A sus treinta y nueve años y con un ingreso de seis cifras como Directora Jefe de Kiddymagazine, Leda ya lo había probado TODO, y lo había probado y lo seguía probando en los más exóticos rincones del planeta. El nick con que se la conocía en los foros internacionales del porno hardcore extremo era kojoconpersonanimalocos#, pero conviene aclarar que últimamente tal nombre alternativo no le hacía honor a la verdad. Porque, en su búsqueda de novedades de imposible clasificación, Leda ya desbordaba con holgura todos los límites y excesos, el infinito y más allá. Y la sed de experiencias nuevas que le causaba su insatisfecha sexualidad sin sentido —situación de la que apenas era consciente— no lograba saciarse.
Entonces su vida cambió. Una semana después de una insomne sesión de visitas a los más escabrosos sitios de zoofilia, coprofilia, pornografía infantil y snuff de la web profunda, por el tacto frío y tubular en sus pies descubrió que una maraña de serpientes le estaba invadiendo la cama, y el roce de las escamas resbalosas y las lenguas bífidas en sus zonas más erógenas la obligó a despertar en medio de la noche.
Y así empezó a soñar con reptiles. Con serpientes y lagartos, más precisamente.
Y, muy pronto, la obsesión guio a kojoconpersonanimalocos# para que descubriera en uno de sus foros habituales lo que realmente había estado buscando, sin saberlo, durante toda su vacía existencia.
A pesar de que se venía la Feria veraniega para los más peques, y la redacción preparaba a mil por hora el nuevo número de la revista, la dueña de Kiddymagazine le concedió el finde largo para que se tomara sus solicitadas “minivacaciones exclusivas”.
—Nunca puedo decirte que no —le dijo la torta, escritorio por medio y con una prometedora caída de ojos.
Esa misma tarde, Leda abrió su MacBook Pro y reservó los pasajes de ida y vuelta, más el boleto del transbordador que la depositaría en aquella remota isla indonesia mencionada en el foro. Y por Trivago consiguió un hotel lo suficientemente discreto como para pasar del todo inadvertida durante su visita a TerraKomodo®, un muy exclusivo parque temático enclavado en el corazón de la isla. Pero eso parecía simplemente una fachada: según más de un testimonio subido a los foros, TerraKomodo® escondía un burdel bestialista muy ilegal.
¿Será cierto?, se preguntó cuando el sistema le confirmó el hotel. Y antes de dar ENTER para imprimir los tickets pensó que había una sola manera de averiguarlo.
Sí: solamente había una sola manera de averiguarlo. Y Leda lo averiguaría muy pronto.
—Tenés que irte, Leda —le ordenó su psiquiatra, unos días después de volver de sus “minivacaciones exclusivas”—. Más que recomendártelo, te lo prescribo. —Entró en su iPhone a revisar el calendario—. Tenés unos días más de Feria, y la revista ya salió. Dejá que pase la Feria, y calladita te tomás otra licencia. Tratándose de la mejor editora del rubro, la dueña no puede negarse.
—Y qué hago, Rubén, sola en medio del campo.
—No es el campo, es la sierra.
—Y qué hago en medio de la sierra, Rubén.
El psiquiatra la miró a los ojos.
—Eso, nada. No hacés nada. Unos días sola, tomando aire en medio de la sierra, te vendrán como un bálsamo. Necesitás despejarte el bocho. —Se dio unos golpecitos en el parietal—. Necesitás… Si no fuera un chiste de mal gusto, te diría que necesitás mudar de piel.
—Estúpido.
El psiquiatra se mordió la uña del pulgar. Preguntó:
—¿Cuántas noches van?
¿Cuántas noches iban? Leda no llevaba la cuenta, porque ya se estaba habituando a despertar a los gritos en las horas más agudas de la madrugada. A despertar abrazada, estrujada por el dragón de Komodo que le habían asignado en el “parque temático”, que al final había resultado ser realmente la fachada de un negocio prostibulario y bien clandestino. A su dragón, como a todos los demás pupilos del burdel, los dueños le habían extirpado las garras de las cuatro patas, y un bozal de seguridad le mantuvo cerrada la boca durante todo el acto dentro de aquel potro de madera idéntico a los que se usan en el campo para el apareamiento del ganado. Convenientes aparejos, poleas y ligaduras habían sostenido al lagarto gigante encima de la febril voracidad de Leda, para asegurar la penetración. Pero ahora, en las pesadillas, a la bestia le crecían en segundos unas garras afiladas con las que noche tras noche terminaba liberándose del bozal, de las poleas y de las sogas y del armazón de madera. Cuando sentía que el dragón estaba por aplastarla, Leda salía de su lordosis de ancas ansiosas, y ganada por un terror sin nombre huía entre el follaje de la selva hasta caer exhausta. Y el dragón se tomaba su tiempo, y empezaba por devorarle los pies y las piernas, invariablemente. Y, cuando estaba por hundirle en el sexo su dentellada monstruosa, ella se despertaba por sus propios alaridos de pánico.
Sí, Rubén tenía razón: unos días en el campo, la sierra o lo que mierda fuese no le vendrían para nada mal.
Cuando sintió en el hombro aquel peso de fofa consistencia que venía con el agua, lo primero que pensó fue en aquella pija inmensa que se había tragado en Marruecos, en el viaje del año pasado. Enmarcada por las sierras de San Luis, se había improvisado un jacuzzi adentro de una de las ollas que formaban las rocas del río, y entre el relajador burbujeo del agua y el cuarto litro de vodka que se había bajado con el cereal del desayuno, se había ido adormilando. Y ahora la terminaba de despertar una segunda pija inmensa, que esta vez le cayó en el pecho.
Abrió los ojos al paisaje serrano, a aquel paraje desierto —ni un alma había— al que había llegado después de dar mil vueltas con la Land Rover Discovery alquilada en Potrero. Confiaba en que el GPS no la dejara en banda, en medio de tanta soledad. Pero ahora tenía otra cosa en qué ocuparse.
¿Qué había sido aquello?
Y no había terminado de preguntárselo, cuando una tercera pija gigante le cayó en el mismo hombro que la primera, para enseguida perderse entre la turbulencia del agua en bajada.
Leda se levantó inmediatamente, y en el apuro el pie le pegó contra una roca del fondo. El dolor en el tobillo fue muy intenso, pero más les prestó atención a las tres cabecitas de adelante, los tres pares de ojos negros que, emergiendo del remanso, la miraban con una callada insistencia: no eran tres pijas con ojos, sino tres lagartos. Iguanas, bien vistas. Habían venido con la corriente, bajando de las sierras, y ahora alcanzaban la orilla del remanso y caminaban —reptaban— entre las rocas. Parecían inofensivas, sí. Más que al dragón de Komodo que la había montado alternando sus hemipenes días atrás, a Leda le recordaron los orgasmos que había alcanzado entre sueños, con las serpientes lamiéndole sus huecos y pliegues más íntimos.
Juntó sus cosas, después de asegurarse de que las llaves del Discovery estaban dentro de la riñonera. Se miró las partes del torso en donde le habían pegado las iguanas: todo estaba bajo control, ni una marca le dejaron con las uñas.
Las tres seguían en el mismo lugar, observándola.
Hasta que una empezó a venírsele.
No parecía agresiva. Años atrás, en una cabaña a orillas del Atuel, en San Rafael, una iguana mucho más grande venía a visitarla todas las mañanas. Leda le había preguntado al casero si era peligrosa. Y el negro —que a cambio de la información se ganaría un buen polvo— le dijo:
—Son como perritos, nena. Si te descuidás, hasta te pueden venir a chupar las manos. A lamerte, digo. Yo les doy carne.
Pero ella en este momento no tenía carne.
—Ni siquiera una barra de cereal en la riñonera —dijo, y al sonido de su voz la iguana se detuvo, y enseguida se dio vuelta y miró a las otras dos, que seguían en sus puestos.
Entonces la iguana hizo algo muy raro: se puso a brincar como un cachorro. Y no resultaba amenazante, de ninguna manera. Más bien parecía invitarla a que la siguiese, como un perrito que busca llamar la atención.
Y Leda, que además de terriblemente reputaza se sabía terriblemente recuriosa, optó por seguirlas. Las cuatro, las tres iguanas y ella, se pusieron en camino vaya una a saber a dónde.
Renqueando entre los peñascos, vio que las paredes que bordeaban el cauce del río se hacían cada vez más escarpadas, a medida que el río iba bajando.
Que no se venga una crecida, se dijo, imaginando el tsunami de iguanas que se le vendrían encima con la correntada implacable.
Un buen rato después perdió de vista a sus tres guías, que seguramente habrían torcido en el primer recodo: no las distinguía adelante. Y el recodo lo formaba una saliente de roca que interrumpía el cauce del río, en ángulo. Parecía la entrada de… ¿una cueva?
Leda eligió tomar ese mismo recodo.
Y al asomarse no vio solamente a sus tres nuevas compañeras de fantasías, que no estaban muy lejos de ella, formadas en hilera.
Vio una legión inmensurable.
Los verdes lomos brillando al sol y contrastando con la palidez de las murallas de roca, una miríada de iguanas la veían caminar a su encuentro. Porque Leda, prácticamente apoyándose en un solo pie, avanzaba hacia las iguanas, fascinada. Un ejército imposible de pijas enfocaba sus glandes hacia la forma de su deseo, todas las miradas confluían en ella. Tupían el suelo y cada promontorio hasta donde la vista alcanzaba. Y ella podía oír el rumor de sus garras frotándose en la piedra, listas para el abordaje.
Cuando se le echaron encima, saltando desde las rocas de las alturas y desde las rocas del suelo, para sepultarla bajo sus sólidas y vibrátiles carnaduras, Leda gritó el único orgasmo genuino que tuvo en toda una vida de aburrida y desesperada frustración.
—Hay que acercárseles despacito despacito —les enseñaba el baqueano Toribio a los nenes, con toda la familia dándose una panzada bajo el alero del rancho iluminado por la luna—. ¿Ven este lazo?
—Sí, Papó —dijeron a coro los dos chicos.
—Bueno. Ustedes van dende atrás y le entran el lazo corredizo por la cabeza, que es tan zonza que ni lo siente. Después tiran. Así, ¡zácate! —Y Toribio cazó del cogote al más chico, y todos rieron.
La estaban acompañando con arroz, y verdaderamente sabía deliciosa.
—Es mejor que el pollo —dijo la mujer de Toribio—. Parece pollo, pero es más rica.
—Y más grande —dijo él.
Y se quedó pensando.
Realmente muy grande había sido la iguana que esa misma tarde había cazado en la orilla del río. La más grande que vio en toda su vida. Y además la pobre tenía lastimada una pata de atrás.