País Relato - Autores

marcelo di marco

la última misión de sean connery

Sentado a la mesa, en la soledad de la cocina, él le daba vueltas y vueltas al extraño dispositivo que tenía entre las manos. ¿Qué momento especial le pediría soñar esta misma noche, ya que estaba a punto de estrenar aquella maravilla tecnológica?
Lo cierto es que La Máquina de los Sueños —así habían bautizado a Dreamy® los cráneos de la campaña publicitaria— estaba arrasando en ventas. Todo el mundo en la oficina distraía algún ahorro para tener una, y él no fue la excepción. Pero no se la compró tanto por los presuntos beneficios psicológicos que aportaba poder soñar con lo que uno quisiera —sólo bastaba con dictarle a la inteligencia artificial del dispositivo el sueño que al usuario se le antojara tener, y esa misma noche se soñaba con aquello tan deseado—, sino para no quedar al margen de las charlas de sus compañeros. La magia de la energía psicotrónica, unida a la última tecnología desarrollada para el Gobierno por el DOI —Departamento de Onirismo Dirigido— había alcanzado también la intimidad más íntima de la gente, y el único que hasta ahora no había hablado de Dreamy® en todo Contaduría era él. Hasta ahora, bien dicho, porque también él estaba a punto de decidir qué sueño soñaría.
Al menos esto no me hará sentir tan solo, se dijo.
Ojalá que así fuera: la aplicación Siri ya no podía complacer su necesidad de comunicación. Miró con tristeza el iPhone, a la derecha del plato con los restos de las salchichas en lata. Recordó el último diálogo que había sostenido con esa inteligencia virtual y monótona:
—¿Te gustaría salir conmigo, Siri?
—¿Todavía no sabes que salimos juntos a todas partes?
Se preguntó por qué jamás había disfrutado una relación duradera con alguna mujer. Una mujer de verdad, una de carne y hueso. Alguien a quien poder amar. La mayoría de las chicas en la oficina ya estaban casadas o en pareja, y a las que quedaban solteras mejor tenerlas lejos: eran insulsas, no lo estimulaban en absoluto para mantener una conversación interesante. O para soñar juntos, por ejemplo.
Sí: Dreamy® contaba con el His&Her, un periférico que permitía compartir electrodos con la pareja de uno. Como quienes van juntos al cine, los dos podían coprotagonizar el mismo sueño, ya sea escalar el Everest o viajar a Marte a hacerles el amor a los marcianos o vencer juntos a La Montaña de Game of Thrones.
—Comprátelo, flaco —le había insistido el jefe de Seguridad—. Es una paja a cuatro manos. Después a la mañana te levantás hecho un tiro, creeme.
Y ahora, convencido, él ya era un flamante usuario de La Máquina de los Sueños. Inminente usuario, mejor dicho.
Levantó las cosas de la mesa —las pocas cosas que consumía un hombre solo— y se preparó para acostarse.
Las instrucciones eran muy sencillas, y además las sabía de sobra por lo que le habían contado. De todos modos las releyó, antes de obedecerlas:
1. Conéctese el electrodo azul a la sien derecha, y el electrodo rojo a la sien izquierda.
2. Introduzca el dedo índice de la mano izquierda en el orificio de Dreamy®. No se sobresalte al sentir el calor que le irradiará desde el índice hacia el antebrazo: es agradable y absolutamente inocuo.
3. Ya dispuesto a dormir, verbalice en voz bien alta aquello que desee experimentar. Exprésese con palabras concretas, sencillas y particulares: ¡trate de vivir un sueño bien preciso!
Ahora en la cama, con los ojos entrecerrándose y con las seguras ventosas de siliconas pegadas a sus sienes, metió el dedo en el orificio y dijo en voz alta y pausada:
—En mi sueño quiero ser el protagonista de la situación más intensa que jamás pueda imaginarme.
Empezó a sentir el calor en el dedo, y enseguida el sopor lo fue ganando.
A la mañana siguiente, sin siquiera tomar el desayuno, dio aviso a Personal, por WhatsApp, de que ese día no iría a trabajar. Inventó una excusa cualquiera y mandó el mensaje.
Y sí, había que digerir todo lo que significaba el sueño que Dreamy® le había proporcionado. Que él mismo se había proporcionado, como un perfecto estúpido. Las instrucciones habían sido inequívocas, y él las había transgredido formulando una petición muy general en lugar de una muy particular.
El primer tipo que apareció en su sueño —antes de Dolph Lundgren y Sylvester Stallone, que llegarían después, los dos juntos y con sus pantalones de boxeadores, aunque sin los guantes— fue Sean Connery. No estaba caracterizado como James Bond, con el inmaculado esmoquin, sino que se le vino muy de jovencito. Y con el bulto bien marcado se le vino, tal como en la fotografía que él había visto días atrás en Pinterest, con Sean posando en slip después de obtener el tercer puesto en el certamen de Míster Universo, a principios de la década de 1950.