Esa misma semana, yo había conocido a Ezequiel en el Paraíso del Colón —Tosca, 1975—, y ahora estaba en la casa, un sábado de invierno, con un objetivo muy puntual: mi flamante amigo se había empeñado en hacerme escuchar en el Grundig Turandot, la última ópera de Puccini. Él deliraba con la ópera, y al verme más y más entusiasmado después de cada final de acto de Tosca —una de las primeras óperas de mi adolescencia, y mi primer Puccini— me invitó a conocer la mejor ópera de la historia de la ópera, Marce, y ya vas a ver cómo suena en el equipo. Cinco años mayor que yo, lo recuerdo como un tipo de personalidad, aunque un tanto solitario. Hoy, después de toda una vida, creo entender el auténtico porqué de la invitación aquella.
No bien me abrió la puerta del departamento en que él y los padres porteros vivían, me llegó un vaho a sopa de verduras y puchero con repollo. Apestaba. Y no era porque estuviesen cocinando —les había tocado el timbre a la hora de la merienda, según lo convenido—. Todo en ese lugar era húmedo, oscuro y pegajoso, muy parecido a la gente que habitaba aquella cueva de ambientes minúsculos, muebles apolillados y paredes altas: Ezequiel y la madre, enmarcados en esa atmósfera, se veían asimismo como dos criaturas húmedas, oscuras y pegajosas —del padre no puedo hablar porque no estaba: según me explicó Ezequiel, andaba visitando parientes en Entre Ríos—. Con mis diecisiete años, era la primera vez que yo entraba ahí, y ahora que lo pienso fue también la última.
Escuchamos Turandot, sí. La versión de Birgit Nilsson y Jussi Björling, nombres que con los años se me volverían entrañables. De tanto en tanto —Turandot dura casi dos horas—, la madre de Ezequiel entraba en la pieza. Por si necesitábamos algo, supongo. No bien la vi cuando me habían recibido los dos en el hall, mi primera impresión fue la de estar frente a una masa de harina retorcida y vertical, con prominente nariz y apenas formas de mujer. Era más baja que Ezequiel, y mestiza: Ezequiel, rubio y de pelo ondulado y ojos celestes, no se le parecía en nada.
Y estábamos él y yo a solas, comentando la euforia que me produjo esa primera audición, y entonces Ezequiel mira su reloj de pulsera y dice:
—Vuelvo en diez, quince minutos. Mamá salió, y a esta hora tengo que incinerar la basura. ¿Venís abajo? De paso conocés la caldera.
Lo miré, dudando.
—Mejor me quedo acá —dije—. Me gustaría leer el folleto que viene con los discos. Cómo canta esta gente, por favor. Y la orquesta es un infierno. ¿Cómo hacen?
—Dale, aguantame acá.
Ezequiel se fue, oí el traqueteo del ascensor de jaula rumbo al sótano. Y empecé a leer entonces la historia de cómo Puccini había decidido poner en música la perversión de aquella princesa china enamorada muy a su pesar, cuando un ruido a ronquera me sacó de mi abstracción. Hice la cuenta en un segundo: que yo supiera, sin Ezequiel ni la madre ni el padre, sólo quedaba yo en el departamento. ¿Y quién era el de esos ásperos y silbantes jadeos, que se venían y se venían?
Dejé el folleto sobre la mesa de luz, y por instinto cerré los puños: los estertores —yo ya conocía esa palabra— sonaban afuera de la pieza, ahí nomás, y Ezequiel al dejarme solo no había cerrado la puerta.
Entonces vi aquello. Cuando apareció en el umbral.
Nunca jamás había yo visto a un mogólico —así se los llamaba a los Down en aquel tiempo—, de tanta edad. Era muy gordo y muy ovoide, con los hombros caídos y los brazos curvos y pegados al cuerpo. Era la versión babosa y achinada de Ezequiel, con un moco largo que le pendulaba por debajo de la barbilla. Se quedó parado en el vano de la puerta, mirándome y sin dejar de carraspear ese torrente de flemas que me abrumaba de pánico.
Me obligué a salir de mi parálisis y me di vuelta para buscar algo con qué defenderme, por si se le ocurría avanzar. Y cuando volví a ponerme frente a él, esta vez con una imbécil paleta de playa en la mano, el monstruo había desaparecido.
Corrí a cerrar la puerta, que no tenía llave, y usé mi propio cuerpo de barricada, de espaldas a la puerta y clavando los talones al piso. Y rogando por Dios que aquello no quisiera entrar de nuevo.
Dos minutos después llegó Ezequiel:
—Qué hacías con la puerta cerrada.
En esa época yo era bastante tímido, y lo único que atiné a decirle fue:
—Cerré por la corriente.
—Ah.
Me fui media hora más tarde, y mientras Ezequiel me llevaba hasta la puerta yo miraba de reojo los cuartos que iban interrumpiendo el pasillo.
Pasaron los años, y junto con los años pasaron las temporadas de ópera —con puestas en escena cada vez más ridículas, con cantantes cada vez menos rutilantes—, y a Ezequiel me lo cruzaba de tanto en tanto en el Paraíso. Nunca pudimos ser amigos del todo.
Dejé de verlo durante mucho tiempo. Y cuando ya sospechaba que jamás volvería a toparme con él, lo descubrí en el subte. Aunque con nada de pelo y los ojos celestes más acuosos, lo reconocí enseguida. Él también me reconoció enseguida, y vaya a saber por qué mecanismos de la inercia me propuso ir a tomar algo.
—La verdad, no tenía excusas para negarme —dije, ya en la calle.
—Y por qué habrías de negarte. Pongámonos al día.
—Tenés razón.
Habíamos bajado en Plaza Italia, era julio, y en medio de las vacaciones de invierno nos costó encontrar algún bar con poca gente.
Después de ordenar los cafés, hablamos de generalidades —trabajo / novias / divorcios / nietos—, y en un momento me dijo:
—¿Te acordás de aquella Tosca, con Luisa Sofía? Más de cuarenta años pasaron.
Negué con la cabeza.
—No era con Luisa Sofía —dije—. Ese domingo nos tocó con la Dimitrova. Volví a verla en Marsella en el ochenta y seis, y también en Tosca. Un monstruo, eh.
No me contestó nada. Me miró. Dijo:
—¿Y a él, Marce? ¿Volviste a verlo?
Después de unos segundos, asentí. Era la primera vez que yo se lo confesaba a alguien. Y no volví a verlo una vez sola.
—Cuando mamá quedó embarazada —dijo Ezequiel, plisando una servilleta con el canto de la mano—, todavía no había manera de pronosticar si un bebé iba a salir sano o no. Vos viste. Pero la vieja era medio bruja. Vaya a saber qué intuición la llevó… a sacárselo de encima. Desde entonces, vuelve. —Se llevó las manos a la cara—. A pesar de que mamá murió ya hace años, sigue volviendo.
MI DULCE ESPERA
(UNA HISTORIA CON HEROÍNA)
Destripando los oídos desde los altoparlantes y a espaldas de ella, que acodada sobre la baranda de ese balcón tan cercano al cielo contemplaba la luna, los interminables corridos hacían vibrar cada rincón del penthouse, cada botella de tequila y cada copa.
Se dio vuelta, feliz. Las parejas eran esclavas de ese ritmo lento y picante de las trompetas, y los tipos y las tipas se refregaban unos con otros como acabando. Las manos y los labios y las lenguas trabajaban. En otro momento, seguir viendo todo eso la hubiera calentado, pero optó por recordar las palabras del médico, que días atrás le había confirmado sus fundadas sospechas, para enseguida asegurarle confidencialidad. Y pensó en lo contento que se pondría el Vicuña cuando ella y él se quedaran solos y le contase. En el fondo el Vicuña era un tierno, un buenazo de aquellos. Y bastante manejable también: siempre le salía con eso de que tendrías que darme un heredero, mi dulce puta.
Y cuando ya se ponía de nuevo a repasar con su imaginación todos los lujos y la vida de placeres que disfrutarían el bebé y ella, se vio rodeada entre cinco, y alguien se agazapó a sus pies y la alzó en andas, y fue el Vicuña mismo quien le enterró la jeringa en el muslo y apretó el émbolo a tope, gritándole en la cara que mis contactos nunca me fallaron, puta de mierda. Y eso fue lo último que oyó, antes de que la lanzaran contra el asfalto, veintitrés pisos abajo.