—Yo a todas las chicas les hacía lo mismo. A todas las desconocidas, no sé si me entienden. A todas. Tendrían que haberme visto en aquella época.
Santiago hablaba y hablaba, y a medida que iba desplegando el plano de sus humillaciones y fracasos, el terapeuta y los demás del grupo asentían en actitud de afectuoso respaldo. Desde lo alto, los aros de básquetbol lo vigilaban todo en una especie de simétrica estereoscopía: afecto a los símbolos, el licenciado Guedinsky —“Wally”, como el tipo había propuesto que lo llamaran para romper el hielo— había dispuesto que el grupo se reuniera, con las sillas formando un círculo, en el “centro fundacional” de la cancha de básquetbol del Club Social del barrio.
—Nunca me animé a hacérselo a ninguna en terreno firme —seguía diciendo él, que en los últimos meses, próximo a los cincuenta y tres años, se estaba volviendo bastante locuaz—. Nunca me le animé a ninguna por la calle. Siempre se los hacía desde el colectivo, sentado y a través de la ventanilla. Y eso, de puro cag… De puro cobarde, ¿vieron?
Sonrió, confuso. Los demás, incluso Wally, alzaron los brazos en señal de indulgente aceptación. Y estaba bien: él sabía que aquello no curaría su disfuncionalidad eréctil crónica, pero al menos se sentía apoyado. Si de apoyo se trata, se dijo en un rapto de humor negro, algo es algo.
La única que permanecía impertérrita ante su relato era esa morochita quinceañera de jogging Adidas amarillo, que se había presentado como Lady Miriam. Desde que Wally le había pedido a cada uno que se presentase con el nombre que quisiera, la chica —¿de dónde la recordaba él, tan lejanamente?— no le había quitado los ojos de encima. ¿Por qué provenía tanta insistencia de la profundidad de esos ojos oscuros y grandes como ciruelas? ¿Tanto le llamaba la atención a aquella Lady la historia de la frustración de un viejo de cincuenta, que bien podría ser su padre? A lo mejor era de esas pendejas que se volvían locas por los jovatos. Y Santiago sonrió, con tristeza: de ser así, la pobre iba muerta si pretendía eso-que-dicen-que-todas-las-mujeres-pretenden. Y además era muy chica para integrar el grupo de terapia, pero donde manda capitán no manda marinero.
—Hubo una vez que dejé de hacerlo para siempre jamás —dijo él, rascándose incómodo la estrecha calvicie—. ¿Ustedes vieron esos perros estúpidos que salen a correr a los autos por la calle?
Todos asintieron. También —un poco— Lady Miriam, que sentada en diagonal a él no dejaba de mirarlo como hipnotizada.
—El perro es un cazador nato —dijo Wally, y debió atajar su cuaderno de notas, que acababa de resbalársele por el muslo—. Y para el perro perseguir un coche significa prolongar su instinto de cacería.
—Bueno —siguió diciendo Santiago—, ¿vieron lo que pasa cuando el auto en cuestión se detiene?
Hubo un silencio tímido y general.
—El perro no sabe qué hacer —se atrevió a arriesgar la lunga narigona y de cogote estirado que durante su presentación había declarado ser organista de iglesia.
—Exacto, Luciana. —Él la apuntó con el dedo—. Eso mismo: el perro no sabe qué hacer. Y así me pasó a mí. Fue la única vez que una chica me dio bola con ese truco estúpido que yo les hacía de guiñarles el ojo desde arriba del colectivo. Fue en Plaza Mayo, cuando el 29 doblaba para San Telmo. Era de noche. Noté que la chica andaba con un grupo de gente de su edad, y se ve que estaba sin pareja.
—O con hambre, Santi —dijo Wally El Terapeuta Desenfadado.
—Puede ser, Wally. Lo cierto es que la señal de aceptación que la chica me hizo desde la vereda fue tan explícita, tan disimulada y erótica al mismo tiempo, que me acuerdo perfectamente lo colorado que sentí que me puse. Y eso que pasaron más de treinta y pico de años. En esos labios rojos leí que se articulaba un inolvidable “Bajate” de ojos bien abiertos. Y, como el perfecto reprimido que soy, yo no me bajé. Qué me voy a bajar. A partir de ese momento, no jodí más a ninguna. —Hizo silencio, tosió un par de veces. Y agregó, sintiendo que la pija se le había vuelto un fideíto casereccia más diminuto que nunca—: Bueno, nada, eso. En fin, acá me tienen.
Wally empezó a aplaudir, pero muy pocos le dieron bolilla.
Y la que menos bolilla le dio fue ella, Lady Miriam.
Ella, que por fin acababa de reconocerlo. Ella, que hoy había decidido darse una vuelta por ese ignoto club de barrio, en busca de algún candidato. Ella, que ahora se pasaba la lengua por los labios sensuales mientras se decía “Mejor tarde que nunca”. Ella, que aquel día remoto, de hacía más de treinta años, había tenido que sufrir, por culpa de semejante pelotudo, el peor síndrome de abstinencia vampírica que había padecido en cuatro siglos.