País Relato - Autores

marcelo di marco

la bruja

—Y esta es nuestra Sala de Exposiciones —decía esa bruja de Directora con su agria jactancia mientras seguía enseñándole a la exhausta y ninguneada pareja de padres las instalaciones de aquel colegio que ocupaba una manzana entera. Marchaba delante de los dos, humillante, y a su paso era reverenciada por todos, desde los colegas hasta el personal de mantenimiento—. Nuestros dioramas a escala natural son únicos en Latinoamérica. —Sin dejar de caminar, con una mano extendida iba abarcando aquellas maquetas gigantes que ocupaban el perímetro del salón, figuras humanas que a la joven madre la inquietaban un poco.
—Notables —apuntó Julieta, por decir algo, y la Directora se detuvo y la miró torcido:
—Más que notable, señora. Incluso han venido de Estados Unidos para estudiarlos. Después nuestras alumnas y nuestros alumnos se encargaron de entrevistar a las investigadoras y los investigadores, que vinieron auspiciados por la UNESCO: todos y todas los enviados y las enviadas destacaron el realismo y la vividez de estas maravillas.
—Parecen salidas de Una noche en el museo —dijo Julieta, ya en tren de desafío, y recibió un codazo de Martín, quien se fingía subyugado de interés por las explicaciones de la Directora. Pero Julieta lo sabía muy bien: él ya estaba tan harto como ella de oír a aquella pegajosa mosca, que incluso una mosca parecía: los negros ojos, enormes, no dejaban de recorrer la sala, que ya se sabría de memoria, y se pasaba las puntas de las uñas por la boca y se frotaba las esqueléticas manos como hacen las moscas para sacarse la roña de las patas. Un asco de mujer. Julieta la juzgó anoréxica y anorgásmica. Frígida, directamente: le era imposible imaginársela acabando con un tipo. O acabando a secas, incluso. A secas. Nunca mejor aplicado el término. Y aquella mosca gigante seguía hablando y hablando y hablando: hasta el pobre Martín ya no podía disimular su fastidio ante tanto zumbido. Por lo menos Nahui se había salvado de toda esa perorata. Lo habían dejado “en buenas manos”, según la Directora, en Secretaría.
Julieta se preguntó en qué andaría ahora Nahui. Lo supuso jugando con el celu: le encantaba cazar pokemones en donde fuese.
—Miren qué lindos que nos salieron los y las diaguitas —decía la Directora, señalando con una de sus patas a un grupo de indios rotosos, también representados a tamaño natural, y enseguida se puso a describir vida y milagros de aquel “pueblo originario, sujeto de la historia”. Mientras, los diaguitas del diorama se ocupaban en moldear cacharros informes, en machacar vaya a saber qué porquerías adentro de un mortero y en cocinar dudosas delicias con un eternizado fuego de papel maché. También había nenitos en esa jaula de vidrio.
—Terrible lo que le han hecho los crueles conquistadores españoles a esta gente —dijo la Directora con su mejor cara de circunstancias. Se había puesto las largas manos juntas en el pecho, y los dedos vibrátiles, terminados en esas uñas agudas como estiletes, se rozaban mutuamente con un repiqueteo muy audible.
Entonces Martín tosió de los nervios, ya estufado del todo, y dijo:
—Antes que los conquistadores, a estos indios los agarraron otros indios.
La Directora se dio vuelta y lo miró con los múltiples ojos multiplicados al máximo:
—¿Qué quiere decir, señor?
Ese “señor”, pronunciado nasalmente y como quien dice “imbécil”, asustaba.
Pero Martín se mantuvo firme:
—Los incas mismos los diezmaron, y a sangre y fuego. Fue cien años antes de que llegaran los crueles conquistadores españoles.
La Directora lo miró como a una rata a la que hay que aplastar con urgencia. Le temblaban los labios, y las uñas se le restregaban entre sí con leves chirridos. Tardó en articular —ganada cada vez más por la furia, se le atropellaban las palabras—:
—¿Cómo se atreve a sugerir…? ¡Usted! ¡¿Y cómo se atreve a llamarlos “indios”, como si estuviera adentro de una película de cowboys?!
—Es un hecho histórico, Directora —siguió diciendo Martín tranquilamente—: los incas bajaron desde el norte y ocuparon casi toda la costa del Pacífico. Y en el camino se cargaron a legiones y legiones de indios. De gente originaria, mejor dicho. Originaria, original o como usted quiera llamarla.
—¡Pero qué dice, hombre! ¡El genocidio de nuestros indígen…!
—… ¿nuestros indígenas? Se ve que usted nunca se enteró de que los mapuches, como se los llama ahora a los invasores araucanos, se cruzaron de Chile para hacer percha a los tehuelches, que eran los verdaderos aborígenes de la Patagonia norte. Ese sí que fue un lindo genocidio, Directora. ¡No se salvó ni el loro!
Y ahí nomás se trenzaron en serio los dos: la lógica y la exactitud histórica contra la ideología y la corrección política.
De terror esta bruja, se dijo Julieta, quien veía cada vez más remoto el ingreso de Nahui a ese colegio que tanto le habían recomendado. Pero había que reconocerlo: si hablamos de realismo, los indios aquellos estaban perfectamente realizados. Hasta el brillo de la mirada habían conseguido darles Madame Mosca y sus secuaces.
Tres cuartos de hora después, asustado, Nahui se dijo que ya era hora de hacer algo por su cuenta: papá y mamá no aparecían y no aparecían, y él ya estaba con hambre y ganas de irse. Así que, en un descuido de los grandes que andaban por ahí, salió despacito, y haciéndose el que cazaba pokemones se internó por ese laberinto de colegio. No había nadie, ya era la hora de almorzar. Y, caminando y caminando, pronto llegó a una sala muy pero muy enorme y llena de cubos de vidrio. Le llamó la atención ver a tanta gente tan quieta. No, no eran gente: eran muñecos grandes como personas.
Entonces Nahui se alegró de verlos a mamá y a papá. Pero… ¿qué hacían ahí, pintados con el color del barro y los dos adentro de una de esas como vidrieras de shopping? ¿Qué hacía papá con ese arco y esa flecha y esas boleadoras, y mirando la lejanía con la otra mano usada de visera? ¿Qué hacía mamá, dándole la teta a un bebito?
Aunque… no: se los veía muy quietos, demasiado quietos. No podían ser mamá y papá esos dos muñecos horribles. Se les parecían mucho, eso sí.
Y en eso estaba Nahui cuando sintió a sus espaldas como un repiqueteo.