialidad de Roberto? ¿Anda en las mismas que usted?
—Ricardo —me corrigió Kundera, serio—. El hijo se llama Ricardo. Anda en el tema educación. Y no es necesario que le entregue ninguna tarjetita.
Aquello me desconcertó bastante.
—Pero… —empecé a decir, cuando el ingeniero Kundera salió súbitamente de mi despacho, gritando de alegría y contento como un chico que está por estrenar un juguete:
—¡En un rato se lo traigo para acá, mil gracias! —Y ya se perdía en el primer ascensor que vio con las puertas abiertas, y yo sospeché que el pibe lo estaría esperando en la vereda y todo.
La situación, maldita sea, ya estaba fuera de mi control. Había caído como un chorlito. Un chorlito paranoide, por cierto: ¿y si el tal ingeniero era en realidad un psicópata, y había bajado a buscar un arma a la guantera del coche? En esa época, a mí se me daba por delirar con cosas semejantes. ¿Y si Ricardito era el nombre con que el supuesto ingeniero había bautizado a su Colt Python .357 Magnum, y ahora volvía, a ponérmelo de supositorio? Por las dudas llamé a uno de los monos de Seguridad, y le pedí que merodeara por el hall y la entrada a mi despacho. Por las dudas.
El ingeniero Kundera volvió a los cinco minutos: lo vi salir del ascensor. Lo seguía un muchacho de saco y corbata, desgalichado y caminando como el babeante espástico que en realidad era.
Y entonces comprendí.
Nunca la soledad será tan oscura, me dije, imaginándome lo que sería la vida de aquel enfermo cuando el ingeniero ya no estuviese para limpiarle esos infradotados mocos que le colgaban de la nariz. Una tragedia de nuestra época, de nuestros tiempos tan difíciles.
Pero me equivocaba de medio a medio.
Volví a encontrarme con el hijo de Kundera una punta de años después, lo reconocí enseguida. Yo ya estaba alejado para siempre de la actividad empresarial, y con siete libros publicados me había convertido en un escritor relativamente exitoso: a los pocos meses de su lanzamiento —1997—, Taller de corte & corrección acababa de ocupar un lugar en la lista de bestsellers de Página/12, y ya en Sudamericana se estaba planificando el inminente lanzamiento de la segunda edición. Del Ministerio de Educación —así suele llamárselo—, me habían invitado a un cóctel, pero no en el Club Americano sino en el Palacio Pizzurno mismo: yo formaba parte del equipo de escritores convocados por el Plan Lectura para recorrer el país de punta a punta dándoles charlas a los “profes” de Lengua y explicándoles la conveniencia de que de vez en cuando largaran la tele y leyeran algún libro.
En medio de los invitados y los mozos, al verlo a Ricardo Kundera —era inconfundible y estaba idéntico— zumbando su oscilante actitud entre los miembros de la plana mayor del Ministerio, se me puso la piel de gallina: ese hombre seguía con la misma mirada, torcida en un rictus de idiotismo; seguía con la misma babosa lengua, medio asomada entre los exiguos labios; seguía con la columna vertebral plegada en la actitud del idiota, del hijo de la vejez.
En aquel tiempo, en mi despacho, yo nada había podido hacer por ese pobrecito que ni siquiera supo darme la mano sin temblar de pies a cabeza y esquivando mi mirada, con una mueca de catatónico terror. ¿Cómo sentarme con él para charlar de algo, y mucho menos de telecomunicaciones o de algún posible trabajo en la multinacional a la que lo había arrastrado el padre en el colmo de su loca, de su irremediable esperanza?
¿Y qué hacía ahí entonces semejante orate, años después, en el seno del Ministerio?
No tardé en enterarme, y sin anestesia. La directora del Plan Lectura nos lo presentó a todos los escritores con estas palabras tan reveladoras como escalofriantes:
—Con ustedes, el licenciado Ricardo Kundera. Él es el creador de los programas que les estamos bajando a nuestras alumnas y a nuestros alumnos de la secundaria. Un genio, simplemente.