—¡El hombe de la bodsa está allá adento, papi Benjiii! —Agitada, Emilce señaló la puerta de su cuarto, más allá del corredor. Y se quedó parada en el umbral del living, frente a la mesa de los cuatro adultos que ahora, cortados por su chillido, dirigían hacia ella interrogativas miradas. Llevaba sólo la parte de arriba del piyama de plush, puesta al revés, y apretaba entre las garritas un bebé Mickey de peluche como si quisiera despanzurrarlo. En realidad, más que agitada estaba excitada. Muy excitada y muy sonriente. Y también los cuatro la notaron bastante asustada, digamos. Qué bipolaridad manifiesta, qué pendejita ciclotímica. Poco faltaba para que se meara encima de tanto goce pulsional.
Desde su silla, Benjamín se pasó la servilleta por los labios, puteando para sus adentros. ¿Por qué carajo Claudia no había contratado a la niñera, como habían quedado? Aquella enana de mierda acababa de interrumpirle la sobremesa que él y la madre de la enana en cuestión mantenían con una pareja de lacanianos amigos: los Kagenberg les venían desarrollando la jugosa propuesta de crear entre los cuatro la Fundación BISNIETOS, con la oficial y explícita finalidad de “sanar la memoria desde la escucha”, y con la subalterna y no menos explícita finalidad de “cagar al fisco desde la evasión”.
—Bueno, Emi —dijo Benjamín en tono profesional, viendo que la puerta del cuarto de la enana estaba entreabierta—: andá a tu cuarto y traelo para acá al Hombre de la Bolsa. Con lo tarde que es, debe de tener un hambre bárbara. Vamos a convidarle unos trocitos de budín. Pero nada de champán, eh, que está recaro.
—Sí, pero el champán lo trajeron ellos —dijo la pelotuda de Claudia apuntando con el índice a los Kagenberg, quienes pusieron sus mejores sonrisas de compromiso.
Como fuese, a Emilce la idea del padrastro le encantó: salió disparada para su cuarto. Y, cuando abrió del todo la puerta, Benjamín notó que del cuarto de la enana no venía ninguna luz.
Mejor, se dijo. Así le pierde el miedo a la oscuridad, y no me hace levantar a cualquier hora con esas pesadillas de mierda. Qué pendeja complicada.
Claudia frunció la nariz: empezó a notar un olor no precisamente agradable. Se acordó de la vez en que había abierto una lata de mejillones, y los bichos estaban bien podridos. Se levantó para ir a ver si Emilce se había… Pero terminó por derrumbarse de nuevo en su silla, bastante abombada por el alcohol.
—Parece que no sólo a la gente boluda le queda el inventar —censuró Mauricio Kagenberg, muy serio, y se puso a cargar su pipa—. ¿Qué es eso del Hombre de la Bolsa, Benjamín?
—Son cosas de la abuela —explicó él, siguiendo con su propia pipa la dirección que había tomado Emilce—. La madre de esta —giró la cabeza hacia Claudia— le hace fumar a la nieta cualquier fantasía. Lo mejor, en estos casos, es hacérselas vivir.
—¿Hacérselas vivir? —preguntó Claudia—. ¿Qué dicen…?
—Obvio —dijo Susana Kagenberg dejándola de garpe—. Que el niño y la niña corporificacionen lo imposible, el misterio, lo lúdico. Y los adultos también.
—Tal cual —dijo Benjamín, preguntándose en un flash si entre él y Susana no había onda—. Acuérdense de cuando Pichon se tiró al suelo abrazado al paranoico que veía una locomotora venírseles encima.
Emilce volvió. En lugar de su Mickey de peluche traía de la mano al Hombre de la Bolsa. El espejo que colgaba de la pared se estrelló contra el piso, y una esquirla rozó el tobillo de Kagenberg. El mal olor de mariscos pasados se hizo insoportable, repulsivo. Benjamín retrocedió con silla y todo, y Kagenberg alcanzó a levantarse cubriéndose la nariz con una servilleta.
El Hombre de la Bolsa llevaba un aludo sombrero negro lleno de agujeros y una capa gris, como de oficial confederado, cubierta de lamparones. Era demasiado bajo, casi un duende. También era muy sucio, y también era infinitamente inmundo y viejo. Dejó en el suelo su bolsa de arpillera, que se movía con leves temblores —Chicos, adivinó el paralizado padrastro de Emilce—, extrajo de entre sus harapos un pistolón de chispa y apuntó a las dos parejas.
—Sabed que no es de mi apetencia el budín inglés, señor mío —dijo con una castiza y hedionda voz de serrucho—. Jamás Vuestra Merced me verá nutrir con otra cosa que no sea carne, y carne fresca. Además —agregó, cortés—, hoy sólo me he acercado al universo mundo con el único propósito de llevarme a mi morada a la deliciosa Emilce.
Entre los alaridos de las damas y la inoperancia de los caballeros, abrió su mugrienta bolsa y metió a Emilce junto con los demás niños y niñas que esa noche constituirían su cena. Y desapareció.