Incluso se le ocurrió en un segundo de lucidez que todo era un imposible absurdo, aunque de ninguna manera se trataba de la pesadilla más espantosa de su vida. Porque eso —¡imbécil y mil veces imbécil!— definitivamente no era una pesadilla. Imbécil y mil veces imbécil, sí, porque su imbécil consciencia se sostenía de una esperanza imbécil, y porque la imbécil y piadosa posibilidad de que estuviera enredado en el espanto de un imbécil sueño quedaba descartada, quedaba arrollada por la realidad, por la crueldad suprema de la realidad. ¿Cómo las instancias del martirio no terminaban por desmayarlo de una vez, cómo podía soportar ese sufrimiento inenarrable sin desvanecerse o morir del dolor extremo?
A horcajadas sobre él en la cama y ahogándolo bajo un peso descomunal, el desconocido no cedía en el frenesí de su trabajo. Nunca jamás en la vida lo había visto salvo ahora, cuando el tipo entró de madrugada en el dormitorio y lo redujo sin darle la mínima oportunidad de despabilarse y defenderse. Y era como si él no se le estuviera prácticamente colgando a dos manos de esa mano de dedos como chorizos, esa mano que manipulaba sin inconveniente alguno la pinza o la tenaza o la pico de loro o lo que fuese la herramienta de tortura adentro de su boca. A cada incisivo, a cada muela arrancada —las coronas se desprendían con mayor facilidad en relación con los dientes propios—, la mezcla de sangre y saliva lo ahogaba, y casi le impedía gritar. Era como si el tipo estuviera aplicándole la llama de un soplete en cada encía que se iba vaciando.
—Ya falta poco —dijo (y eso fue lo único que él le oyó decir), dueño de una calma que condecía con el evidente y esmerado placer de triturar y palanquear hasta que el diente de turno quedase firme entre las patas de la pinza, rojo y babeante y frente a sus ojos, y las más de las veces arrastrando al final el filamento del nervio y esquirlas de la mandíbula.
El tipo se fue como había llegado: había venido de la nada, y terminó hundiéndose en la nada.
Él, atravesado de lágrimas ardientes, distinguió entre el estupor sus treinta y pico de piezas desparramadas por el piso y por aquellas sábanas que un profundo rojo impregnaba. La boca le bullía como volcán a cada bombeo del corazón.
Como pudo, logró levantarse. Ya en el baño, no se atrevía a mirarse al espejo.
Vivió cuarenta y siete años más, y vivió como había vivido siempre hasta el momento de aquel ataque insospechado: vivió sin conflictos ni enemigos. Cuando murió, hacía décadas que la boca ya se le había cicatrizado, y en ese lapso debió reemplazar sólo una vez la prótesis completa. En cuanto al dolor, iba y venía como un fantasma inconstante.
Pero ni un solo día de su vida, ni aun con la ayuda de los psiquiatras que debió consultar muy a pesar suyo, pudo él responderse a la cotidiana pregunta. Esa incógnita que intentaba acallar, pero que siempre terminaba por articular en voz muy baja, en cada vigilia de terror insomne y con los ojos clavados en la puerta del dormitorio:
—¿Por qué?