País Relato - Autores

marcelo di marco

la víctima

—Y entonces el tipo sacó un billete de veinte —dice Ezequiel, medio llorando—. Me dijo que me daba la plata si me iba con él al vestuario de Paleta.
Sentados en el banco junto a la cancha de tenis, el padre de Ezequiel y sus tres amigos han estado bajándose sus gaseosas diet antes de arrancar con el segundo partido de la mañana. Pero ahora, desde que Ezequiel empezó a contarles, veinticinco segundos atrás, ninguno se acuerda de que sostiene una botella en la mano. Ninguno se acuerda de la sed, porque es otra la sed que les va creciendo.
—Te llegó a… a tocar —dice el padre, la ira temblándole en la voz.
Ezequiel niega con la cabeza, baja la vista:
—Tiene un saco gris. Debe de estar por el lado de la pile de los chicos, en los jueguitos.
Ezequiel ve cómo el puño del padre se pone blanco de tan fuerte que agarra la raqueta. El padre de Ezequiel es inmenso, una cadena montañosa de remera, shorts y zapatillas. Los tres amigos lo imitan: se levantan del banco. Los cuatro rodean a Ezequiel, empuñan sus Dunlops de madera. Ezequiel los mira a todos a la cara, sorbiendo mocos.
—Agárrenme que lo mato —dice el padre. Y sale corriendo, y los tres amigos lo siguen.
Dejan el sector de tenis y la cancha de básquet, y enseguida encuentran al tipo —un tipo flaco, de saquito, con cara de imbécil—, que efectivamente está en los juegos, desiertos a esa hora, escabulléndose entre el subibaja y el tobogán grande.
Lo empujan, lo tumban, lo putean, lo escupen. Cuestión de prioridades, el honor del raquetazo inicial, de canto a la jeta, es concedido al padre de Ezequiel. Los demás optan también por patadones en la boca del estómago y en la cabeza. Dale y dale nomás, sin asco y alternándose, son cuatro artistas de la sangre y del garrote. Las raquetas suben y bajan, se descargan sobre el lomo y la cara del pobre infeliz. Lo hicieron de trapo.
Como a la media hora llegó una ambulancia de la Policía: parafraseando a Borges, todo se arregla en Buenos Aires; siempre alguien es amigo de alguien.
Semanas después, el tipo volvió.
Y no volvió una vez solamente. Ezequiel solía verlo cuando se aparecía, agazapado en el arenero del tobogán, mirando cómo él se deslizaba hasta el piso, o cuando el tipo esperaba en la vereda de enfrente, en la parada del colectivo. Una noche lo vio en el andén del subte de la Facultad, mientras se cerraba la puerta. Otra vez lo vislumbró borrosamente en el espejo, detrás de él, mientras se afeitaba.
Casi siempre tenía la cara abierta y muy roja, de carne cruda, con su nariz hendida y colgante y su frente quebrada al medio como por un hachazo.
A veces sonreía. A veces aparecía entero, como antes de que el padre de Ezequiel y los amigos lo agarraran.
El tipo volvía, volvía siempre.
Ni siquiera de adulto Ezequiel contó la verdad. No se la contó a nadie.
Al billete de veinte, ya fuera de circulación, lo conserva entre las páginas de su ejemplar de Confesiones de una máscara.