—Que te vaya lindo, Chris —decía Silvana con la voz más triste que le oí desde que veníamos curtiendo—. On the silent night so out of place. —Y se largó a llorar otra vez.
Yo ya no sabía cómo consolarla. Se había traído a la cama la tablet, y ahora la sostenía con unas manos que no paraban de temblar. Tenía los ojos devastados por las lágrimas, pero no podía dejar de mirar la noticia, de buscar páginas con las sentidas declaraciones de los famosos despidiendo a Chris Cornell. Mientras, en esta noche de mierda, Finally forever sonaba más melancólica que nunca, a tiempo completo. Y así, con ese fondo, a cada despedida que Sil trataba de leerme en voz alta, más lloraba.
Chau polvo, me dije. Y se me ocurrió que, si seguía con todo ese rollo, de tantas lágrimas podría desprendérsele la retina, o algo por el estilo. Y además me sentía bastante celoso, a decir verdad: ¿lloraría por mí tanto como por este tipo, si me muriera? No, de ningún modo, si ni hacía tres meses que salíamos. Decidí emplear terapia de shock: a lo mejor, si conseguía que se enojara un poco, cortaba con tanto dolor y me daba bola.
—No creo que le va a ir muy lindo que digamos —dije.
Me miró, sin soltar la tablet.
—¿Qué decís?
—Que no creo que le vaya muy lindo, si con eso de “Que te vaya lindo, Chris” querés decir que el tipo va a tener chances de ir al cielo. Si se ahorcó en el baño, fue.
Ahora sí dejó la tablet en la mesa de luz, y las tetas firmes le oscilaron cuando se apoyó en un codo para mirarme mejor. Al enjugarse las lágrimas con el dorso de la mano me di cuenta de que estaba recontracaliente.
Lo estás logrando, Negro, me dije: por lo menos la pelotuda paró de llorar.
—Los suicidas van al infierno, Sil. Todo el mundo lo sabe. Y este pibe… —dije esto figurando con una mano encima de la cabeza que una soga tirante me envolvía el cuello— se ahorcó en el baño.
—¿Sabés una cosa, Negro? —Ahora se había sentado frente a mí de un salto, y se le atropellaban las palabras, de tanta bronca—. Vos sos un perfecto pelotudo. Rajá de mi cama, querés.
Y estaba por responderle, cuando le noté algo raro en el ojo. En el ojo derecho.
—Quedate quieta —le dije, y mi tono la habrá preocupado, porque obedeció—. Mirá para arriba. —Miró para arriba. Dijo:
—¿Qué tengo, qué pasa?
Me acerqué más, quedamos frente a frente. Miré con mayor detenimiento. Y lo que vi me erizó la piel. ¿Lo estaría imaginando? A las tres y pico de la mañana, uno puede imaginarse cualquiera.
—¿Qué tengo? —insistió Silvana.
—Unos ojos hermosos —dije, pero el horno no estaba para bollos—. Apaguemos la luz, que mañana me junto con mi director de tesis.
—Pero qué tengo, qué viste.
—Nada, nena, está todo bien. Me pareció nomás.
—Qué fue lo que te pareció.
—No tiene importancia. Apaguemos de una vez. Mañana, con lo de la tesis…
—… la tesis de cómo ser el novio más pelotudo del mundo —dijo ella, y apagó la luz del velador—. ¿Por qué me dijiste eso del infierno, pobre Chris?
—Por lo menos, dejaste de llorar.
No me contestó. Al poco rato me llegó su respiración profunda, alternada con ronquidos leves.
Las cuatro y cuarto de la mañana, y yo no consigo dormirme.
Y no es sólo por este dolor en la garganta, que inexplicablemente crece y crece como si una garra me la oprimiera. No consigo dormirme, sobre todo, porque no puedo sacarme de la cabeza a aquel ser en miniatura. Hablo del homúnculo que hace una hora he visto apareciéndose por la comisura del ojo derecho de Sil como quien se asoma desde una ventana. Tenía las mismas lanas rubias que en el video del último concierto con Soundgarden. Y la barbita en punta, incluso en su casi imperceptible pequeñez, me hizo pensar en la típica barba del demonio.
Sil duerme, ajena a mis locos pensamientos. Ajena a la tensión que me arde más y más en medio del pecho vuelto brasa. ¿Por qué ella no sintió nada en el ojo, hace un rato? Yo vi lo que vi, no tengo dudas. Con sus apenas cinco milímetros, aquello se había mostrado de medio cuerpo, bien destacado y en relieve. Sujeto entre el párpado inferior y el ojo, su torso mínimo, la diminuta cabeza y los brazos minúsculos le contrastaban con la blancura de la esclerótica.
Y en las manos no llevaba su micrófono de vocalista.
Llevaba una soga.
Una soga que tensaba probando su asfixiante firmeza.
Y me miraba directo a los ojos. Estos mismos ojos que ahora ven sin ver una miríada de estrellas. Una inmensidad de destellos que se extinguen veloces, uno a uno y finalmente para siempre, en la oscuridad más implacable.