País Relato - Autores

marcelo di marco

finale classico

Germán volvió a la Sala de Profesores, intrigado.
—¿Alguien sabe dónde se metieron los alumnos? —preguntó en medio del parloteo. Era nuevo en el Roque, no hacía ni un par de semanas que había caído en esta nueva picadora de carne—. Perdón —insistió levantando la voz, a ver si alguno le llevaba el apunte—, pero recién cuando llegué al aula no vi a ninguno, estaba vacía. Y hoy tenía pensada una actividad que…
Optó por callarse la boca: ningún colega parecía haberlo registrado. La única que lo miraba era la de Filosofía —o Psicología, no estaba seguro—; pero lo miraba con cara de pobre-pendejo-que-todavía-te-hacés-ilusiones-de-poder-sacar-algo-de-estas-bestias. Y le dijo la tipa, con gesto cansino:
—Les chiques están en la biblioteca, Hernán. Hoy vinieron cinco.
—Germán —corrigió Germán.
La de Psicología —o de Filosofía— hizo un gesto de que le daba exactamente lo mismo cómo se llamara él o cómo dejara de llamarse. Cazó una taza de arriba del archivo, y con los dedos en pinza se puso a ordeñarle adentro un rejunte de saquitos de té.
No bien Germán dejó la Sala de Profesores se cruzó justo con la petisa de Biblioteca, quien a dos manos trataba de emparejarse el pelo. Con esa melena vuelta un coatí destripado, la tipa le recordó a Germán una de las brujas del Macbeth que había visto en Hamburgo, un par de años atrás.
—Epa, Luisina, qué le pasó en el pelo.
—Los de 2do. “B”, o qué te pensaste —explicó la petisa, con un tono de franco rencor—. Como vos tardabas —lo señaló con los dos índices—, me los encajaron a mí —se señaló con los dos pulgares—. Traté de ponerlos a ver la televisión, pero no hubo caso.
—¿Preferían leer? —preguntó Germán, sin el más mínimo asomo de ironía, y al verla mejor le advirtió algo rosa en la cabeza, una mancha. ¿La punta de un chicle, todo pegoteado?
La petisa ni se molestó en responderle, y directamente rumbeó para el baño inclusivo, ECHO C/ FONDOS D/ CENTRO ESTUDIANTXS, según se destacaba en un cartel fijado con cinta de embalar a una columna cercana. Y de aquel prodigioso logro educativo salía ahora un morochito subiéndose el cierre.
Germán llegó a Biblioteca, y sin abrir la puerta verificó a través del vidrio que era cierto lo que le habían dicho recién: de 2do. “B” habían venido sólo cinco “chiques”. Ahora le daban las espaldas, cada uno metido en una compu, y todos aislados del mundo mediante sus auriculares.
Cuánto hace que no disfrutarán de una tarde en la plaza, se preguntó Germán, y buscó en el celu su álbum ALUMNOS: desde que entró al colegio se venía tomando el trabajo de sacarles fotos, con toda discreción, para aprenderles los nombres lo más rápido posible.
La de pelo teñido de verde era Jennifer.
La del pañuelo verde atado a la mochila que tenía colgada del respaldo de la silla era Selena.
A la más flaca de todas —daba lástima de tan flaca— aún no la tenía fotografiada. Sí sabía que le decían Globulito. Pero Germán jamás la llamaría así.
Y no, pobre. Todos eran chicos psicológicamente quebrados, en alto estado de vulnerabilidad social, y lo que menos necesitaban era que les recordaran sus carencias.
Selena, sin ir más lejos. La semana pasada, la madre de Selena —todavía prófuga— había atacado a piñas a la vicedirectora, quien al tratar de escapar tropezó y cayó al piso y se quebró un codo, y ahí la tipa la rompió a patadas y tacazos. La vicedirectora debió ser operada, y le quedaba un fin de semana más de internación.
En cuanto a los dos varones, quienes seguían enfrascados, como las chicas, cada uno en su compu, Germán también los tenía en el carrete del Samsung. Pero no le hacía falta ningún recordatorio: el más alto y de más edad era Braian, y al gordito de la PC cercana a la puerta, el de camisa a cuadros, lo conocía por el apellido: Carbajal. Nunca oyó que los demás lo llamaran por el nombre de pila, que Germán tenía en la punta de la lengua por venir leyéndolo en el registro. A veces a Carbajal lo llamaban por el apócope: Carba.
Germán abrió, y entró en Biblioteca.
—Hola, gente —dijo, y además hizo ruido al cerrar. Pero nadie dobló el pescuezo para mirarlo.
¿Igual qué hubiera recibido, más que miradas vacías? En realidad, él, entrando así, estaba interrumpiendo la verdadera vida de esos pobres zombis: la vida virtual. Meterse en internet era la manera más confiable que tenían para rajarse del mundo. Era eso, o más paco.
¿Cómo los saco de la compu?, se preguntó, y estiró la mano, y a punto de tocarle el hombro al que tenía más cerca —Carbajal— se contuvo a tiempo: en otra picadora de carne, a un maestro le habían iniciado un sumario por abuso porque le había dado una palmadita en el hombro a un pibe, para felicitarlo por haber cumplido muy bien con la tarea; el maestro zafó, pero después de comerse un escrache en las redes y la pública —y presencial— cagada a pedos de los padres del de la palmadita.
Y se ve que Carbajal advirtió su reflejo en la pantalla —estaba viendo por YouTube un combate de sumo, los dos lechones embistiéndose—, porque medio se dio vuelta hacia él, aunque sin mirarlo ni de reojo.
—¿Y ustedes cuatro en qué andan? —les preguntó Germán a los demás, bien fuerte y señalándose los oídos: si se dignaban a darse vuelta, a lo mejor con ese gesto se quitarían los auriculares.
Ninguno le respondió, seguían en la suya. Carbajal había vuelto al combate de sumo, indiferente incluso cuando el lechón más alto de los dos ya estaba rodando fuera del dōjō.
Germán se acercó a la segunda pantalla, la que ocupaba Braian. A lo mejor descubriría cómo sacarle alguna sílaba, según lo que el pibe estuviera viendo en aquella compu.
Pero lo que vio en la pantalla de Braian fue algo tan obsceno, tan repugnante más que obsceno, que lo obligó a parpadear de incredulidad. Y lo más fuerte de todo era que una de las protagonistas de aquella aberración se parecía muchísimo —demasiado se parecía— a la madre de Germán. Sí: era igual a su propia madre en una foto en blanco y negro que él había encontrado en el cajón de la mesa de luz, cuando estaba levantando el departamento de la muerta. Su madre, con un tipo que no era su papá. Iban del brazo los dos, muy sonrientes.
—¿Cómo podés, Braian —empezó a preguntarle, indignado—, estar vien…?
Pero el asombro lo hizo callar porque acababa de advertir que había una persona más en Biblioteca. Y esa persona no era aquella bibliotecaria Luisina, quien seguramente seguiría en el “bañe” tratando de sacarse del pelo la porquería de chicle que alguno de los cinco le había pegoteado.
Se trataba de un hombre.
Cómo era posible que Germán no lo hubiera visto antes. Cuándo había entrado el tipo, en qué momento.
Y aunque aquel hombre no ocupaba ninguno de los restantes monitores —estaba de pie en Biblioteca, y bien rígido—, en algo se parecía a los chicos: no decía ni una sola palabra. Muy quieto y parado en el rincón de los almohadones desparramados por el piso —“zona de lectura” acondicionada para los más peques—, Germán no le distinguía muy bien la cara porque la luz de los tubos no alcanzaba del todo a aquel recodo del habitáculo. Y le llamaba la atención el empaque del hombre, que iba vestido con una anacrónica y aristocrática formalidad: aquel lazo negro anudado al cuello y ese levitón de dos faldones, más negro que las alas del cuervo de la medianoche, hacían que el hombre le recordara a alguno de esos daguerrotipos que inmortalizaron de tristeza a la bella figura de Edgar Allan Poe.
Y antes de que él pudiera reaccionar para preguntarle en qué podía ayudarlo, el hombre llevó una mano al interior de aquel amplio chaleco negro que el levitón cubría casi del todo, y de entre las ropas sacó una, un… ¿Qué era eso que el desconocido tenía cruzado en bandolera, y que ahora salía entero de su chaleco? Acaso una cítara. Pero, cuando en la mano libre del extraño apareció una especie de arco —eraun arco, sí—, Germán ya no tuvo dudas: aquello no se trataba de una cítara sino de una crota. Lo había estudiado en la licenciatura a ese instrumento, sí, tal vez para Sociología Musical Medieval.
Siempre mudo y entre las sombras, el desconocido frotó con el arco las cuerdas, y de la crota partió un rumor melodioso que obligó a las cabezas de los cinco chicos a girar hacia aquel instrumento y su ejecutante. Y la música que interpretaba el extraño era un adagio. Un adagio inidentificable y sumamente lento de variaciones y evanescencias que paralizaban más y más a Germán al recrear para su alma un mundo más puro, más aromático. No se trataba de una música medieval, para nada. Incluso a él, Master en Musicología por la Universidad de Idaho y egresado con Medalla de Oro del Conservatorio, le era imposible ubicarla en determinado tiempo o latitud. De algún modo absurdo, sonaba a un grupo de violines de un temprano Prokófiev cruzado con algún renacentista inglés, y quizá fusionado en las voces del Dextera Domini de César Franck.
Proceda con su actividad, profesor.
Germán no podía entender cómo estaba sucediendo, pero estaba sucediendo: aquella frecuencia musical que lo invitaba a trabajar se “leía” en la propia audición. Era… —¿cómo explicarlo?—, era como si la voz y la melodía se fusionaran en armónicos vueltos lenguaje: el sonido era una voz, y la voz era un sonido. Y el desconocido seguía mudo, frotando las cuerdas con el arco. Ni había abierto la boca, de eso Germán estaba muy convencido.
—Les propongo una actividad —se oyó decir, inspirado, como si su propia voz también fuese parte de la melodía que venía de la crota y partía hacia la crota—. ¿Escuchan esta música? —Los chicos asintieron en silencio: se ve que escuchaban. Y el extraño seguía tocando la crota, siempre de pie y bien firme en su lugar entre los almohadones, y misterioso como un arcano—. Bueno —siguió Germán, y su propia voz le llegaba como desde un sueño de paredes afelpadas—, dibujen lo que esta música les sugie… Les dice. ¿Qué imaginan al escucharla? A lo mejor les hace acordarse de alguien, de algún objeto personal o de algún paisaje de las vacaciones de invierno. —Se sintió un perfecto estúpido: ¿vacaciones de invierno estos pobres pibes, a quienes ir a Mar del Plata les sonaba tan lejano como a cualquier exponente de la clase media ir a Venecia? Y encima la música, sublime y misteriosa, lo hacía sentirse aun más pequeño—. Bueno, dibujen lo que le parezca a cada uno. Cuando este señor termine, me muestran qué hicieron.
Los chicos empezaron a movilizarse. Y en eso, como respondiendo a una invitación, el extraño dio un paso, y su cara salió a la luz. Con ese rostro clásico, de rasgos finos y al mismo tiempo severos, hubiera podido representar en alguna de esas películas de época a un imaginario artista del siglo XIX. La frente amplia evocaba la autoridad de un Wagner o un Baudelaire, y el corto pelo negro y rebelde hacía pensar en el Debussy del conocido retrato de Nadar. Pero Germán vivía todas esas impresiones como si habitara envuelto en una burbuja de sonido. Y entonces sintió un terror súbito que le cerró la garganta: acababa de ocurrírsele que, de seguir hundiéndose en aquella dimensión de música tan extraña y tan sensual, de esa burbuja no podría salir nunca.
Como entre gasas hechas de tenues acordes, vio que Jennifer y Selena abrían el Illustrator, y fue a su maletín y sacó marcadores y papeles que había traído especialmente para la actividad. Había planeado usar el archiconocido Canon de Pachelbel o la Meditación de Massenet para inducirlos a los chicos a soñar y a dibujar lo que se les pasara por el alma; pero las inauditas melodías del extraño, que se bifurcaban en el aire como ramas de un árbol prodigioso, dejaban a las composiciones del alemán y del francés a la altura de un par de briznas de hierba.
Y el hombre seguía tocando, incansable.
—Nada del Illustrator —les explicó Germán a los cinco—. Tengan. —Les extendió los marcadores y las hojas canson, y se dio el milagro: los chicos se sentaron en el suelo, casi a los pies del músico, y se pusieron a dibujar.
Sin una palabra, eso sí.
Cuando Germán despertó, el hombre y su instrumento habían desaparecido.
Pero no fue un sueño, se dijo, al descubrirse sentado en el suelo. Si hubiera sido un sueño, la música en mi cabeza habría desaparecido. Y la estoy “escuchando” como si el desconocido siguiera tocando delante de mí.
Como fuese, los chicos formaron un semicírculo frente a él. Y ahora, vaya milagro, le extendían los papeles, obsequiosos.
En el centro de la hoja de Selena, una montaña roja y verde echaba humo por la cima.
—Un volcán. —Germán se hacía el pensativo—. Y acá hay un animal que se asoma. Esta que se asoma es la garra…, la pata de algún dinosaurio que quiere salir de abajo del volcán. En este libro hay un cuento parecido.
Selena negó con la cabeza, y la música de la crota fluyó en su voz:
—No es un volcán.
—Es la teta de ya sabés quién —explicó Globulito, en armonía.
—El humo es el cáncer que hace como que se va —moduló Selena—. Pero no se va. Siempre queda algo. Cuando se convierte en la pata del monstruo que es, te escarba por adentro y te morís. ¿Ves acá? —Señalaba la garra del dibujo.
—Tu vieja sabe —le dijeron al mismo tiempo los dos varones, muy serios.
—Y vos te imaginás —le dijo Jennifer—, porque no sos ningún imbécil, lo mucho que lloró tu mamá porque no ibas a verla.
Germán, mudo, nada respondía.
—Ella nunca te dijo nada —le dijo Carbajal—, pero es así.
—Vos lo sabés muy bien. —Globulito le sonreía, burlona, como quien está ante alguien que sabe de sí mismo que es un perfecto gusano.
Germán tragó saliva, no podía sostenerles la mirada. Y sintió una opresión en el pecho. La misma que no había vuelto a sentir desde el entierro de la madre. Y la misma que había empezado a sentir desde antes del entierro, cuando optó por no cancelar el seminario en Toronto: era dar el seminario en Toronto, lo cual implicaba —como implicó— la obtención de contactos internacionales, o quedarse a cuidar a la madre en el Hospital Alemán, durante el posoperatorio. Las dos mamas le habían extirpado aquella vez.
—Y cuando el cáncer hizo metástasis —dijo Braian—, tampoco moviste un dedo, hijo único de madre viuda.
Era curioso: en lugar de preguntarse cómo habían podido averiguar —cómo habían podido saber— esos infelices aquellas contradicciones tan suyas, a Germán más lo impresionaba el hecho imposible de que de los labios de un monito como Braian pudiera salir la palabra “metástasis”, y encima tan bien articulada. Imposible. Como también había sido imposible la aparición de un tipo con vestimentas del siglo XIX tocando un instrumento de la Edad Media, y que además ni la bibliotecaria ni ninguna autoridad se hubieran asomado a ver qué era esa música tan desacostumbrada. Y, sin embargo, esa música hipnótica además de desacostumbrada aún seguía flotando en ecos que se fusionaban en contrapunto con las voces de los chicos.
Un concertante, se dijo Germán.
Y alucinado arrancó de la mano de Carbajal el segundo dibujo.
Este era bien figurativo. Un dibujo salido de la mano de un profesional.
Y lo representaba a él.
Él, Germán, boca arriba en el piso de la biblioteca, con los almohadones a un costado.
Y los otros cinco se le habían trepado como en la orgía siniestra que había descubierto en la pantalla de Braian.
Carbajal empuñaba algo que le manchaba de rojo el cuello. Los dos luchadores de sumo miraban de brazos cruzados la escena, desde afuera del dōjō, y sus hocicos de cerdo perpetuaban una risa callada. Junto a ellos aparecía la madre de Germán, desnuda de la cintura para arriba, aunque —lógicamente— con costuras de cirujano de trinchera en lugar de pechos. En su nuevo aspecto de puta vieja o de madama, se arrimaba lasciva a la figura decimonónica del hombre de la crota.
Lo último que vio Germán antes de que los cinco le cayeran encima fue la sonrisa de Carbajal, quien del bolsillo de la camisa a cuadros sacaba un cutter. El sonido de rotación de la cuchilla deslizándose por el pico de la trincheta vino a integrar la melodía que marcaba el fin.
—Menos mal que les chiques pudieron madrugarlo —decía la profe de filo, días después, depilándose las cejas finito, en medio del cotorreo en Sala de Profesores—. Quién lo hubiera dicho del tipo, con esa cara de no matar ni a una mosca.
—Es que estos guachos se cuidan, Meche —apuntó la bibliotecaria—. ¿No viste lo que le encontró la Policía en el celular? Hasta fotos les venía sacando a los pibes.
—Y, andaba de cacería el hijo de puta. —Meche inspeccionó con ojos bizcos un pelo que acababa de extirpar de la ceja derecha: por el sebo, que le salió enterito, se le había quedado pegado a los extremos de la pinza de depilar.