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marcelo di marco

helga: the bodies xxx show

—Una prostituta será siempre una prostituta —le dijo el señor Zimmermann a su reflejo, anudándose la corbata mientras la cara de aquella cochina de Helga se iba diluyendo más y más en los restos de vapor que quedaban en un ángulo del espejo del baño, devenido lámina de Rorschach—. Esté donde esté, una prostituta jamás cambiará.
Sí: cada vez con mayor frecuencia, según lo dispusieran la química cerebral y los remordimientos, el viudo señor Zimmermann se descubría hablando solo. Y, siempre que hablaba solo, conjeturaba fantasías acerca de qué habría sido de su única hija. Aquella descarriada —por decirlo suave— a quien debió echar a patadas para evitar un escándalo mayor. Aquella vergüenza, aquella inútil buena para nada, aquella deshonra con patas que había dañado el buen nombre de la familia.
—Helga. Helga… Zimmermann. —Incluso le costaba asociarla con el apellido Zimmermann, pronunciar su nombre completo.
Hasta donde podía saberse —ya iban diecisiete años sin verla, diecisiete años de ignorar su paradero y su apariencia actual—, aquella venía sin rumbo, derrapando de trabajo en trabajo y de tipo en tipo. Incluso podía imaginársela limosneando. Incluso entregándose por un par de cervezas podía imaginársela.
—Hace días que no me llevo un pan a la boca —dijo exagerando la súplica, imitándole el tono. Miró el ángulo del espejo: ya ninguna forma podía reconocerse en el vapor condensado, diluido—. Qué fue de vos, Helga, qué hiciste de tu vida. —Y enseguida pensó que a quién le importaba.
Terminó de vestirse, buscó las llaves, se calzó el sombrero. Y maldita fuera la gana que tenía de ir a la exposición esa, a la que lo había invitado el insoportable de Marcus. Pero no le convenía negarse: aquel viejo morboso —morboso como todo buen escritor de noveluchas de misterio— era uno de los dos o tres conocidos que le quedaban. Aparte de Helga. De la hija ausente.
Tuvo que contenerse el señor Zimmermann para no cerrar de un portazo cuando salió de su vacío departamento.
Volvió a la hora y media, y esta vez no se contuvo y pegó un portazo que debió de oírse hasta en el sótano.
Vista con objetividad científica, la exposición del llamado Doctor Muerte no había estado nada mal, y no era de extrañar que un enfermo como Marcus se deleitara llevándolo a ver esos cadáveres perfectamente plastinados y perfectamente disecados, puestos a reproducir actividades de lo más habituales —fútbol, lectura, nutrición—, incluso actividades de lo más íntimas. Ya el señor Zimmermann había visto esas imágenes por YouTube. Estaba al tanto de una exposición tan “educativa”, a la que hasta alumnos de colegios religiosos visitaban en excursión.
Pero la cuestión no pasa por ahí.
La cuestión pasa, específicamente, por una de las figuras que el señor Zimmermann ha visto —ha necesitado ver— con mayor detalle que cualquiera de las otras. En realidad se trata de dos figuras. Dos momias que antes tenían piel y sangre, y que ahora son de plástico, y a quienes han enjaulado en una celda de acrílico transparente. El rígido y para siempre bien erecto miembro del cadáver del hombre se abre paso por la abierta y para siempre bien dispuesta vagina de…