A papá pude verlo apenas me atreví a entrar en la cocina, ese epicentro de todos los fenómenos naturales que sacudían la casa. Fumaba, sostenía el vaso y el cigarrillo con la misma mano. Estaba parado al lado de la alacena, junto a un cenicero negro de ceniza que siempre dejábamos en el comedor. Observaba, acechaba en silencio a mamá.
Yo había vuelto del colegio a los tropezones, mordido por el llanto. Venía con la noticia del fallecimiento de la señorita Magdalena. Nuestra segunda mamá. Una de las maestras más queridas. Mientras atravesaba el jardín comprendí que era conveniente dejar de llorar: aun sin haber visto a nadie, me había dado cuenta de que el horno no estaba para bollos. No sé. A esas cosas, en casa, uno había tenido que aprender desde chiquito a sentirles el olor.
Papá despedía por la nariz un atemorizante humo de arabescos azules. Tenía la concentrada expresión de aquellos crueles y hambrientos dragones de los libros. El “Hola” que ilusamente dije pasó de largo. Papá hizo oscilar la tremenda cabeza con su característico gesto de desaprobación. Su mirada oscura, de reojo, viajaba obsesivamente de mamá al fondo del vaso ambarino, y de ahí a mamá. Supe que ese día iba a haber espectáculo, y del bueno. A las frecuentes parodias hogareñas de campo de concentración que sobrevenían a esos signos inconfundibles, yo las había bautizado “Papá lo sabe todo”. Después de las patadas, me divertía en mi pieza comparando a mi familia con las que, alegre y diariamente, aparecían por televisión.
Aquella mañana hacía un calor espantoso, inusual para esa época. Me quedé clavado en la entrada de la cocina mirándolos a los dos, a la espera, con la ajada valija del colegio colgándome de la mano. Los ojos en el piso, mamá iba y venía alrededor de la ancha mesa. Disponía, preparaba, tocaba y volvía a disponer y a preparar y a tocar las cosas: salero y platos y cubiertos sobre el mantel, vasos, la soda, el pan y su panera. Y así, como quien no quiere la cosa, casi distraído, mientras apagaba el pucho sobre el mármol gris de la mesada, papá dijo que mamá era un pedazo de pelotuda.
—Sos un pedazo de pelotuda —dijo, morosamente.
Mamá se limitó a hacerle una seña hacia donde estaba yo, después se atrevió a implorar su silencio con una mirada de teleteatro, sin contestarle agua va. Presintiendo lo que iba a venir, seguí parado en la puerta de la cocina, con mi tierno delantalcito aún sin sacar y mi tierna valijita aún sin descolgar. La verdad, siempre me quedaba a ver cuando a papá y a mamá se les ocurría dar, en vivo y en directo, “Papá lo sabe todo”. Pero, contra mi pronóstico, él cambió la voz. Y esto fue algo imprevisto. Yo todavía ignoraba que esa iba a ser la Vez Definitiva. La rutina que seguía al tradicional insulto de “un pedazo de pelotuda” era la de arremeter puteando primero a la madre de mamá, para continuar después con sus propios parientes. A veces pegaba un retumbante puñetazo contra la heladera, y otras veces se le daba por poner en órbita de un patadón el tacho de basura. Más de una vez sospeché que mamá dejaba el tacho afuera del escobero a propósito, para que la turbia furia de papá, improvisando un satélite casero en dos patadas, se las agarrara con el tacho y no con mamá. Esta Vez no hubo nada de eso. Papá, con su voz transformada en la de un nervioso profesor, doctoralmente, pasó a explicarme que la pedazo de pelotuda que yo tenía por madre había dejado que el pollo se carbonizara en el horno. Creo que en ese momento hasta sentí olor a quemado. Mamá me miró con una tristeza impresionante. Dijo, muy despacio: “Andate por favor, Daniel”, hizo un gesto cansado con la mano. Papá me miró como si recién ahí hubiera descubierto mi presencia. Algo brilló en sus ojos, un destello que yo nunca le había visto. Contempló el macizo vaso Durax que tenía en la mano. Lo alzó a la altura de su mirada, lo sopesó, volvió a mirarme. Se decidió por mamá: sin esperar a que yo me fuese —aunque la verdad es que no me hubiera ido por nada del mundo—, después de apurar hasta la última gota del vaso, se lo arrojó en plena cara. Un tiro neto, directo. Curioso: contradiciendo las infalibles leyes publicitarias, el vaso se rompió de un golpe seco en el pómulo de mamá y cayó sonoramente al suelo, en dos mitades. Reí, pensando en que debía haber venido mal de fábrica. Mamá se agarró del mantel y tiró al piso todo lo que había estado ordenando. Cayó de rodillas sobre los mosaicos, se llevó una mano a la boca y otra a la cabeza y gritó que papá era un loco cobarde hijo de puta y que esta vez sí iba a ir a la Policía. Papá también rio, pero en otro tono. De repente se dobló y vomitó el vino en un chorro tinto de considerable grosor, profundamente rojo. Esta claudicación lo habrá llenado de furia: se repuso de inmediato, con un soberano empujón me incrustó contra la pared, y agarrando a mamá por el pelo la levantó en el aire como a una muñeca de trapo. Yo tendría que haber dejado de gritar y correr a llamar por teléfono al tío Joaquín, el único capaz de controlar a papá cada vez que se ponía mal. Pero papá nunca se había puesto así. Me quedé quieto, en un estado de parálisis absoluta, como el pichón ante la víbora, fascinado por el tono diferente con que se estaban dando las cosas.
Papá era un raro gigante cabezón, ancho, muy ancho, formidable. Yo, a veces, hasta me preguntaba cómo era posible que un simple y puto vaso de vino pudiera hacer lo que hacía en semejante urso, en semejante cabeza de antropoide cuaternario. Es hora de que lo cuente de una vez: en aquel tiempo, mamá estaba embarazada de cinco meses. Papá, frenético, con el pelo sudado sobre los ojos, sosteniendo a mamá como una bolsa marinera, levantó su brazo de tornero —esto no es ninguna metáfora: cuando todavía podía trabajar, ese era el oficio de mi padre— y, cerrando la mano, descargó el puño una y otra vez, como un pistón, en mi hermanito —o hermanita, ya nunca podría saberlo— haciendo que mamá se desplomara nuevamente, ahora sobre los restos del vómito paterno y los trozos de vasos y platos y mis útiles y cuadernos desperdigados por el piso. Mamá pegó un alarido que contenía todo el dolor que una hembra podría llegar a sufrir. Temblaba, medio muerta ya, con las manos en la pancita, contraída. Papá vomitó otra vez, al aire. Pensé que quería rivalizar en sus colores tintos con los de la sangre que salía de mamá. Después, vertió encima de ella una humeante meada interminable, y asumiendo de nuevo la voz, el papel del viejo profesor, dijo que así acababan todas las pedazos de pelotudas que dejaban que el pollo se hiciera mierda. Yo no atiné a hacerle ver que ni siquiera era un pollo. Se trataba de un trozo de carne con papas alrededor, flotando en salsa, muy crudo, adentro de una asadera, listo para ser metido en el horno. Lo que sí pude hacer, por fin, fue correr hasta el teléfono: papá explicó que iba a serrucharle los pies a mamá. Buscaba y rebuscaba en el cajón de los cubiertos “algo que sirva de serrucho”. Pienso que igual no hubiera podido lastimarla: noté que la pobre ya estaba muerta, como sumergida, como adobada en su propia sangre. Para variar, el teléfono no tenía tono. Mientras papá, en su incesante búsqueda del cuchillo, tiraba cerca del cuerpo flojo de mamá todo el contenido del trinchante, yo me saqué el delantal, puse en un bolso algo cualquiera de abrigo —para no hacer concesiones al sentimentalismo no diré que era un pulóver que mamá me había tejido en otoño, aunque, en realidad, sí lo era— y salí a la calle. Se dice, entre las sapientes gentes de la China, que, para cubrir grandes distancias, sólo hay que empezar con un pequeño paso. La vereda y su mañana me recibieron con una insólita calidez: debía de hacer más de 40 grados a la sombra. Desde muy cerca, me llegaban los rojos silbos del zorzal de los de al lado. Un regalo del cielo, que le dicen. También alcancé a oír a papá, buscando.
Y así, ya lo ven, empecé a caminar y a caminar y a caminar, camino del monte donde se arrastran las víboras.
Y, mientras camino y camino y camino, camino del monte donde se arrastran las víboras, muchos años después de la Vez Definitiva, pienso, pienso mucho. Pienso, por ejemplo, en papá. ¿Habrá encontrado, después de tanto tiempo, el instrumento apropiado para el tobillo de mamá?
En este caminar infinito y serpenteante, pienso incluso en la señorita Magdalena, la única maestra bondadosa que nunca se había merecido los coloridos gargajos con que frecuentábamos la parte posterior de su guardapolvo. Mi segunda mamá, para quien, también —cáncer de estómago mediante—, aquella Vez fue la Definitiva. Le gustaba la poesía. En una clase, nos leyó un poema de un poeta —un poeta de afuera, supongo—, cuyo nombre se me escapó para siempre. No pude olvidar que la poesía empezaba exactamente así: “Quisiera irme a vivir con los animales”.