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marcelo di marco

su pobre angelito

—Por qué, hijita de mi corazón. —Solo como nunca, enterrado en la austeridad monacal de aquella sala de estar más parecida a una bóveda, el hombre mayor lloraba sin consuelo—. Por qué, hijita, que ni diez años tenías vos. ¡Hijita querida, angelito mío!
Y secándose las lágrimas se preguntaba el hombre —en las últimas semanas, ya se lo venía preguntando más de la cuenta, y bien conscientemente— por qué no terminar con todo de una buena vez. Por qué no levantarse del sillón ya mismo, y sacar un revólver del armero, y a otra cosa. Porque… ¿a qué seguir, a título de qué?
Primero se le había ido Nuncia, convirtiéndolo en viudo.
Y ahora Moniquita, con apenas dos años de distancia entre una y otra.
Y ya iba para un mes que la había enterrado.
¿Por qué ellas habían tenido que irse antes, contra toda lógica, siendo él un viejo? Maldito veneno para ratas, que estúpidamente no había escondido tanto como hubiera debido.
—Hijita preciosa, por qué.
Como si pudieran dar alguna respuesta para semejante cuestión insoluble, miró los dos dragones tallados que enmarcaban el reloj de la sala. Inútil reloj: desde que había vuelto de la Chacarita que no le daba cuerda. Se olvidaba, no había caso. De muchas cosas se olvidaba. Y, en esta noche, el insomnio, más implacable que de costumbre, le venía perforando las sienes desde que se había metido en la cama, tan vacía ahora. Estaba seguro de que no conseguiría dormir ni quince minutos. Por eso se había levantado. Para ponerle un nombre a la soledad —sí: hasta cursi se había vuelto—. Para hundir los ojos arrasados de lágrimas en los retratos de sus queridas muertas, que tenía ante sí colgados en la pared de la sala.
Pero ni siquiera sospechaba que, si hubiera girado apenas la cabeza hacia la derecha, hacia el hogar de mudos leños, habría podido distinguir, habría podido vislumbrar, muy quietita entre el marco izquierdo del hogar y el pasillo, a su angelito. Habría podido, al menos, percibirla con los ojos del deseo de un amante padre. Incluso, en esta noche de creciente producción de endorfinas —producción causada por el dolor, desde luego—, habría podido llegar a verla, y sin necesidad de levantarse del sillón.
Porque ella acababa de volver.
Sí: de tanto invocarla con toda esa letanía de hijita-preciosa-de-mi-corazón-y-blablablá, la pequeña Mónica había regresado.
Y tenía una misión.
En las Orillas de la Noche y de la Bruma de la Muerte —a aquellas soterradas regiones destinaba Nyarlathotep, el Caos Reptante, a los niños suicidas— le había quedado claro qué debía hacer: los Primigenios, al servicio de los Dioses Exteriores, la habían iniciado.
Miró a su alrededor, hasta donde llegaba la sutil radiación de su aura. El atizador del hogar, con sus terminaciones agudas, le sirvió para inspirarse: visualizó un arpón ballenero que había visto en una película, y le sacó filo. Y, arpón espectral en mano, se deslizó con los piecitos a ras del piso hasta el sillón. Hasta la parte de atrás del sillón.
Las instrucciones de Nyarlathotep habían sido muy precisas: Mónica “hundió” la punta del arpón en el lóbulo occipital de aquel reverendo hijo de puta, quien mediante esa acción certera entraba ahora mismo en la primera fase del Síndrome de Anton.
Misión cumplida, Mónica desapareció.
Y, flotando rumbo a las Orillas de la Noche y de la Bruma de la Muerte, celebró la ceguera, las alucinaciones y la demencia que ya habían empezado a desquiciar a ese inmundo, quien jamás permitió que su pobre angelito sin madre durmiera sola.