¿Qué edad tendría en mi adolescencia el día en que descubrí que papá y yo éramos algo más que un simple padre y un simple hijo? Desmadejando la telaraña de hechos de sangre que sobrevinieron a lo que estoy por contar, calculo que andaría cumpliendo los diecisiete. Y no me pregunten con cuál de mis pocos amigos estábamos por escuchar música en mi pieza ese día, y tampoco recuerdo qué íbamos a escuchar. Y capaz que eran dos o tres los amigos invitados, en lugar de uno solo. Pero esos son detalles que no tienen la menor importancia.
Lo importante es que, cuando estaba levantando el brazo de la bandeja del Grundig para poner el disco que fuese, por la puerta abierta de mi pieza me llegaron ruidos a llavero: alguien entraba desde el pasillo que daba a la calle. Era sábado, de eso estoy seguro. Mamá y mi hermana no estaban en casa —ni idea de en dónde podrían andar, a lo mejor en el club—, y papá a esa hora debería de estar trabajando en la clínica del Sindicato.
Pero era papá. Por los pasos, el que entraba era papá.
Yo ni sospechaba por qué había vuelto del trabajo antes de hora, pero lo primero que se me ocurrió fue decirle:
—Qué hacés, pa. ¿Entrás a escuchar música con nosotros?
Hoy pienso en mi candidez, y se me revuelven las tripas.
Se asomó por la puerta de mi cuarto, sin decir una sola palabra, y cuando verificó que había alguien más me hizo señas de que fuera hacia él. Obedecí.
—Tenés que venir conmigo a la clínica —me dijo en voz baja, después de entrecerrar la puerta.
Pensé en mamá y en mi hermana.
—Quién se lastimó.
—Hay un problema. —Hablaba raro, como si estuviera en otra parte. Nunca lo había visto así—. Tenés que interrumpir todo —señaló mi cuarto—. Dejá para otro día lo de la musiquita.
—¿Qué pasó, pa?
—Hay un loco de mierda que entró a los gritos diciendo que yo ando con la mujer. Vamos de una vez. Tengo el auto en la puerta, mal estacionado. Tenés que interrumpir todo.
Volví a mi cuarto, interrumpí todo.
Ya en camino, arriba del Renault, yo no dejaba de preguntarme —y mientras escribo esto, más de cuarenta años después, vuelvo a preguntármelo— por qué me había venido a buscar. Y sobre todo me preguntaba para qué me necesitaría en la clínica. Al día de hoy, como acabo de sugerir, no tengo una respuesta que me deje ni medianamente satisfecho; sí tengo conjeturas con las que no vale la pena que me dé manija.
Pero allá, más de cuarenta años atrás y abrazándome las piernas en el asiento del acompañante, me dolía la cabeza de tanto hilar en el vacío. Lo que había dicho el loco de mierda era mentira, por supuesto. Y a lo mejor papá me llevaba para que yo lo ayudase a decírselo al loco ese, para convencerlo de que él no andaba con nadie y de que era buenísimo. Pero ni yo me creía que los motivos por los cuales había venido a buscarme eran esos. ¿Y si le preguntaba directamente, así por lo menos despejaba esas pavadas que se me cruzaban por la cabeza?
—Está loco el tipo —dijo papá.
—Seguro, pa.
Preferí no preguntarle nada. Ya me enteraría.
Manejaba mirando bien a los costados, y de reojo noté que usaba más de la cuenta el retrovisor. Incluso llegó a darse vuelta y todo, un par de veces. En un semáforo, cuando vi cómo se le habían puesto blancos los nudillos de tanto apretar el volante, se me hizo un nudo en la garganta.
—Está loco —dijo de nuevo, y después no habló más en todo el viaje.
Llegamos a la clínica. Recuerdo que al pasar por Mesa de Entradas vi en la pared de atrás un reloj redondo, de agujas. Marcaba cualquiera, estaba parado; pero enseguida comprendí, por el cartel en letras doradas: HORA EN LA QUE EVITA PASÓ A LA INMORTALIDAD.
—Ahí. —Papá me señaló una puerta—. Entrá ahí.
Al abrir vi que adentro había cinco o seis tipos. No reconocí a ninguno. Entré, medio empujado por papá. Estábamos en un consultorio, un consultorio de dentista. Era la primera vez que yo pisaba la clínica del Sindicato, y me vino la intuición de que también sería la última.
—¡Y se volvió con el hijo! —dijo uno de los tipos al verme, con una mezcla de bronca y de asombro.
El loco de mierda, pensé.
Y era nomás el loco de mierda, porque al toque se lanzó hacia papá, y tuvieron que agarrarlos a los dos, y el tipo meta putear y gritar que papá estaba haciendo esto y aquello con la mujer, y papá poniéndose más y más colorado de la bronca:
—¡VOS ESTÁS LOCO, Y QUIÉN CARAJO TE CREÉS QUE SOS!
Entonces uno de los tipos que estaban adentro, y que después me enteré de que era el Médico Jefe, dijo en voz alta que si papá y el loco de mierda seguían bardeándose estaban poniendo en juego el trabajo de todos los compañeros profesionales ahí presentes.
—Incluso el de su mujer —le dijo al loco—, aunque hoy no haya venido. —Y ahí me di cuenta de que la mujer también trabajaba en la clínica.
Alguien propuso que al loco de mierda le trajeran un calmante. El loco de mierda, mentiroso hijo de puta, apareció como por arte de magia sentado en una sillita, con cara de yo no fui.
—Y usted, doctor —le dijo a papá otro de los tipos—, por hoy y por esta semana le damos franco.
—Pero yo…
—… ya nos vamos a comunicar.
—Puede retirarse —dijo el Médico Jefe, sin mirarnos ni a papá ni a mí.
De nuevo en el auto, durante el viaje de vuelta no volaba una mosca.
—Qué tipo más loco, ¿no, papá?
No me contestó. En un momento me miró más serio que nunca.
Llegamos a la puerta de casa.
—Vos entrá, que voy a dejar el auto en el garage. —Y yo estaba bajándome, cuando la pensó mejor y dijo—: Pará. Quedate.
Y me lo contó todo.
Papá hablaba y hablaba. Y, a medida que se iba separando de nosotros, cada vez más lejano, los mejores momentos vividos con él y con mamá y con mi hermana se me iban diluyendo hasta volverse un borrón.
Acabo de reparar en lo que escribí un par de párrafos arriba, y me corrijo: esa tarde, adentro del Renault, papá no me lo contó todo.
Faltaba.
Mamá y mi hermana no habían vuelto todavía. Yo estaba solo en la casa.
Empecé a degustar la propia lástima, la pena por uno mismo. Y las lágrimas me vinieron solas. Me arrasaban, era como una tormenta. Pensé que, si papá volvía del garage y me veía así, llorando como un marica, me daría una vergüenza terrible.
Fui a su dormitorio, al dormitorio de ellos. Me temblaban las manos.
Sobre una cajonera que se extendía a lo largo de la pared del dormitorio estaba la intocable colección de bibelots de porcelana y perfumeros de cristal que él le venía regalando a mamá. Levanté uno de los perfumeros más grandes, de esos que vienen con la perilla cubierta de flecos. Lo sopesé.
Y me dije que, si lo estrellaba contra el piso, acaso podría despertarme, y así paraba de llorar de una vez por todas. Y tuve la certeza de que, si empezaba con uno, no pararía hasta destruirlos a todos, hasta destruirlo todo. Y me vinieron ganas de morder, de retorcerle el pescuezo a alguien, de romper la cama a patadas.
Miré de nuevo el perfumero grande y lo dejé en su lugar.
Entonces, cuando me vi reflejado en el espejo oval que colgaba sobre la cajonera, siempre a través de las lágrimas, me ganó el terror: yo no era yo. Era yo, por supuesto, pero con cinco años más encima. Siete, o diez. Estaba cambiando. Era imposible, pero aquello sucedía de verdad.
Al principio me dije que la impresión se debía a la emoción violenta por culpa de lo que acababa de enterarme, por culpa de aquello que me había cambiado la vida para siempre; un trauma agudo que me hacía ver en mí cosas que no existían —cosas que no existían, claro, pero que tenían todo el derecho de existir—. Me palpé las mejillas, palpé ese vello áspero que estaba reemplazando a mi incipiente barba y que también me ganaba los pómulos y la frente. Vi cómo se agrandaban mis pupilas, y la violencia del desplazamiento de mi dentadura me tensó la quijada, y antes de tener que apartar la vista de mi reflejo —caía al piso, desvanecido— noté en medio del horror cómo mis orejas crecían puntiagudas y cubiertas de pelos enmarañados.
Al despertarme, pensé que seguía frente al espejo oval. Pero no: cuando cobré más consciencia descubrí que era papá a quien tenía frente a mí, y no mi propio reflejo.
Estábamos los dos en mi habitación. Él, reclinado por encima de mí. Acostado en la cama, boca arriba, yo lo miraba desde abajo. Y antes de que pudiera gritarle mi espanto en estado puro se llevó a la boca la garra peluda, y se cruzó en los labios aquel largo dedo terminado en una uña de estilete. Y me dijo, con una voz deformada por las proporciones del hocico pronunciado y los colmillos:
—Ni una sola palabra a nadie, y menos a aquella y a tu hermana. —En el fulgor de esos ojos bestiales acechaba un brillo divertido. Sonrió.
Y en medio del pánico vislumbré cómo se abría ante mí un futuro muy distinto al que venían planificando mis ambiciosas fantasías de adolescente.
Un mes y medio más tarde fueron descubiertos los cadáveres del loco de mierda y de la mujer, los dos configurando una coreografía poco habitual. Los encontraron en el exclusivo Pasaje del Correo, de madrugada: el chef del bistró del piso de arriba del callejón, donde la pareja había ido a comer —acaso en tren de reconciliarse—, bajaba para irse a su casa cuando notó en el rincón de las bolsas de basura un paisaje diferente. Al principio tomó aquello por un poco subrepticio acto sexual, consumado entre las sombras y las ratas que escarbaban en las bolsas. Según sus declaraciones, “ese par de dementes” estaban uno sobre el otro, y horas después los de la Policía Científica determinaron —y no se necesitaba ser demasiado científico para determinarlo— que el loco de mierda y la tipa habían sido descuartizados con toda saña.
Obviamente, el contexto y las circunstancias previas inculpaban a papá. Y el doble crimen se hubiera resuelto muy pronto, a no ser por un detalle: en la noche de los asesinatos, él estaba exponiendo en medio de un congreso de cirugía maxilofacial, en Montevideo. Según su estilo y no bien se enteró del hecho —y por si hiciera falta—, en un brevísimo llamado desde el hotel se permitió recomendarme la más absoluta discreción.