País Relato - Autores

marcelo di marco

la mente humana es capaz de todo

—Necesito que me diga dentro de cuánto tiempo se me van a caer, doctora, ¿me entiende? Ni mirarme al espejo puedo, me doy asco y me dan ganas de llorar. La crema que usted me recetó me hace peor, me reseca. Parezco un monstruo. Antes yo era una mina feliz, y ahora me dan ganas de desaparecer. De morirme me dan ganas. Y tengo la impresión de que en el trabajo quieren cambiarme de departamento. Si es que no están pensando directamente en echarme, con cómo está todo.
Yo me sentía exhausta. Llevaba escuchando el relato de Marisel durante unos tres cuartos de hora, y la pobre, sentada frente a mí y de codos sobre el escritorio, no terminaba de desahogarse. Sus ojos celestes no podían controlar las lágrimas. Era mi última paciente del día —ni la asistente quedaba en la recepción—, y yo no veía la hora de que dejara de desenrollar esa madeja que salía de su boca, siempre en el mismo tono invariable y uniforme. En un momento calló y desvió la vista, superada por lo que me estaba diciendo, y de reojo pude echar un vistazo por la ventana que daba a la plaza: ya era de noche, y el viento del invierno sacudía las hojas del gomero de la esquina. Me imaginé en casa, calentando el gulash de la noche anterior y descorchando un malbec.
Adentro, la corriente cálida del aire acondicionado hacía que las partículas que nevaban lentas de la cara de Marisel al escritorio temblaran casi imperceptiblemente. A medida que ella me relataba su “caso especial” —así llamaba al voraz eccema atópico que estaba consumiéndole la piel y el alma—, el vidrio que protegía la superficie de mi escritorio se iba cubriendo de unos como peperoncini triturados. Y ya había un montón.
—Estas costras espantosas —seguía diciendo, y me mostraba sus dos perfiles, con lo que la lluvia de cascaritas rojas se intensificaba—. ¿Me quedarán marcas, doctora? ¿Contagio, yo? Eso me preguntaron el otro día en la oficina de Personal. Ya me está dando pánico salir de día. Tengo que ir caminando, porque en el subte me miran tod…
Pero no pudo terminar la frase, porque yo estiré la mano hacia ella y levanté con los dedos en pinza un montón de esos peperoncini y me los llevé a la boca. No me había equivocado: tenían un gusto similar al ají picante, aunque no picaban mucho.
Marisel me miró con una cara de horror imposible. Su mueca fue tan horrenda que hasta la hacía parecer linda.
Yo seguí engullendo el resto de aquellas partículas. Las trituraba con los dientes.
La oí gritar cuando escapó del consultorio, directo a la puerta del departamento.
Al mes volvió, radiante.
Y sana.
Mi rapto de inspiración había resultado. Magia simpática.
A veces sueño con ella. Marisel es la dermatóloga —la dermatóloga más hermosa del mundo—, y yo la víctima del eccema más devastador. Una pesadilla nada extraña, si se sigue la lógica de la mente.
Pero esta misma noche, frente al espejo del baño, lo advertí sin demasiada sorpresa: una aspereza cutánea se eriza de minúsculas puntas en un costado de mi mentón. También advertí que mis ojos ya no son castaños sino celestes.