País Relato - Autores

marcelo di marco

la patrulla de los chimpancés

Ignorando la aleccionadora desgracia que ocurrirá dentro de pocas páginas, pletórica de autoafirmación y autoestima, Felicidad se sentía una diosa. En aquel mediodía de noviembre, caminaba rumbo a la estación del subte de Plaza Italia, por Santa Fe, frente a la Rural, y la plácida calidez del sol la penetraba, vivificándola de alegría cósmica. La semana pasada había festejado sus primeros veintisiete años de vida, y todo lo que le había pronosticado su nuevo guía astral se venía cumpliendo joya: bellos días plenos de conciencia de Krishna, y amor y paz para compartir con el otro o con la otra, sea quien fuese o fuera. Gracias al Taller de Sanación Angélica que acababa de vivenciar en la Fundación BISNIETOS, se había armonizado totalmente. Y lo más: esta noche pintaba superluna.
Y pensar, se dijo, que la gente boluda ni sospecha que existe algo así en el universo, ni siquiera intuiciona que existe esta clase de Amor.
Amor, eso. Mucho Amor. Y todo gracias al Avatar, que ya se lo había revelado bien clarito: la misión universal de la una y del uno es encender la lámpara del Hombre en el corazón del Amor. ¿O era… encender la lámpara del Amor en el corazón del Hombre?
Entonces algo la distrajo de aquella pregunta crucial. Al pasar frente al Zoológico, recordó lo que esa misma mañana había informado Lape por TN, cagándose de risa y alisándose el saco fucsia: horas atrás, un mono logró saltar el cerco de la monera para rajarse del Zoo. “Está suelto por Palermo”, advirtió Lape, divertidísimo. “Y puede ser peligroso”.
Mejor, se dijo Feli. Mejor para el pobre monito. Y ojalá que no lo encuentren nunca. Los zoológicos se convirtieron en cárceles donde maltratan cruelmente a los animales, que son buenísimos.
Y, saltando de asociación en asociación, su subjetividad recordó cuando la abuela la había llevado a ese mismo lugar horrible, de chica: frente a la monera, había una caja de madera con un letrero clavado al poste que la sostenía:
ABRÍ LA TAPA Y TE ENCONTRARÁS
CON EL ANIMAL MÁS AGRESIVO DEL MUNDO
Cuando Feli, alzada por la abuela, abrió la tapa de la caja, recibió una lección que habría de marcar para siempre su vida: un espejo le echó en cara la imagen de su propia cara.
Más alienante que nunca, la Santa Fe atentaba contra el cumplimiento de su misión de Amor, sea cual fuese. Las disquerías vomitaban música mainstream desde sus parlantes en la vereda, y a esa hora los bares y pizzerías apestaban a comida chatarra y fritangas. Aquello era un culto al consumismo y a la supresión del Niño Interior, como le decía tiempo atrás su Instructor en Artes y Ciencias Orientales, ese simpático swami paraguayo de bella tonada que ahora atendía en Palermo Sensible como brujo wichi.
Felicidad cruzó Thames, pura túnica de bambula y dorados rulos al viento, haciendo tintinear el collar de campanas de bronce que le había traído de la India su Coordinador de Vidas Pasadas. La manada de oficinistas y vendedores de los negocios salía a devorar esos horrendos sándwiches repletos de carne muerta de vacas y de pollos. Y, para evitar que la tentase la deliciosa baranda que soltaban los lomitos, los chorizos y las pechugas dorándose en su jugo, ella decidió que lo mejor sería interactuar con la energía erotizante de los árboles de la vereda, tal como lo había aprehendido en aquel Ecosexual Workshop, en San Francisco. Un frondoso jacarandá, junto al puesto de flores de la esquina de Borges, le llamó la atención: advirtió en su corteza, a la altura de la mirada, unas letras como trazadas a cuchillo y enmarcadas por un corazón medio borroso:
JUANCA
Y
JULIETA
SE AMAN
Cuchillo hiriendo al partner vegetal, internalizó Feli. Qué horribles debían de ser esos Juanca y Julieta. Y encima héteros que “se aman”, por favor.
Y se apartó del jacarandá y eludió esa imagen agresivamente patriarcal, avanzando hacia la boca del subte bajo la lluvia del rocío de miel de las tipas. Los árboles nos bendicionan, se dijo —como casi todo el mundo, ignoraba que tal “rocío” es en realidad savia convertida en excremento de áfidos—, y se detuvo y abrió los brazos y sacó la lengua, y la copa de la tipa la bendijo con una gota —una insospechada caquita fría, por cierto—, que Feli místicamente se mandó al buche. Buena manera de despegarse de la negatividad de aquel pensamiento negativo, pensando en positivo. Y sobre todo se despegaba recordando que anoche mismo había verificado, con pecuniario alivio, el nuevo depósito en euros que le había hecho en el Credicoop el careta de su viejo.
Y en eso estaba cuando, al bajar por las escaleras del subte de Plaza Italia, alguien le tocó el hombro.
—En qué andás, boluda —le dijo ese alguien, que en realidad era una alguiena—. ¿Tres días que no nos vemos, y ya ni me reconocés?
—¡Hola, boluda, me resorprendiste! —contestó Feli, y se detuvo en el escalón.
La boluda de resorprender era Soledad, su antigua cumpa de militancia en el Partido Obrero, quien días atrás había tratado de convencerla de que se anotaran en un Taller de Danza con Hadas a manifestarse en las dunas de Mar de las Pampas bajo el próximo plenilunio. Sole era una redivina, y las dos se veían cada tanto por la zona de la placita Cortázar. Egresadas del ILSE y eternas estudiantes de Psicología Social en la Kennedy, con tres o cuatro abortos y un par de intentos de suicidio cada una, las dos se entendían fenomenal. Con decir que cuando Sole se hacía los rulos, la gente las tomaba por hermanas y todo. Si hasta tenían el mismo tatuaje en el mismo hombro —un esperable
—, se habían rellenado las tetas con las mismas siliconas, vestían las mismas túnicas que hedían a patchouli y fumaban el mismo hash. Pero a Soledad le gustaba la bebida, y eso era lo único que las diferenciaba: Felicidad sólo se llevaba a los labios una mixtura de miel, agua y tomillo fresco, según lo había dispuesto su Orientador en Aromaterapia y Gemas. Gustos aparte, ahora estaban las dos ahí, mirándose a los ojos en la escalera del subte, con la gente boluda esquivándolas a las puteadas.
—El divino de mi terapeuta me explicó que la pasé bárbaro en tu cumple —dijo Sole, que ya ni recordaba qué había dicho o hecho en tal festejo.
—¡Gloria a Krishna, que todo lo cumple aquí y ahora! —dijo Felicidad, en idénticas condiciones amnésicas respecto de lo que había sucedido en su casa la semana anterior—. ¿Comiste? Vení, que acá a la vuelta abrieron un resto nuevo.
—¿Cuál, boluda? ¿“Prashadam”? —Soledad se rascó la cabeza—. No jodás, que está hasta las tetas todo el tiempo.
—Por lo menos es vegano-vegano. Dale, vení. —Pero en nanosegundos un par de neuronas sueltas en la corteza prefrontal del cerebro de Felicidad entraron en sinapsis, y ella se acordó de golpe: ¿no era que estaba por tomar el subte para ir a lo de su agente de viajes, en el Obelisco?—. Huy, qué boluda. ¿Me acompañás al centro? Comemos algo allá. Bancame un trámite en la 9 de Julio, que en tres semanas salgo para Tailandia. Capaz que vos también te tentás. Pasaporte tenés. Y a la noche, te quedás en mi loft: hoy es la superluna, y hay que aprovechar para pedirle.
—Dale, vamos.
Bajaron las escaleras, recargaron la SUBE, pasaron los molinetes, y ya la escalera mecánica las depositaba en el andén doble, cuando oyeron un cúmulo de voces airadas: un enjambre de gente rodeaba a un cana de la Federal. Y el cana de la Federal mantenía bien agarrado del pescuezo a un chico de melena apelmazada. Y el chico de melena apelmazada andaría entre los doce y los catorce años. Y lo más importante: se notaba a la legua que estaba mucho más necesitado de amor y comprensión que de represión y brutalidad. Si ni alpargatas calzaba el pobre, con esa costra de mugre oscureciéndole los de por sí oscuros pies.
—Quieto, conchitumadre —le decía aquel ogro, y Felicidad y Soledad se llenaron de indignación.
Felicidad supo que era hora de sumergirse en su Yo Profundo Que Es: se visualizó en medio de un bosque ataviada con la capa druídica que había traído de su último viaje a Prashanti Nilayam, y tomó aire invocando a las salamandras para que su voz saliera como un fuego. Y así, reenergetizada al mango, habiendo logrado liberar su conciencia del quilombo que la rodeaba, le gritó al represor lo más fuerte que pudo y por encima de la marea de gente:
—¡PARÁ CON ESTO, CARAJO!
—¡Esooo, mierdaaa! —gritó a su vez Soledad impostando su más chillona voz de zurdita histérica—. ¡Paraaá!
Todos los del enjambre redoblaron esfuerzos para increpar al policía:
—¡El pobre pibe no hace nada!
—¡Solamente estaba durmiendo en el piso, agotado de pedir en los vagones!
—¡No ves que no tiene ni zapatillas!
—¡No ves que vos no tenés tu placa de identificación!
—Seguro que a mí no me hubieras detenido, ortiba. Porque soy rubia no me hubieras detenido.
—Y a mí tampoco.
—Y a mí tampoco.
—Y a mí tampoco.
El policía, apurado como nunca en toda su carrera, sólo atinaba a trabucarse con que el derecho de los demás empieza cuando termina el deber del prójimo y demás insensateces semejantes. Se dijo que debía mantener la calma “aun después que los demás la hayan perdido”.
Y fue que, en medio de las voces descontroladas, Soledad dijo, simplemente:
—Soltalo.
Lo dijo con un tono de conciencia social tan proletariamente convincente, que todos hicieron silencio, todos se dieron vuelta para mirarla. Hasta el agente se dio vuelta para mirarla —eso sí: sin soltar al pobre pibe—. Hasta se dio vuelta para mirarla el pobre pibe en cuestión, quien se debatía como loco bajo la garra del rati, bien consciente de su mejor ventaja: todo el andén estaba de su parte.
—¡Qué estás haciendo con el pobre carenciado! —Soledad se solidarizó con el pibe quitándose resueltamente las sandalias, y en patas nomás se adelantó hacia el policía, que calzaba un par de brutos borcegos—. ¡Qué estás haciendo con esta víctima del neoliberalismo, la derecha clerical y el capitalismo salvaje! ¿No ves cómo lo estás tratando? —Se dio vuelta y miró a la morralla—: ¡Todos y todas ustedes son testigos y testigas de la brutalidad policial!
—¡Esa, Sole! —gritó Felicidad con los ojos en blanco y alzando los brazos al cielo, a lo cual tintinearon sus campanitas de bronce, y la mezcla de patchouli y sudor que emanaba de sus sobacos se esparció en el aire.
—Señoritas, no intervengan… por favor —les dijo a Felicidad y a Soledad el agente, jadeando porque no dejaba de forcejear con la pobre víctima del neoliberalismo, la derecha clerical y el capitalismo salvaje—. Esto es un asunto policial. Y usted, señor, el del… El del teléfono que me filma, sí. ¿Me llama al 911, que tengo el handy sin batería?
—Ni en pedo—contestó el aludido, un gordo barbudo y de campera sindicalista—. Soltalo al chico y hablamos. Haya hecho lo que haya hecho, no está sujeto al régimen penal común.
Todo el mundo aplaudió las abogadiles y comprometidas palabras.
—¡Esa, Barba! —dijo la víctima, que no paraba de intentar zafarse del apriete de la fuerza pública—. Dale maza al rati, que yo no hice nada no hice.
El policía puso cara de evaluar la situación. Bajo la expectación de aquellos revoltosos, miró alternativamente a Soledad, a Felicidad y al gordo de barba, quien ahora ostentaba más dimensiones de abogado que de sindicalista. Y también miró al grata. Y entonces se le prendió la lamparita, y optó por proponerle a la multitud, con voz tonante:
—Hagamos una cosa: ¿quién de ustedes me da una mano cuidando al chico? En su casa, digo. ¿Alguien se lo quiere llevar para su departamento? Es solamente hasta que lo ubiquemos en algún centro de readapta…
—… ¡soltame, puto! —dijo el pibe, y medio consiguió zafarse del apriete.
—En serio lo digo —insistió el policía, que reacomodó en el cogote del grata su tremenda manota—. ¿Qué vecino hay entre ustedes que me lo quiera cuidar un rato, aunque no se lo pueda llevar a la casa? Acá mismo me lo pueden cuidar, mientras yo subo a la vía pública a localizar al móvil. —Y, ante el silencio general, el policía redobló la apuesta—: ¿Quién quiere darle un buen abrazo al menor en situación de calle, eh? ¿Nadie?
Ante ese inesperado giro dialéctico-policial, todos —Feli y Barba fueron los primeros— empezaron a dispersarse, seguramente en pos de otras nobles causas en las que ejercer su compromiso. De cualquier manera, ya se oía el rechinar del subte, que en cualquier momento aparecería por el túnel.
Pero no todos habían empezado a dispersarse: Soledad no se movía de su sitio.
—Yo lo acepto —dijo, con cara de Juana de Arco sometiéndose a la hoguera—. ¿Puede entregármelo ahora?
—Qué hacés, pelotuda —le dijo Felicidad, dándose vuelta—. Con qué te mamaste.
—Afirmativo —le afirmó el policía a Soledad—. Pero antes permítame comunicarme con el Comisario, a los efectos de. ¿Me presta su teléfono, o usted también piensa filmarme con la camarita? —Mentía el poli: redoblaba la apuesta aun más, para ver hasta dónde llegaba la inconsciencia de aquella jipa con pinta de pichicatera, como todas las jipas.
Ensordecida por el tronar del subte, que ya entraba en la estación, Felicidad iba a preguntarle a la otra pedazo de pelotuda “¿Qué estás haciendo, pedazo de pelotuda?”, cuando el chico logró por fin zafarse de la garra del policía, y de vaya a saber dónde sacó un cuchillo, y de revés abrió un tremendo tajo rojo en la garganta de Soledad, que no tuvo ni tiempo de darse cuenta: en menos de un segundo, el chico la lanzó de un empujón a las vías. Y las miles de toneladas del tren subterráneo terminaron con tanto progresismo. De Soledad solamente quedaron en el andén las dos chancletas, unas “akala” confeccionadas con neumáticos usados, que se había traído de Nairobi por sólo cinco dólares y bajo el auspicio de Greenpeace.
La historia tiene un segundo final inesperado.
Felicidad está en su loft de Palermo Soho, y ya es de noche. Es más: la ilumina la superluna. Pero Feli no puede pedirle que la haga vibrar con su energía y su luz: todavía arden en sus oídos los atroces gritos, las ruedas triturantes. Recuerda cómo se escabulló del andén, corriendo escaleras arriba y pensando que a la boluda de Soledad la juntaran con cucharita o como mejor pudieran o quisieran, pero que ella ni por joda se quedaría a responder preguntas de la Policía, y mucho menos se quedaría a reconocer un cadáver seguramente irreconocible.
Cena una naranjita con polvo de algas, unas semillas de quinua y una feta de queso con arrope de chañar. Prende el televisor, hace zapping. Y encuentra un canal de animales.
Después de un paneo sobre un grupo de chimpancés alborotados, en la pantalla se muestra a una rubia tetona de sombrero de mimbre y camisa safari, que llora desconsolada. Y pronto Felicidad comprende el motivo: la rubia, una etóloga noruega, acaba de descubrir que los chimpancés van en patrulla.
Y otra cosa más acaba de descubrir.
—Las destrozaron —dice, sin dejar de llorar las lágrimas más indignadas y sinceras de su científica y políticamente correcta existencia—. Las destrozaron por gusto. La acecharon y le dieron caza a una chimpancé de otra tribu, que exploraba en busca de alimentos, y a dentelladas y a golpes las mataron a ella y a la cría, y por el puro placer de matar. No fue por hambre ni por el territorio. —Se restriega los ojos, se sorbe los escandinavos mocos, y su mirada se endurece—. Este descubrimiento —sigue diciendo, ya más firme— modifica radicalmente nuestras creencias y conclusiones acerca del presunto pacifismo de estas crueles bestias.
—Un nuevo femicidio —dice Felicidad, hablando sola.
Apaga el televisor y se va a dormir, no sin antes pasar por el espejo del baño a echarle una mirada a su propia imagen. Como cuando era chica y la alzó la abuela.