País Relato - Autores

marcelo di marco

lo que acecha bajo el sótano

Con el agua hasta los muslos, Pedro patina en los últimos peldaños de la escalera del sótano y se agarra del final de la barandilla. Por poco no se le cae al agua la linterna. Con tanto olor a químicos desparramados no puede concentrarse bien.
Puta madre, este laburo tendría que haberlo hecho por lo menos hace dos semanas, cuando funcionaban todas las fases de la instalación y estaba a tiempo de bombear y de achicar sin demasiado quilombo. Por suerte el patrón se rajó a alguna playa del Caribe con la novia dominicana, y tiene para largo y tendido: Viagra mediante, el culo y las tetas de la morochaza lo pueden entusiasmar lo suficiente al viejo como para que dispare los últimos cartuchos.
El casero sigue bajando, aunque la oscuridad del agua estancada ya le llega a las rodillas. Al atravesar las sombras, el haz de la linterna lo deforma todo: las tuberías, la caldera, la bici de la finada y las herramientas que cuelgan en las paredes.
Pedro baja otro escalón. Y otro.
A su paso, el agua se abre en remolinos, y a la luz de la linterna aparecen ramas y yuyos. Y los bidones de químicos, flotando acá y allá. Apestan de tan ácidos.
Ojalá que no todos se hayan abierto, se dice el casero: vaya a saber qué porquerías guarda ahí abajo el patrón. Ya desde hace rato se le metió en la cabeza ponerse a hacer experimentos rarísimos. Por lo menos eso fue lo que le contó cuando él se animó a preguntarle por esos bidones que estaba acumulando en el sótano.
El patrón, qué jodón con suerte. Poco y nada le duró el duelo, y lo bien que hace. La vieja ya andaba bastante cachuza, cada día más flaca y arrugada, y por fin le hizo el favor de morirse. Después, Ezeiza y su ruta. Una vez él descubrió unas fotos de la dominicana, en tanga y con las tetas al aire. Melones parecían.
Un nuevo escalón. El que Pedro mismo había emparejado hacía mil años, cuando el sótano estaba seco, y sobre todo lleno de luz.
La peor inundación, se dice. Y en una zona para nada inundable. Ni pensar cómo pueden estar Tigre y San Fernando.
Entonces algo fugaz pasa entre sus tobillos.
Acaba de notarlo a pesar de las botas de pescador que se calzó después de haberse decidido a bajar ahí de una buena vez.
Enfoca con la linterna la superficie, pero no encuentra más que una impenetrable espesura como de alquitrán o grasa de máquinas.
Nada más que eso.
Un ruido a sapo le llega desde la otra punta del sótano, del lado de las herramientas.
Ahora Pedro enfoca aquella esquina. Primero, no ve nada. Y después le llaman la atención unos brillos pegados a la pared. ¿Rastros de caracoles? Hay algunos que cuelgan del techo en hilos como de Suprabond.
La punta de la bota registra un objeto duro.
Pedro lo amasa con el pie: se trata de una de las pocas botellas que han sobrevivido a su último saqueo contra la bodega del viejo. Además de los bidones —muchos abiertos, qué los reparió—, por todo el sótano flotan maderas, cajones y papeles que revela la linterna.
Se acuerda de lo que descubrió hace un tiempo cerca de su propia casa, del otro lado de la isla: el cuerpo hinchado de un perrazo, medio hundido y enredado entre los juncos. Tan inflado que parecía a punto de reventar. Otra vez, con la anterior crecida, había aparecido una tortuga de río con las patas para arriba y la cabeza aplanada y desmenuzada como si fuese la punta de una soga de cáñamo.
El ruido a sapo ya no se oye, y el casero no alcanza a distinguir de dónde era que le había llegado.
Algo resbaloso se le desliza por las piernas. Algo que viaja a media agua. Y él lo levanta.
Lo que ahora sostiene a la luz de la linterna es nada más que un cacho de camalote.
Pedro quiere levantarlo más para tirarlo hacia un rincón.
Pero no: parece que el camalote se enredó con algo en el fondo. Parece como si estuviera agarrado… No: más bien parece como si lo estuvieran tironeando.
Entonces el casero siente que lo alzan como a un bebé. Chorrea desde la altura, ya está por encima de la escalera y a punto de estrellarse contra el techo. Se agarra a la linterna, por instinto. Una largura de uñas descomunales le desgarra el overol como si fuera de papel. Una rápida serpentina —eso, al menos, es lo que Pedro puede entrever y figurarse en su final— le entra por la boca y se le hunde en la garganta para alojársele en toda la longitud de los intestinos y escarbarle ahí. Hay patas que, a pesar de sus protuberancias, logran penetrarle por los oídos. Y antes de que se le entrecrucen como anguilas adentro del cráneo, en busca del cerebro, el casero Pedro se va muriendo mientras alcanza a reconocer la “cara” de aquello. De aquella mutación, mejor dicho, antes cadáver y hoy plena de vida y de tentáculos.