Deambulando solo, como siempre, recorría la casa de sus abuelos, después de cuarenta y cinco años.
La cocina de hierro, la monstruosa bañera con garras de bronce en las patas y los muebles Reina Ana del comedor estaban en mejores condiciones que cuando él los había visto por última vez. Todo seguía intacto, sin el polvo y las telarañas de las pesadillas, como si ese medio siglo de ausencia no hubiese transcurrido. Todo irradiaba belleza, fragilidad. Todo irradiaba dulzura.
Pero él no se sentía muy feliz por el regreso a aquella casona, y no lograba explicarse la causa. Había un recuerdo ahí, vaya a saber en qué rincón. En qué sótano de su alma herida. Y unas voces de mujeres le dijeron que no entrara en la habitación de la abuela, al fondo del pasillo. ¿Para qué, si él no pensaba hacerlo?
Entró en la habitación de la abuela.
La abuela no estaba, y tampoco estaba el abuelo: ella ya había enviudado de aquel viajante que solía desaparecer durante meses. Un abandónico, como le había dicho su nuevo psiquiatra. Un inhallable.
Lo que sí vio en la habitación de la abuela, sobre la cómoda, fue el vidrio tornasolado.
El frasco.
El frasco de perfume, claro que sí. El frasco de perfume con el típico cristal bordeado de relieves sinuosos. Con el atomizador de goma terminado en flecos. A sus cuatro o cinco años, a él le encantaba.
El atomizador de goma.
Goma suave.
Flecos suaves. Acariciantes al tacto.
Y todo se volvió tinieblas que se confundieron con la claridad del cuarto cuando él entreabrió los ojos.
Despertó empapado en sudor y en lágrimas. Despertó por culpa de los latidos punzantes de su propio corazón, el mismo que debía soportar ahora la avalancha de esas décadas de miseria, de fracaso y de vergüenza que acababan de venírsele encima en una sola noche. Toda una impotente y solitaria vida de impotencia cifrada en la tarde que el sueño le había revelado para siempre. La siesta aquella, cuando después la abuela le dijo que vos y yo no hicimos nada malo y que cuidadito con andar contándolo.