País Relato - Autores

marcelo di marco

ellos y nosotros

Del otro lado de este mundo es sabido que los panaderos —también conocidos como dientes de león— pueden crecer de un modo descomunal en cualquier terreno, y así bellamente evocan la blancura de la nieve en contraste con el verdor de las hojas de hierba. En uno de sus libros de ensayo, un novelista de allá evoca a estos conquistadores para discurrir sobre la nefasta proliferación de los adverbios terminados en “mente”, y pone sobre aviso a sus colegas en formación: en una página, un par de adverbios no vienen mal; pero, cuando querés acordarte, tu texto ya está tupido por los rápidamente, los fuertemente, los estúpidamente, y así. Coincidimos con los de allá, pues: los panaderos son invasores por naturaleza.
Lo que no se sabe del otro lado es que de este lado los panaderos alcanzan proporciones enormes, y que además ostentan conductas que los de allá considerarían ciertamente inconvenientes. Sin ir más lejos, esta misma tarde, de paseo por el parque, vi cómo uno de ellos envolvía con su tallo a una incauta chiquita de no más de seis o siete años. Y no se contentó el panadero con inundarla de terror a la pobre: incluso la sopló, acaso pidiendo un deseo como es costumbre. La chica, en un descuido de su perro, se había soltado de la correa y echó a correr y se internó en un recodo del parque, plagado de dientes de león. Y desde mi puesto junto al Amo pude apreciar cómo el soplido del diente de león le difuminaba a la chiquita los cabellos rubios y las cejas y las pestañas y los gritos y los rasgos todos, y las orejas y la barbilla y la garganta y el pecho y la cintura y las piernas y los pies. En fin, toda ella —zapatillas y ropa incluida—, debido a la ráfaga que partió sonoramente de la copa del panadero, se esparció por el aire en una miríada de elementos neniles que terminaron por evaporarse en un sanguinolento espray. Después de cometer tal hazaña, el panadero se volvió a sus congéneres, y ellos agitaron sus propias copas, en señal de aprobación.
Ya en casa, traté de intercambiar ideas con el Amo acerca de la tragedia que acabábamos de presenciar, pero no quiso prestarme atención: estaba muy concentrado royendo el hueso que había empezado a trabajarse antes de que me sacara a pasear al parque, imprevistamente invadido de panaderos.