—Siempre lo mismo con estos pobres angelitos, Spatoletti —dijo el Moncho Aparicio, y clavó el freno de mano de la chata, ya en el playón del Instituto—. Mirá cómo se ponen, no bien nos ven llegar. Hoy tienen fiesta, los idiotas.
Asomándose por la ventanilla del acompañante, Spatoletti escupió el palillo y miró hacia donde señalaba el otro, a las ventanas del primer piso: cuatro o cinco pobres angelitos se agarraban de los barrotes oxidados y los sacudían peor que King Kong. Ya los habían visto a él y al Moncho, ya estaban soltándose de las rejas, ya las ventanas del primer piso quedaban vacías, y ya los dos voluntarios podían oír perfectamente el barroso crepitar de aquella marabunta bajando las escaleras que llevaban al playón del loquero. Los de la guardia, un par de cagones mal entrenados y sin siquiera una cachiporra decente o un aerosol de pimienta, hacían lo mejor que podían: poco y nada.
Dos balas de goma estos inútiles, pensó Spatoletti.
—Esta es la última vez que me traés —dijo, pasándose la mano por la nuca sudada de los nervios—. Un día se descontrolan mal, y nos cagan a palos.
—Son como perritos, boludo. —El Moncho Aparicio sacó la llave de la caja de la chata, y la cadena niquelada del llavero encandiló a Spatoletti al brillar al sol que atravesaba el parabrisas—. ¿Viste cómo se mean de gusto cada vez que nos ven? Monitos, son.
Spatoletti sacudió la cabeza.
—Otra que monitos —dijo—. Y encima el señor Burns los tiene muertos de frío.
—Eso es cierto. —El Moncho se bajó de la chata, y Spatoletti lo imitó con toda la prudencia del caso—. Ni gas les manda, el hijo de puta.
Si los internos del neuropsiquiátrico estaban muertos de frío, lo disimulaban muy bien: ahora dejaban las escaleras y se venían al humo nomás, y no precisamente meándose de gusto. Se venían con caras de bronca mal, se venían apestando a verduras podridas: más que monitos o perritos fiesteros, ese ejército de escarabajos harapientos corría a los saltos directo a la chata, mugiendo y rebuznando bufidos y arrebatándose los primeros lugares a codazos y dentelladas. Perro Amarillo, una heladera con nariz de boxeador, los iba formando como podía frente a la parte trasera de la Ford de la parroquia. Había disfrazados y todo, seguramente provenientes de alguna actividad del taller literario: indios emplumados y cowboys con sombrero y revolvitos de plástico, piratas en patas, hombres de las cavernas, zombis, vampiros con capas de Drácula. Y Spatoletti hasta vio a uno de barba apelmazada y bien negra que se había venido de piyama, pero sin la parte de abajo. Llevaba el saco del piyama zurcido con parches de otros colores.
Yo me guardo en la chata, pensó Spatoletti. Yo me guardo en la chata y pongo primera y me voy al carajo. Y la próxima, que se venga el cura a traer las donaciones.
Ilusiones, Spatoletti: ya el Moncho le preguntaba qué carajo estaba haciendo metiéndose de nuevo en la Ford.
—No te hagás el gil —decía yéndose para la caja de la camioneta, con la llave separada del resto—. No te hagás el gil, que hoy te toca a vos ayudar a repartir la merca. Dale una mano al Polaco, mientras el Perro se las arregla con los demás.
El Polaco, el ayudante de Perro Amarillo, era una laucha raquítica que seguramente había nacido para ser cualquier cosa menos un seguridad. Igual, así y todo, con dos o tres sopapos se sacó de encima a sendos cavernarios, apartó del paso a un astronauta encajándole una buena patada en el culo y se fue a contener a los pobres angelitos que ya se abalanzaban a la culata de la chata. El Moncho Aparicio se escurrió como pudo entre la morralla de energúmenos.
—¡Aguante, Spatoletti! —dijo, y consiguió abrir la puerta de la caja de la Ford y se mandó de vuelta para la cabina.
Recordando sus buenos tiempos en la Federal, Spatoletti rodeó el flanco de la chata, llegó a la parte trasera, trepó de un salto al interior y aterrizó entre una negra nube de bolsas de consorcio. ¿Tantas eran? No se acordaba. Por entre los pliegues de los nudos mal cerrados se les advertía el contenido: paquetes de fideos, ropa interior, latas de conserva, botellas de lavandina. ¡A lanzar bolsas, Spatoletti, y a otra cosa mariposa!
Mientras, los pieles rojas se habían aliado con los carapálidas, y los muertos vivos se habían aliado con los chupasangres: propiamente un aquelarre del afano eran, un demencial batallón de dementes al servicio del inminente rapiñaje.
—¡Lamento, che! —decía a las atropelladas el Polaco al pie de la chata, y Perro Amarillo logró sumársele para apechugar la embestida—. Digo… ¡momento! ¡Momento, que hay para todos! —Y el Polaco se puso a revolear bolsas a diestro y siniestro, las mismas que Spatoletti les iba lanzando a él y al Perro.
¡Para qué! La situación devino en un insensato partido de rugby de todos contra todos, un All Blacks contra los South Africa’s Springboks con gritos que te hacían garcar peor que el Haka. Un descuartizar bolsudo que ni Jack el Destripador. Los fideos guiseros, las botellas de agua mineral, las pilas y las medias y los calzoncillos eran triturados, despedazados y deshilachados por la voracidad de la carnavalesca plaga. Aquello era lo más parecido a un campeonato de despanzurramiento librado a las corridas entre Hannibal Lecter y el asesino encapuchado de Scream, multiplicados y corporizados en medio centenar de internos.
—¡Cuidado atrás! —gritó el Moncho Aparicio haciendo ronronear la chata con el pie en el acelerador—. ¡Cerrá todo, Spatoletti, y nos vamos bien a la mierda!
Y sí, la razón lo asistía de acá a la China ida y vuelta al Moncho: el Polaco y Perro Amarillo habían sido superados por goleada —el uno estaba ayudándolo al otro, que en medio de los desaforados boqueaba con las manos en las rodillas como quien se atraganta con algo imposible de expulsar—, y ninguna autoridad se atrevía a hacerse presente y colaborar en la represión del loquerío. Spatoletti se dijo que la cosa no tenía arreglo, que ya era una perfecta estupidez seguir arrojando bolsas. Igual quedaban tres o cuatro.
—¡Para el próximo reparto! —gritó, y cerró la puerta de la caja y se tiró en palomita sobre un par de piratas, y de ahí directo al suelo, y de ahí directo a toda máquina al asiento del acompañante.
—¿No se te habrá colado alguno? —le preguntó el Moncho, mirándolo de reojo y poniendo primera.
—¿Quién? ¿Algún colifa? Ni en pedo. Salvo que se haya disfrazado del Hombre Invisible, dificulto: adentro de la caja quedaron nomás unas cuantas bolsas.
Un zombi a toda carrera —un zombi en perfecto estado físico, salido más de Exterminio que de La noche de los muertos vivientes o de The Walking Dead— pegó un salto y se agarró de la puerta del Moncho Aparicio, que subió la ventanilla del todo, con el zombi a rastras, machucándole así cuatro falanges.
—Otra que pobres angelitos —se rectificó el Moncho respecto de lo dicho en el primer renglón, y le echó un vistazo por el retrovisor a la rodada del zombi—. Nunca los vi tan sacados mal. Se lo voy a contar al padre José Ignacio.
—Son unos desgraciados —dijo Spatoletti, reflexivo. Cerró su ventanilla hasta el tope mientras la chata dejaba atrás el loquero y tomaba por la avenida Granatto, enmarcada por un cielazo de pacíficas copas de tipas y jacarandás.
—¿Desgraciados cómo? —quiso saber el Moncho Aparicio—. ¿Hijos de puta, decís?
Spatoletti negó con la cabeza.
—Desgraciados, vos viste. Infelices que necesitan que alguien los atienda. Eso es todo. Quieren dar y recibir amor. Como cualquiera.
El Moncho volvió a echarle un vistazo de reojo, la mirada atenta al tránsito.
—¿Y qué querés hacer? —preguntó con sorna y señalando hacia atrás pulgar mediante—. ¿Volverte a darles la papilla?
Y entonces los detuvo el semáforo.
El buen Spatoletti quiso prender la radio con su propio pulgar, pero la yema callosa no llegó ni a rozar la botonera: a traición, uno de los loquillos le metió flor de puntazo —y los detalles que siguen se supieron después, gracias a los debidos peritajes— con el afilado mango de un cucharón, muy aguzada púa que le atravesó el cerebelo para terminar por hundírsele en el lóbulo occipital, del lado izquierdo. Seco quedó el pobre. En el acto. Y en el acto, acto seguido, también quedó seco el Moncho Aparicio, a quien la misma púa le entró por una oreja y le salió por la otra.
Y el victimario del doble crimen, mientras aprovechaba el semáforo para bajarse de la chata a cumplir con sus largamente acariciados sueños de libertad, libre ya para transitar por el camino de ese sol que hoy había amanecido con una esperanza distinta, se sintió realizado por primera vez en su vida. Y no tanto porque, de ser atrapado, nadie se atrevería a tocarle un pelo debido a su evidente inimputabilidad de colifato. Se sentía realizado porque aquella misma tarde le había torcido el brazo al tiránico coordinador del taller de escritura: a pesar de lo ordenado por la consigna, él no quería disfrazarse ni de indio, ni de vampiro, ni de hombre de las cavernas, ni de otra cosa que no fuese una linda bolsa de consorcio.