—Me da miedito —dijo la mujer mirando de un extremo a otro del corredor de los cines, y el marido asintió, sonriente y astutamente comprensivo, y le rodeó los hombros con un brazo y la atrajo hacia él, en señal de protección.
Y sí, daba miedito: era un domingo, antes del mediodía, y en el alfombrado subsuelo desde el que se accedía a las distintas salas no había un alma. Aparte del pibe que acababa de marcarles las entradas, claro. Era notable el silencioso contraste con las horas de mayor movimiento. La mujer había sacado las entradas el día anterior, por internet, y con la taquilla intacta pudo elegir cualquier butaca. Y eligió las dos mejores: fila G, al centro-centro. Como les gustaba a los dos.
Encima les tocó la última: la sala 10, la del fondo. En absoluta soledad caminaron los cincuenta metros hasta ahí, y ya antes de llegar vieron que las puertas estaban cerradas.
—Ya deben de haber empezado los trailers —dijo el hombre, que aun pisando los sesenta se empeñaba en hablar como los chicos—. Se oye la música desde acá. —Y abrió.
La sala estaba en penumbras, matizada apenas por los intermitentes brillos de la pantalla. Y lo que ayer había mostrado virtualmente la taquilla se verificaba hoy en la realidad: a pesar de que faltaba muy poco para la hora de la película, los únicos espectadores en todo el cine eran él y ella. Seguro que nadie más vendría. Solamente a ellos dos se les ocurría encerrarse en un cine, un domingo de sol, a ver una comedia estúpida.
—Nunca nos pasó —dijo él, sorprendido, y ella le dijo que podían sentarse donde quisieran, aunque enseguida enfiló para la fila G. Y siguió hablando en voz alta, como si estuviera en la intimidad de su propio living, ante el Samsung de cuarenta pulgadas. Se dio vuelta hacia la cabina del proyectorista, y dijo que ni siquiera ahí había nadie, y el hombre no supo que más dijo porque ya se había enredado él en un argumento posible para el cuento que escribiría esa misma noche —escribía sólo los domingos, y en un par de días tenía taller, y no quería irle con las manos vacías al grupo—. El cine era apenas una fachada: los dos estaban siendo víctimas, sin saberlo, de un experimento que pondría a prueba su coraje. Su temple, mejor dicho, porque hacía poco que a la pareja se le había muerto un hijo, su único hijo, de treinta y dos años, y a la mujer —por eso el “miedito”— se le daba por alucinar cualquier cosa. Sí: ella andaba bien paranoica desde que el hijo falleció, pobrecito, con toda una vida por delante. Y el experimento era un asunto del gobierno. No, del gobierno mejor no: estaba muy trillado ese tema del Experimento del Gobierno. Pero algo se le iba a ocurrir al hombre, claro que sí. Las chicas del grupo lo aplaudirían, claro que sí. Y Marcus, el coordinador, lo pondría a él de ejemplo, claro que sí.
Vio que ella estaba tan extrañada como él mismo ante el hecho de que no hubiera nadie más que ellos dos en toda la sala, y a lo mejor era por eso que no les llevaba el mínimo apunte a los trailers de las comedias boludas —más comedias boludas— que pasaban frente a sus ojos. Y él le dijo, asimismo desinteresado:
—Esto de que estamos adentro de un cine vacío, hablando en voz alta —miró a su alrededor, verificó que nadie más había entrado en la sala oscurecida—, me hace acordar de cómo se murió Vian.
Ella lo miró, confusa.
—Boris Vian —aclaró él—. Un escritor francés, que además le gustaba tocar jazz. ¿Sabés cómo murió? Murió muy joven.
—Ni sabía quién era, imaginate.
—Me imagino. —Él sonrió con tristeza: la distancia que había entre su mujer y la literatura (la literatura en general, y especialmente la de él mismo) podría medirse en años luz—. Escribió novelas policiales, y una la hicieron película. No me acuerdo cómo se llamaba la novela, pero él no la pudo ver nunca. O sí. Jamás se sabrá.
—No te entiendo. ¿Murió antes del estreno el tipo?
—Antes del estreno. Pasaban la película para los productores, y lo invitaron a verla con todo el equipo.
—Y no pudo ir porque se murió.
Él negó con la cabeza.
—Cuando terminó la película y fueron a la butaca a ver qué pensaba, a ver si le había gustado, lo encontraron muerto. Nunca supieron si le había gustado o no le había gustado. A Boris Vian le había dado un infarto mientras pasaban la película. ¿Te imaginás la gente? ¿Enterarte de que estuviste viendo una película, con un muerto a un par de filas de la tuya?
—Callate. Por favor.
—Y acabo de acordarme ahora, mirá: Escupiré sobre vuestra tumba. Así se llamaba el policial.
—Qué asco, por favor. Eso de escupir, digo. En la tumba de alguien.
—Sí claro. Un asco.
Y al margen de la simpleza de aquella gansa vieja, mientras empezaba la película al hombre se le dio por imaginar otro posible argumento para el cuentazo con que deslumbraría a las pendejas del taller de escritura: ellos dos, en medio de la sala vacía y absortos frente a la película —ya no una comedia, sino una bien de terror—, no reparaban en que una presencia se iba materializando dos filas más atrás. Una presencia ectoplasmática. Boris Vian, el mismísimo autor de El lobo-hombre y El arrancacorazones, volvía al mundo. ¿Volvía como fantasma? No: volvía en carne y hueso. Y no volvía para tocar la trompeta o para revelarle a la comunidad literaria cuál era su opinión de la versión cinematográfica de Escupiré sobre vuestra tumba, no. Venía para atraparlos a ellos dos del cogote. Venía a estrangularlos desde atrás, como pasa en las películas berretas de terror que a Norberto tanto le gustaban. Que tanto le habían gustado, por mejor decirlo.
El hombre se dio vuelta instintivamente.
Y nada vio.
Por supuesto. ¿Qué pensaba ver? ¿A Boris Vian de saco y corbata, con las manos convertidas en garras y extendidas hacia ellos?
No, se dijo. Mejor trabajo sobre lo del experimento no-gubernamental. La muerte de un hijo siempre pega. Y no pudo contenerse, como le andaba sucediendo desde hacía unos días. Dijo, sin anestesia:
—Vos sabés que para mí Nórber se mató, ¿no?
—No empecés de nuevo con eso, tranquilizate.
—Es que cierra por todas partes lo de que fue un suicidio. —Hizo una pausa—. No puedo dormirme pensando en eso. Todas las noches.
La mujer hizo un gesto despectivo, que él vio perfectamente a través de la semioscuridad:
—Norberto se murió en un accidente, punto. Dejame ver la película, querés. —Ella iba levantando el tono, que ya se superponía a las voces que venían de la pantalla—. ¿Y por qué decís que se mató, pobrecito? —El tono era lloroso ahora, pero él no tuvo piedad. ¿Por qué habría de tenerla? Dijo:
—Él manejaba perfectamente, Gloria.
—Pero esa noche había nevado muchísimo en Bariloche.
—En Ushuaia, querrás decir.
—Bueno, es lo mismo. Como nunca había nevado en Ushuaia. Dejame ver la película, por favor. Aparte: ¿por qué iba a matarse mi Norbertito, eh? Decime. Decime, vos que sabés tanto.
Pero el hombre optó por callarse, aunque había estado por decirle que su Norbertito se había matado porque, hiciera lo que hiciese y lograra lo que lograse, el pobre jamás había tenido por parte de ella, la madre, el mínimo gesto de cariño, la mínima aprobación.
¿Y la gente termina matándose por esas cosas?, se preguntó él, en medio del intento de concentrarse en las estupideces de aquella comedia estúpida, que mejor hubiera sido venir a ver una de fantasmas.
Y sí. Uno termina matándose por esas cosas, cuando es lo suficientemente sensible. Y cuando ama a la madre más de la cuenta. Y, sobre todo, cuando a la madre de uno, como buena neurótica, le importa un carajo que uno la ame o deje de amarla. Y, sobre todo, cuando la madre de uno se emborracha prácticamente a diario, y a los siete años le baila medio desnuda a uno, de tanto vino de damajuana, lo cual le termina provocando a uno, al chico, en el colegio —los colegios—, terribles problemas de convivencia, tanto con los compañeros como con los profesores. Y, más tarde, también termina produciéndole a uno, al chico —ya no tan chico, epa—, un inconfesable disfuncionamiento eréctil. Por eso a Nórber no le duraba una sola mina. Hasta puto o drogadicto podría haberles salido, si no hubiera puesto los huevos suficientes como para rajarse solo a la Patagonia.
Y también uno termina matándose, siguió diciéndose el hombre, cuando uno —también a diario— recibe un bife tras otro, especialmente a la hora de la cena, delante de toda la familia. Delante del padre cagón, que en el fondo sigue temiéndole a la hija de puta que tiene ahora mismo al lado divirtiéndose estúpidamente con la más estúpida de las comedias estúpidas. El mismo padre que todas las noches no puede dejar de ver al hijo, adentro del Audi y bajo una nevada de rompe y rasga, subiendo a los pedos al Martial. Y apagando a propósito los limpiaparabrisas para que la luneta delantera se vaya cubriendo de nieve más y más, mientras él aprieta el acelerador más y más, hasta entrar en una curva más y más. En la peor de las curvas.
Así fue que se rompió el cuello mi pobre Norberto, se dice el hombre, ahora que se prenden las luces de la sala, siempre vacía: la comedia estúpida ha terminado, y la mujer se levanta y no lo espera, como siempre, y se manda directo para la puerta. Como siempre.
Él la sigue. Pero se detiene en un peldaño de la escalera alfombrada. Porque acaba de descubrir algo en lo cual —vaya a saber por qué— no había reparado cuando entraron, una hora y media antes.
Un libro.
Un libro que alguien olvidó —¿cuándo lo olvidó ese alguien, si la de recién había sido la primera función del día?— en una butaca cercana al pasillo, tres filas más atrás.
El hombre va hasta la butaca y levanta el libro. Y lo primero que lee es el título, que está en francés: Elles se rendent pas compte.
—Con las mujeres no hay manera —dice, recordando en un escalofrío que ese es el título en español con que se conoce a aquella otra novela policial de Boris Vian, hoy más vivo que nunca.