Bajo la tortura del sol de la tarde, con los pies ampollados y envuelto por un escuadrón de bichos voladores provistos de aguijones como anzuelos, Yoni se sacó la gorra y fue a remojarla al borde del riacho.
Ya no daba más. Por qué a aquella se le había vuelto a antojar lo de las caminatas. Lo de las largas caminatas. Y, además del cansancio, cuanto más se alejaban de la orilla, de la seguridad de la cabaña que a Mabel se le había ocurrido alquilar en aquel paraje perdido de la marisma, más crecía en Yoni la sensación de que alguien los estaba observando desde el costado del sendero. Vigilando, mejor dicho. Una sensación física, palpable. Y todo se había vuelto silencio alrededor, y eso era lo más raro. Y le dijo a Mabel:
—¿Notás que los pájaros no cantan? No se oye ni medio. Ni el ruido del mar se oye.
—Vos serás el que no oye ni medio —dijo Mabel, y lo miró mal—. Yo oigo perfectamente. El mar no se oye porque ya nos alejamos bastante. Pero los pájaros sí que los oigo.
Yoni desconfió:
—Ahora me vas a salir con que estoy loco, para variar.
—No estás loco, estúpido. —Mabel sonreía—. Lo que pasa es que la pócima que te encajé con la merienda trabaja. Estás sufriendo los primeros síntomas.
Yoni se preguntó de qué carajos estaba hablando aquella boluda, que ni sabría qué quería decir “pócima”, y a punto de preguntárselo tropezó con la raíz de un árbol monstruoso, y el horror lo paralizó cuando la raíz echó una garra que lo envolvió de pies a cabeza como una anaconda. ¡Era una anaconda! El horrible desgarro de los pulmones se le confundió con la herida fulminante del pecho y la pulverización de los huesos que trituraba aquella bestia constrictora.
Y al pie del árbol, muriéndose del dolor que lo taladraba como un trépano, entendió la sensación de recién, eso de estar siendo vigilado. Con los ojos entrecerrados las vio: del verde frondoso que flanqueaba el sendero salieron unas tipas cubiertas como por bolsas de arpillera, con bonetes de hada en la cabeza, pero absolutamente negros.
—Ya sos una de las nuestras, sorora —oyó que le dijo a Mabel la que parecía con alguna autoridad, la del bonete más largo—. Muerte al macho.
—¡Muerte al macho! —repitieron las demás.
Y eso fue lo último que Yoni pudo oír, por entre los espasmos finales. Y lo último que pudo ver fueron los machetes que se le venían encima.
Las cinco se llevaron el cadáver para la cabaña, y después de destazarlo y devorárselo ritualmente en honor a la iniciación de Mabel, partieron hacia lo más profundo del bosque, ya ganado por las sombras tenebrosas. Ahí estaba esperándolas su verdadero amante.