No, no había nada que hacerle: cuando la tabla rodante, camilla eléctrica o como se llamase esa carajada empezó a moverse con los mismos zumbidos que las articulaciones de Robocop, todas sus previsiones y esperanzas se le diluyeron en un pantano de adrenalina. Ya había cerrado los ojos hacía rato, momentos después de que el operador le mintiera —¡porque era una mentira, seguro!— que la resonancia duraría “apenas” catorce minutos y que le dijera, en un tuteo de toda la vida aunque recién se conociesen, pensá en cosas lindas. Pero él no podía pensar en cosas lindas. Pensaba en un nicho. Pensaba que lo estaban metiendo en un nicho, vivo. Pensaba que no podría salir de ahí nunca más. Y mientras la tabla rodante, camilla eléctrica o como mierda se llamase esa mierda lo iba introduciendo más y más en aquel tubo tan estrecho, y cuando por fin el tubo se lo tragó como si fuera una anaconda (no él sino el tubo, porque ahora acaba de acordarse de un video en YouTube, con una gigantesca anaconda tragándose vivo a un yacaré, y el pobre bicho agitando las patas y la cola hasta que no pudo agitarlas más, y no porque el encierro lo hubiera terminado de matar piadosamente por la falta de aire, sino porque el túnel de carne de la víbora ya no le permitía el más mínimo movimiento), él remontó el pasado y recordó que había descubierto su claustrofobia hacía más de treinta años, en Florencia, durante la ascensión por el interior de la cúpula de Brunelleschi, en Santa María del Fiore. Y por lo menos ese primer viaje a Europa era una cosa linda. Linda de recordar. Recordar las calles de Florencia, recordar el paseo por la ribera del Arno y la vista panorámica desde lo alto de la ciudad de techos rojos, y recordar cómo, peldaño a peldaño y mientras con su novia subían la infinitud de esa escalera helicoidal hasta la cúspide —que no se alcanzaba nunca— y las paredes se iban angostando, él no dejaba de repetirse que, si en esa ascensión le llegaba a dar un ataque de presión o un buen infarto como Dios manda, no lo salvaba ni Nuestro Señor Jesucristo, que vive y reina por los siglos de los siglos de esta eternidad de ojos cerrados y escalofriantes ruidos de hierros y bocinas —se lo habían advertido, y él lo confirmó en Internet, días antes de someterse al resonador magnético— que ya le están atravesando los tímpanos. Y ahí viene la Virgen. No: viene mamá. Un recuerdo precioso de su tierna viejita a los treinta y pico jugando un doble damas con las amigas, mientras él con tres años le ruega —fue un ruego, aunque no podía ni hablar bien de tanto doloroso llanto— que vengas a salvarme, mami, que tengo dos clavos enterrados en la planta del pie de pisar sin querer una tabla con clavos y yo después me los saqué solo a los clavos y la sangre me desborda la zapatilla que ya no es más blanca y andá a buscar a tu padre que estoy jugando y va la tierna mamita y alza la pelota por encima de la cabeza y saca de un buen raquetazo de la raqueta recién encordada con tripas de cerdo, y la pelota pasa por encima de la red. Un recuerdo precioso, que se hace más precioso cuando él ve cómo ella sigue dándole a la ball, de drive y de revés y de bolea, como si no tuviera a su puto chiquito, a él de tres años, detrás del puto alambrado que lo separaba de la cancha de tenis, que lo separaba de ella, con el pie traspasado de sangre y ahora dándose la vuelta y queriendo correr sin poder correr y después la antitetánica —las antitetánicas, y encima más de medio siglo atrás la reacción en la piel era espantosa— y la mami en el buffet tomando algo después del doble damas y no en la guardia del hospital acompañándolos a él y al pollerudo del padre, que después no la levantó en peso, linda mamita buena y lindo papito valiente.
Tranquilo, mi amor, calmate.
¿Tranquilo? Quién… Quién le estaba hablando entre la maraña de cosas lindas y sonidos que se rompían el culo para ver cuál de todos era más escalofriante y las ganas de correr de morder de clavarse las uñas en la cara y que lo sacaran de entre las tripas de esa víbora.
¿Mamá?
Y hubo un silencio que duró segundos o minutos —un infierno de ojos apretados a la más absoluta oscuridad y con la respiración apretada en un sudor profuso— y también apretada la perilla de goma, la de la alarma.
—Tranquilo, señor, ya lo sacamos.
La voz del operador, que ahora sonaba peor porque no lo estaba tuteando.
—Lo sacamos ya mismo. Lo sacaríamos ya mismo. Pero…
Diez, quince minutos, quince horas o quince siglos.
—… pero hubo un desperfecto.
—¡SÁQUENME DE ACÁ, HIJOS DE PUUUTA!
Su propio grito, un grito de garganta seca, lo aterrorizó a él mismo al resonar entre las tripas metálicas de la anaconda, para morir en el silencio más atroz.
Tranquilo, Eduardito. Soy…
¿Mamá? Si estás muerta bien muerta.
Mamá, que viene a salvarte. Mamá, que viene a corregir el error aquel del doble damas. Mamá, que quiere que la recuerdes sin odio, que quiere paz y reconciliación.
Por estar muerta, la voz de la madre no sonaba para nada mal.
Vos confiá, Eduardito de mi corazón.
—Y qué tengo que hacer, mamá.
Confiar. Eso tenés que hacer. Dejame arrullarte como cuando eras tan chiquito, hijo de mi corazón que te quiero tanto. Dejame que te abrace. Así, ¿ves? Bien apretadito. Yo te abrazo mientras vos esperás que se solucione el desperfecto y te saquen de una buena vez, pelotudo.
De aquel desperfecto han pasado cuarenta años. Y el operador del resonador magnético, hoy babeándose en un geriátrico de mala muerte y con el pantalón piyama oliendo a meadas, todavía no puede responderse a una pregunta, una pregunta irrespondible, que no lo ha dejado en paz en estas cuatro décadas: ¿por qué milagro, cuando pudieron resolver el desperfecto, media hora después del colapso de energía, sacó del resonador a una señora tan simpática y tan vivaz y tan entradora, en lugar de al gordo canoso que él mismo había metido ahí adentro, sin lugar a la mínima duda, hace como cuarenta años?
Y al mismo tiempo, y en Chacarita, a cinco kilómetros de ese moridero de viejos, los miembros de la más reciente generación de todas las generaciones de gusanos que vienen habitando el nicho 136 desde hace cuarenta años, toman la posta de sus vetustos congéneres y se preguntan cómo fue que en algún momento, cuatro décadas atrás, la reseca anciana aquella de sabor tan rancio dio lugar a la carne —fresca y grasienta— de un señor entrado en carnes y de sabores tan deliciosos, que durante su larga agonía no paró de gritar a voz en cuello, dentro del cajón:
—¡SÁQUENME DE ACÁ, HIJOS DE PUUUTA!