Harta de encontrarse en la pantalla de la Mac, todas las mañanas, con tweets de ositos, mapaches, potrillitos y demás estupideces sin destino que le enviaba su futuro ex, en una de sus tantas noches de insomnio la precoz Martina escupió en el cesto el chicle, se sopló el flequillo, se acomodó el bretel del camisón de vieja que usaba para intentar dormirse y creó una página web a la que llamó La Medusa Sangrienta. Diseñó una tipografía al tono —letras chorreantes de rojo—, y esa misma noche inauguró la página subiendo lo que Nahuel más aborrecía: fotografías de osos panzones, viejos espantosos posando desnudos o practicando la pornografía más repugnante que pueda imaginarse. Anunció aquella innovación en sus varias cuentas de Instagram, Facebook y Twitter, y pronto llovieron las protestas del pobre Nahuel. Pero también los clics, los likes, los comentarios de madrugada de gente tan insomne como ellos dos.
Y a Martina no le importó no poder dormirse. Mejor, así podía responder a todos y a cada uno de sus inesperados y flamantes fans. Y ese mismo día, después de un desayuno inspirador, abrió un canal en YouTube, en el que prometió tener sexo “sucio y salvaje” con un viejo de setenta, ante su webcam y en vivo, cuando llegara a los dos millones y medio de suscriptores. Sólo en la primera semana obtuvo ciento veintitrés mil cuatrocientos veinte subs, y el número se incrementaba día a día. Como así también la cantidad de postulantes a meterse en su cama para pegarse un revolcón —ella no lo sabía, pero una enorme cantidad de hombres maduros mentían la edad dándole con una mano al teclado mientras se masturbaban locamente con la otra: la carne fresca tira.
Con el tiempo, Martina amplió la siniestra galería de La Medusa Sangrienta subiendo fotografías post mortem de la época victoriana, que promocionaba desde su canal mismo: había leído en Wikipedia que el sexo y la muerte no son una pareja muy desavenida que digamos. Después vinieron imágenes de sanguinarios abortos, de cadáveres de suicidas, de caras quemadas o corroídas por el ácido o los gusanos, de víctimas de asesinos seriales, de horrendas ejecuciones, de relucientes sexos abiertos y penes imposibles. En fin: con apenas catorce años y tres meses de vida, Martina se hizo una experta en la selección de las más tragicómicas monstruosidades que el ingenio humano podía pergeñar. Y así, día a día fue marcando tendencia, y entre los usuarios empezó a conocérsela como La Condesa Roja.
No tardó en ocupar su lugar en la televisión —en la mesa de Mirtha Legrand, precisamente, y más de una vez—, y hasta Marcelo Tinelli logró contratarla para el Bailando, por una suma exhorbitante y con la tentadora oferta de inmortalizar su nombre como madrina de cinco geriátricos de los barrios más carenciados de la provincia de Buenos Aires. En el colegio no había alumno ni profesor ni directivo que no se sacara una selfie con ella —el portero, que ya estaba en edad de jubilarse, se sacó más de una, y debió pagar unos pesos por el privilegio.
Y llegó el día en que, cumplidos los quince años y obtenidos los primeros dos millones de suscriptores, La Condesa Roja les anunció a los padres que se iría a vivir sola a New York: sus ingresos como youtuber eran más que suficientes para habitar un loft en Manhattan. Y los viejos accedieron, contentísimos de tener una hija tan independiente como ella. Incluso un par de asesores del presidente Trump se interesaron por su ascendente fama, como así también numerosos laboratorios: últimamente el consumo de Viagra venía gozando de un inusual, sostenido y comprensible aumento.
Mientras tanto, el triste Nahuel no dejaba de pensar en matarse de una vez con una buena dosis de bicloruro de mercurio, y se pasaba cada noche mordiéndose los nudillos y los cantos de las manos, destrozado por el despecho, por la envidia y por los celos atroces.
Y los dos millones y medio de suscriptores de Martina estaban por concretarse, cuando sobrevino aquello que los libros de historia, años después, bautizarían como El Apocalipsis Digital.
Abdul Alhazred II, uno de los más preclaros comandantes de ISIS, descubrió los cables suboceánicos de fibra óptica por los que viajan —viajaban— los datos entre los distintos continentes: los vio en un sueño inspirado por Alá mismo, visión en la que las fibras emergían del mar como monstruos de las profundidades, como pijotones gigantescos. Eran, ni más ni menos, casi la totalidad de los innumerables nodos de estaciones por las que las redes sociales distribuyen la data a millones de computadoras. Abdul en persona comandó un subrepticio grupo de tareas para la voladura de dichos nodos, y el Occidente Cibernético —incluida La Medusa Sangrienta— se fue en sangre sin remedio.
Martina volvió a llamarse Martina, puso en venta el loft —en un aviso en los diarios, obviamente, y pegando volantes en las estaciones del metro— y regresó a Buenos Aires. Regresó a su cuarto de insomne, regresó a su ahora inútil MacBook. Y regresó a los padres, quienes debieron rogarles a las autoridades del colegio que la aceptaran de nuevo, aunque no hubo caso.
Todos le dieron la espalda, habiendo comprendido que, en realidad, la odiaban con alma y vida.
Incluso Nahuel le dio la espalda, aunque ella intentó entregársele en las actitudes y las posiciones más lúbricas que un cerebro femenino de dieciséis años podía concebir.
—Andá a buscarte a algún viejo choto que te la ponga —le decía el pibe, a cada súplica—. Yo a vos no te meto ni el dedo gordo del pie.
Décadas más tarde, toda una vida más tarde, cuando la infraestructura de la web pudo recuperarse medianamente, y el mundo volvió a parecerse un poco a lo que había sido, aquella decrépita ruina otrora conocida como La Condesa Roja, y que ahora ocupa una colchoneta en uno de los tantos míseros asilos de ancianos administrados por el Gobierno Mundial —juntamente con Estado Islámico—, vuelve a intentarlo: pasa sus noches de insomnio posteando ositos, mapaches, potrillitos y demás estupideces sin destino.