País Relato - Autores

marcelo di marco

homo homini lupus

Desde la vereda de enfrente, la sutil ferocidad de aquella galería me arrastraba a entrar en ella. Esa reja cubierta de alguna clase de hiedra venenosa, bien erizada, y sus muros venerables realzados por pinturas de barro acrílico que representaban cacerías de humanos a la luz de la luna halagaban mi sentido de la estética. Además me encontraba dentro de los límites del territorio permitido, y según mi instinto estaba por descubrir, acaso, algo interesante. Sin nada que hacer, crucé.
Y no, al cabo de unos veinte minutos me disponía a volver a mi madriguera: aburrido y ya ansiando el calor del clan en este atardecer de invierno, nada fuera de lo común encontraba en las vidrieras de los negocios que componían el laberinto. Y estaba por irme, cuando entonces, al doblar en un pasillo por el que no había circulado, me llamó la atención una joyería, medio oculta en un insospechado recodo. En realidad, no era una joyería propiamente dicha. En la vidriera no exhibían piedras de ninguna clase, sino anillos tallados en molares. Los molares provenían seguramente de ejemplares de buen tamaño, por lo que sugería la robustez de las piezas. Hasta ahora, nada fuera de lo normal. Salvo…
Salvo que uno de los anillos no representaba los motivos habituales en este tipo de joyas.
Representaba la cabeza de un humano.
Me acerqué más, hasta que el vapor de mi aliento, condensado en el cristal, me impidió ver con detalle aquel trabajo insólito. Al desplazarme a un costado de la vidriera, desde otro ángulo pude verlo mejor: el molar del anillo estaba tallado con el mismo diseño de uno que yo le había regalado a un omega, años atrás. Confieso que lamenté no haberme comprado ese anillo para mí mismo, en lugar de regalarlo: lo compré durante una migración a las Tierras Altas, que nunca repetí, y el anillo era único. Y ahora, dos décadas después, tenía un ejemplar idéntico delante de mi hocico.
Entré en el negocio, y ante mi pedido la hembra que atendía sacó el anillo de su sitio en la vidriera y me tendió una lupa. Mientras yo examinaba la exquisita joya, me habló de su proveniencia.
—¿Cuánto? —pregunté, sin dejar de contemplar ese primor de anillo, que reproducía al detalle las facciones de un humano de edad media, rapado al estilo militar y con expresión salvaje.
La hembra disparó una cifra elevada. No me preocupó: los gustos hay que dárselos en vida, antes de que la Blanca Luna se apague. Saqué de mi morral las cinco costillas de ciervo establecidas, y como estaban frescas obtuve una pequeña rebaja en el precio.
Al rato, salía yo del local luciendo mi anillo. Inusual anillo: aparte de aquel del omega —hoy un ex amigo mío, dicho de paso—, yo no había visto jamás una joya semejante.
Decidí no mostrárselo a nadie de la manada; que lo advirtieran por sí solos. Incluso no se lo mostraría ni siquiera a ningún miembro de mi familia.
Volví a la madriguera, devoré la comida que me esperaba en el plato, jugué con mis cachorros y me apareé con el amor de mi vida, a la luz del fuego que reverberaba en las paredes de la caverna.
A la mañana siguiente me desperté con la pelambre empapada de sudor, y el aullido de pánico que lancé despertó a mi hembra.
—¿Qué hay, Rogerio? —me preguntó Hermelinda, asustada, y en la oscuridad se dio a acariciarme las orejas con su pata tan afelpada y tan suave.
No le contesté más que evasivas.
Acababa de sufrir una pesadilla asaz espantosa, y no quería atemorizarla.
El anillo seguía en mi dedo, y una confusa y supersticiosa inspiración me hizo pensar que, obviamente, aquel objeto tenía algo que ver.
Porque, en mi sueño, yo me había convertido en un inmundo ser humano. Humano, entraba en una galería, en un barrio dominado por negocios de antigüedades, y en uno de esos anticuarios adquiría un anillo de plata que representaba la cabeza de un lobo con las mandíbulas repletas de colmillos y la piel del cuello acollarada. Me lo llevaba a mi casa, sin mostrárselo a nadie. En medio de la madrugada me despertaba una pesadilla asaz espantosa: los poderes del anillo —el anticuario estaba maldito— me habían convertido en un bello y majestuoso lobo. Lobo, destrozaba a dentelladas a mi esposa y a mis hijos.
Traté de recuperar el aliento, todavía sobresaltado por mi propio aullido.
Pero los pelos volvieron a ponérseme de punta. Porque ahora la que gimió de horror fue Hermelinda, apartándose de mí como si yo fuera uno de los malignos dioses de nuestras sagas. Y lo que enseguida aulló me reveló la terrible verdad:
—¡Rogerio! Tus orejas… ¡son las de un hombre!