País Relato - Autores

marcelo di marco

fin de curso

El público no paraba de reírse con aquella versión delirante de El mago de Oz. Caracterizada como una piquetera, Marisa estaba espectacular en su papel de la Dorothy de Argenlandia. Ni siquiera le faltaba el perrito: la gorda Irene andaba en cuatro patas a su alrededor haciendo de Toto.
—Y ya van a ver ustedes —les decía Dorothy a los sonrientes profesores de la primera fila, apuntándoles con el dedo—. Ya van a ver cuando les cortemos la ruta y no puedan venir a aburrirnos al cole.
—Buena manera de despedir el año —le dijo en voz baja el rector a la directora de estudios—. Nuestras fiestas de fin de curso eran un embole fenomenal.
—Es que las cosas cambiaron, Pedro. Les chiques son más libres que nosotres, por suerte.
—Y pensar que todo esto es obra nuestra.
La gorda Irene se bajó del escenario, se acercó a la butaca del rector y levantó la patita frente al viejo. Alguien tosía entre los aplausos, atragantado de tanto reírse.
—¡Y ahora viene el estriptís! —anunció Dorothy, y se sacó las calzas de colorinche, que ocultaban otras calzas de colorinche.
Los chicos chillaban, la silbatina rompía los tímpanos. Todos reían.
Todos menos Alejandro: sudando escondido entre los decorados del fondo, a punto de subir a escena como el Leñador de Hojalata, espiaba la actuación. Mejor dicho, no podía sacarle los ojos de encima a Marisa. Nunca se felicitaría lo suficiente por habérsela soplado al muy imbécil de Juan Martín no bien empezaron los ensayos: incluso disfrazada con esos harapos chillones, seguía siendo la mejor mina del Instituto. Palpó el chiche que llevaba en el bolsillo.
Ojalá que no se trabe la banderita al salir, pensó.
—¡Esa, Ale! —le gritó una chica desde las butacas del medio cuando el Leñador de Hojalata descorrió una tira de lienzo y apareció en la Ciudad de las Esmeraldas Truchas.
Sin una palabra, plantado frente a Dorothy, Alejandro sacó el revólver, le apuntó a la cabeza y oprimió el gatillo.
¡KA-BLOOM!
Según lo habían ensayado más de veinte veces, el arma de cotillón tendría que haber expulsado un banderín de BANG! en lugar de hacer semejante escándalo. Pero Marisa se llevó una mano a la sien, tiró con el brazo un árbol de papel maché y siguió con su envión de molinete hasta caer boca arriba arrastrando un par de rocas de telgopor pintado. No gritó. Fue tan convincente al despatarrarse sobre las tablas, que los aplausos podrían haberse oído hasta en La Quiaca. Incluso había quienes festejaban la actuación pateando el suelo y las butacas de adelante.
—¡Grande, Maru! —dijo la gorda Irene, olvidada de su papel.
Con el embudo de lata en la cabeza y el arma colgándole de la mano, a Alejandro no terminaba de caerle la ficha. Marisa era una pila de ropa en aquel rincón. Él cruzó el escenario, y al quedar junto a ella vio los ojos bien abiertos, vio la peluca fuera de lugar, vio un flujo oscuro que le cruzaba la nariz desde la frente y le bajaba por el cuello empapándole la remera agujereada.
Y vio cómo partía del caño del revólver un humo fino, un plumón azul.
Retrocedió dándose vuelta y quedó de cara al público. De pie en el centro del tablado, se dejó envolver por la ovación. Sintió lágrimas embarrándole el maquillaje, paralizado frente a esa confusa y eufórica masa —ahora roja, ahora violeta y amarilla— que se debatía en delirio y que festejaba a carcajadas entre las luces que venían desde la cabina del iluminador. Enloquecidas, algunas pibas de 2° B se sacaron las remeras y las arrojaron a escena. Pero había también mucha gente de las primeras filas —varios profesores, el rector, algún preceptor y dos o tres padres— que dejaban de aplaudir, que se levantaban despacio.
Alejandro perdía contacto con el mundo. Un tipo saltó al escenario y lo agarró del brazo. Otro lo abofeteó, y alguien se le prendió del cuello por atrás.
Todo se le apagaba, pero logró entender: intentaban arrancarle el revólver que, no hacía ni tres minutos, le había puesto en la mano Juan Martín.