País Relato - Autores

marcelo di marco

la chica trans

Cuando, después de tres frustrados intentos de levante, Lorena se estaba diciendo que esa noche se lo pasaría en seco, alguien se la llevó de un tirón bajo la magnolia más frondosa del parque. Era una chica trans, el pelo estridente de verde brillándole bajo la luna. Ocultas las dos, a esa hora ningún ocasional caminante podría detectarlas. Y Lorena se dejaba hacer, bajo las sombras y entre compasiva y embriagada: jugando a ser vulnerable, estaba viviendo uno de los polvos más memorables de su inmemorial vida.
Pero de los labios de la chica trans salió un gruñido que la sacó del éxtasis: aquel gemido ronco no era de placer. Sonaba a amenaza. Sonaba a peligro inminente.
Al darse vuelta, alarmada, Lorena vio que a la chica trans —quien a lo perro la sujetaba de las caderas con unas manos que se habían vuelto demasiado firmes— los ojos le brillaban entre las sombras tenebrosas. Y el gruñido se hacía más largo y amenazante. Tan amenazante y largo como esos largos y amenazantes colmillos que la chica trans sacaba a relucir. Y Lorena misma estaba a punto de cambiar ella también, diciéndose lo sabía la puta madre lo sabía, cuando oyó gritar:
—¡Al fin hemos dado contigo, Padre Lobo, navegando por océanos de tiempo!
—¡Deja en paz a esta pobre víctima y muere!
—¡Muere, maldito, regresa a las cavernas de Licaón!
Según contó de una ojeada a la luz de los quinqués de aceite que portaban en las manos libres, los Viajeros del Tiempo eran tres. Los tres vestían como siempre, igual que el Van Helsing de las pelis. Los tres iban armados con el típico arsenal antilicántropo, y los tres apestaban a cirios bendecidos, a pecado irredento y a pulpa de papel biblia. Tenían trabajo los Viajeros, y lo cumplieron sin dudar un instante. Convertida del todo en una rugiente y pesada bestia de garras y patas y brazos peludos y mandíbulas abiertas, la ex chica trans no tuvo tiempo a nada: una certera saeta de ballesta le partió aquel corazón condenado, y en su agonía se le concedió el honor de terminar de morir decapitada como el Empalador: el mayor de los Viajeros del Tiempo se le puso detrás, y de un tajo de su kukri de plata le abrió el pescuezo, y cortó y cortó y cortó hasta cercenar del todo.
La ex chica trans volvió a su forma de chica trans, a saber: el tronco con sus extremidades por un lado, y la cabeza con el pelo teñido de verde por el otro. Y cuando los tres Viajeros del Tiempo estaban por asperjar el cadáver con repugnante agua bendita, la varias veces milenaria condesa Lorena von Szylder se dijo que era tiempo de actuar.
Se levantó de entre las raíces de la magnolia y empezó por el más viejo de los Viajeros, a quien volvió de espaldas y de un zarpazo le arrancó los pulmones con vértebras lumbares y todo. Al ayudante más joven le quebró el pescuezo en un ángulo espantoso con tan sólo un golpe del canto de la mano, y al último lo despanzurró a dentelladas. Y desplegó sus colmillos al máximo, diciéndose que afortunadamente se había equivocado al suponer que aquella noche la pasaría en seco.