País Relato - Autores

marcelo di marco

la pregunta del millón

Junto al cuerpo quedó la notebook salpicada de rojo, y los investigadores no tuvieron dificultad alguna para encontrar en ella el siguiente texto, escrito en Word.
Súbitamente despabilado no podía creerlo del todo, pero era evidente que cerca de mi cama había alguien más: en medio de la penumbra, un contorno grueso se desplazaba silencioso. Lo supe al ver cómo interrumpía la mínima luz del farol de la bocacalle, que entraba por las hendijas de la persiana.
Me oí respirar entrecortado, y advertí un olor como a pedos de brócoli podrido que infestaba mi dormitorio. Y no se trataba de un flamante caso de la llamada parálisis del sueño —había visto el escalofriante documental hacía muy poco, por Netflix—, porque yo estaba bien consciente y bien despejado. Me habría dormido a la una y pico, momentos después de apagar la luz, sumido más que nunca en mis negras cavilaciones. Y seguramente me había despertado algún ruido del merodeador. Un ruido dentro de mi dormitorio.
Muy dentro de mi dormitorio.
Un ladrón, me dije, y me noté un brusco sudor en las sienes. Un ladrón como le pasó al sensei, que se lo encontró al lado de la cama, y desde abajo le encajó al tipo un tzuki que le fracturó dos costillas. Pero yo, que empecé de grande, recién iba por mi cuarto mes de cinturón blanco, así que llevé la mano al cajón de la mesa de luz —guardo en él esta conveniente CZ 75, con un cargador entero, más una bala en recámara—, y estaba por abrirlo cuando me contuve: opté por hacerme el dormido, bien quieto. Me oí jadear y cerré la boca, que se me había vuelto de lija.
Siempre me pregunté cómo reaccionaría ante una situación así. Pero ahora no quería hacer el mínimo movimiento. No podía, mejor dicho: el miedo me iba ganando la voluntad, que ya se confundía con una mezcla de precaución y espanto creciente. Jamás en mi vida tuve un ataque de pánico, pero supuse que esto sería lo más parecido.
Ahora las piernas del tipo se interponían entre la luz débil y rojiza del antimosquitos y mis ojos: andaba por la piecera.
¿Y por qué no “andaban” en lugar de “andaba”?
Porque perfectamente podrían ser dos.
O más de dos. Como aquellos seres del puto documental, que eran tres: el hombre del sombrero y sus dos ayudantes.
¿Y si yo no estaba despierto? ¿Y si yo estaba entre despierto y dormido, como les pasaba a aquellas víctimas de la parálisis del sueño?
Y, cuando probé a abrir el cajón y sacar la 9 mm, alguien prendió las dicroicas del cielorraso. Quedé con el dedo quieto en el guardamonte de la pistola.
Y al ver lo que vi desde la cama la adrenalina me inundó, y el horror me dejó sin aire. El cadáver —aquella masa abominable no podía tratarse de algo vivo— apestaba con los hedores propios de la carne podrida. O quizá con los hedores propios de la carne quemada.
Y entonces, a pesar de la desfiguración causada por la fauna cadavérica o el fuego, lo reconocí. Me reconocí.
—Primera visita —dije. Y me mantuve allí, acechándome desde la piecera. Mirándome fijo lo dije, señalando hacia la cabecera donde estaba yo. Lo dije con una conminatoria voz que evocó en mi cabeza las profundidades de un pantano en descomposición.
A dos manos me apunté con la CZ, los brazos bien extendidos hacia mi figura en la piecera, pero antes de que pudiera dispararme desaparecí en un soplo.
Han pasado años de aquello, y ya no puedo soportarlo. El horror en que vivo no puede compararse con el hecho casi anecdótico de levantarme sin haber pegado un ojo, mañana tras mañana; de mirarme al espejo para descubrir estas ojeras marcadas como herraduras. No: lo auténticamente grave es que a partir de esa primera noche me vengo visitando bajo múltiples y horrendas apariencias. Desde la cama, sosteniendo el arma inútil, me veo venir con los ojos desorbitados y la piel azul por la cianosis del estrangulamiento. A veces, voy hacia mí con la tapa de los sesos volada por un tiro que acaso provendrá de mi propia pistola. Otras, me descubro hecho un guiñapo de carne desgarrada y huesos a la vista, tal vez aplastado por un camión, o descuartizado por el ferrocarril.
Y ya no sé si pensar que soy un fantasma —mi futuro fantasma—, o más bien una proyección de mi mente. La misma mente que jamás ha conseguido librarse de su insoportable y eterna obsesión. La misma mente esclavizada por esta idea fija de toda la vida: ¿cómo moriré cuando me llegue la hora?