Según nos enteramos después mi mujer y yo, todo sucedió con la misma sencillez que usó el capataz de la obra al respondernos cuando le preguntamos por la ausencia de uno de los albañiles, el más flaquito. Dos días atrás, la mujer del albañil, después de comprar un cuarto kilo de bizcochos y tres medialunas de grasa, le dijo de buenas a primeras al panadero, antes de salir del negocio:
—Hoy a mi marido le pego un tiro en la cabeza. Seguro que lo encuentro durmiendo.
El panadero no supo qué contestarle, se limitó a sonreír. Según palabras textuales, pensó que era una joda.
No bien llegó a la casa, la mujer dejó los bizcochos y las medialunas sobre la mesa de la cocina y fue directo al dormitorio. Mejor dicho, fue directo a la mesa de luz del marido —a quien, efectivamente, encontró durmiendo—, y con todo sigilo sacó del cajón un Bagual calibre .32. El tiro fue a la sien derecha, y por el orificio de entrada —en forma de estrella y con los bordes ennegrecidos por la pólvora— se supo que fue a bocajarro; es decir, la boca del revólver haciendo contacto directo con la sien del albañil.
No hubo motivos aparentes. De acuerdo con algunos testigos, los dos se habían llevado siempre como cualquier pareja. Como mi mujer y yo, por poner un caso.
Todo ocurrió así de simple. Pero lo que realmente me resulta complicado de entender es cómo estas dos últimas mañanas aparecieron en el patio ladrillos que yo estoy seguro de no haber dejado la noche anterior en tal o cual posición. Y lo peor de todo es que tengo la inexplicable intuición de que quieren advertirme de algo muy turbio.