País Relato - Autores

marcelo di marco

memorias de un cazafantasmas

—Todo sucedió tal y como se lo contaré inmediatamente, doctor. Ya me han alcanzado papel y lápiz.
Y así, el paciente —a quien a pesar de su vejez habían tenido que sacar de su habitación entre dos monos— comenzó a poner por escrito su desventura.
Me encanta dejarme llevar por los fragantes laberintos del Botánico, uno de mis paseos preferidos de Buenos Aires: en el Jardín todavía quedan algunas esculturas sin depredar, se cultivan con insólito esmero miles de especies, y la oculta disposición de los senderos que se pierden entre la fronda me invita a contemplar el misterio de la finitud de todas las cosas. A pesar del reuma, procuro concurrir en días nublados: son mis favoritos, y además los escasos circunstantes me permiten vagar con mayor autonomía entre los jardines, los invernaderos y las plantaciones de hierbas aromáticas. Y la espesura impide que lleguen la cólera de los motores, las bocinas y los insultos urbanos. La fauna tampoco es desdeñable para el apasionado observador: una mañana, vi cómo un par de ratas ingentes, sin preocuparse de mi cercanía y al pie de una Acacia spirorbis, les disputaban a tres gatos una mandíbula; un maxilar inferior, para mayor exactitud, y perteneciente a algún varón de edad provecta —me baso en la gran cantidad de piezas dentarias que le faltaban al hueso.
Pero, lejos de despejar mi mente con tan variados elementos —nunca dije que el Jardín Botánico me despejara la mente—, el aire que se respira en sus casi diez hectáreas de puro verdor me cargan del Fluido.
El Fluido. Así llamo yo, por no encontrar mejor nombre, a la energía dejada en el Jardín por los muertos que allí fueron enterrados, testimonio de lo cual fue la mandíbula aquella. Como así también los otros restos óseos que he ido descubriendo con los años y que confirman, por si hiciera alguna falta, que en épocas bastante cercanas nuestro querido Jardín porteño funcionó como cementerio privado. Privado y muyclandestino, doctor, usted sabe. Pero no considero necesario, a los efectos de mi relato, explayarme acerca de tales heterodoxas pompas fúnebres, cuya veracidad cualquier lector puede comprobar gracias a las actuales tecnologías. Más me preocupa narrar por escrito, desde la tranquilidad de su consultorio, el fenómeno que descubrí una semana antes de mi internación. El Fluido que dejan en el aire las almas en pena obra extraños milagros y alteraciones, como usted verá enseguida.
Estaba yo rodeando uno de los ombúes que dan a la avenida Las Heras, dispuesto a retirarme por la salida de Santa Fe, cuando gracias a un escándalo de alas oscuras descubrí un pájaro negro —más azul que negro, de tan negro— que ahora se posaba en una rama del ombú, a la altura de mi mirada. Al principio lo tomé por un cuervo, aunque pronto me di cuenta de que el ave era lo más parecido a una urraca que yo había visto en mi vida. La urraca, o lo que fuere —¿cómo habría llegado una urraca al barrio de Palermo?—, no movía ni una pluma. Y me miraba con los ojos más astutos del mundo. Miré a mi alrededor, y le pregunté a la urraca:
—¿Qué te has robado esta vez, bandida? —Basaba yo tal interrogante, más que en la acusación de cleptomanía que el vulgo les endilga a las urracas, en una conocida leyenda del mundo de la ópera, que tuvo por protagonista a una soprano milanesa y a una urraca: la urraca, se asegura aún hoy en los pasillos del Colón, despojó a la cantante de una de sus más preciadas joyas, lo que ocasionó un tremendo revuelo en cierto castillo—. ¿Qué cosa bella estás por ocultar en tu nido, amiguita? —insistí.
Por toda respuesta, la urraca fue descubriendo de entre sus alas un objeto alargado y rojo. Lo hacía agarrando el objeto con… ¡una mano! ¡Usaba una reluciente y pálida mano femenina, en miniatura, en lugar de una garra de ave! Con la otra mano, por supuesto cerrada en puño, el pequeño monstruo se sostenía de la rama del ombú. Incluso en una de las uñas le advertí restos de esmalte carmesí.
Y el objeto en cuestión, alargado y rojo, era una navaja suiza.
Una Victorinox del mismo tamaño que aquella, la que me fuera obsequiada décadas atrás por mi añorada Amanda. En medio de mi terror me dije que mis estudios de ocultista aficionado estaban bien dirigidos, qué duda cabía: siempre supe que, más temprano que tarde, el Fluido que emanaba de los espíritus de los muertos terminaría por convertir al Jardín Botánico en un bosque encantado cuya influencia habría de infestarlo todo.
Y antes de que yo, temblando, me alejara de aquel prodigio diabólico, la urraca tuvo para conmigo un gesto displicente —fue como si se alzara de hombros, un gesto muy de Amanda—, soltó la rama del ombú, y en un momento desplegó una de las herramientas y tranquilamente se puso a limarse el pico con la mano femenina que sostenía la navaja.
Corrí a casa, tan rápido como me lo permitían mis endebles piernas. Y escribo esto después de haber verificado el hurto: la navaja suiza de Amanda ya no está —no estaba— en el cajón en que yo la atesoro —la atesoraba— desde su muerte, ocho años atrás. En su lugar había —hay— una pluma. Una pluma azul de tan negra.
Sintiendo todavía en su palma la sensación de aspereza que le había quedado cuando aquel hombre le estrechó la mano al despedirse, el doctor Duchovny repasó el relato. Un relato escrito con la mejor de las caligrafías, a pesar de la nudosa garra de pájaro que había empuñado el lápiz.