País Relato - Autores

marcelo di marco

el tejido social está cada vez más hecho pelota

Qué hacía Tío Bebe en Punta Mogotes era un auténtico misterio: toda la vida veraneó en Punta del Este, y cuando se refería a Mar del Plata decía “mierdelplata” frunciendo la nariz. Me di cuenta de que era él por el Mazda rojo, una bruta máquina, flamante, que se había hecho traer directamente de Japón. Nosotros íbamos a pata. Cuando lo vimos ya era tarde para rajar: Tío Bebe nos saludó con un bocinazo, y ahora se nos acercaba maniobrando como un pavo real en el estacionamiento del balneario y sacando la cabeza por la ventanilla.
—¡Qué dice la intelectualidad vernácula! —gritó, sonriente.
—¡Y qué hay de la dirigencia empresaria! —contesté, completando la contraseña habitual.
Lo veíamos de tanto en tanto, pero nos unía un odio cariñoso. A pesar de nuestras protestas, en segundos nos cargó las cosas en el baúl, nos hizo subir al Mazda y enfiló para nuestro departamento.
—Y bueno, che —dijo—, una gauchada no se le niega a nadie. De paso se les pega un poco de mi brillo.
Tío Bebe era insoportable. Dueño de cinco fábricas de camperas, afiliado al PC de toda la vida, le encantaba pregonar a voz en cuello su compromiso con la realidad sociopolítica del país. Y del mundo: a lo largo de las décadas fue justificando prolijamente cada fusilamiento de Castro, la masacre de la Plaza Tiananmen y la invasión a Kuwait. Pero los tiempos cambian. Obama reinó durante ocho años como el más antinorteamericano de los presidentes, China le arrebató a Occidente el monopolio del capitalismo, y el Tío Bebe fue actualizando su sistema de normas y creencias. Ahora, su consecuente devoción por la teoría del género, del garantismo, del pacifismo, del indigenismo, del ecologismo, del animalismo y de cuanto dogma posmoderno exista, hizo que la sigla PC revistiese en su prédica un nuevo sentido: sin que él mismo lo sospechase, de ser un anacrónico individuo enrolado en el Partido Comunista, devino en un actualísimo individuo enrolado en la Political Correctness. Eso sí: con el aborto no quiere saber nada, y no por admirar —como admira— al papa Francisco; una noche explicó sus reservas, con estas exactas palabras: “¿A quién mierda quieren que les venda mi línea de camperitas Little Aviator, si seguimos despoblando este puto país?”.
Volviendo a Punta Mogotes, los 35º ni se notaban adentro del Mazda. Tío Bebe aclaró que venía por negocios, pero le sospeché una mina. La cuestión es que estábamos con el tío en Mar del Plata, mi mujer y yo, tratando de avanzar en medio de la caravana de autos que también se habían ensartado al tomar la costa.
—Me llega a tocar y lo reviento —explicó, señalando un Honda que tenía atrás, bien pegado.
—La gente vive muy alienada, tío —dijo Mónica, y se dio vuelta y me guiñó un ojo.
Tío Bebe no contestó, y de repente se abrió un claro en la ruta y picó en punta.
—Ahí están —dijo, con voz de redentor de minorías—, pobres muchachos. El tejido social está cada vez más hecho pelota. Pobres muchachos.
Miré hacia donde él miraba, y a media cuadra distinguí a unos cuantos tipos con baldes y cepillos. Algunos tendrían como cuarenta años.
Tío Bebe aceleró, tal vez para ir más rápido al encuentro de sus desposeídos. Pero nos detuvo el semáforo.
De inmediato nos rodeó un enjambre de pobres muchachos sonrientes, cargados de tachos y empuñando secadores de mango corto. Tío Bebe se puso más pálido que un vampiro:
—Qu-qu-qué van a hacer.
Enseguida nos enteramos: un pobre muchacho aplicó su trapo roñoso al parabrisas, otro se dio a rascar la luneta trasera con su cepillo, y un tercero enchastró el capot rojo con el secador.
Tío Bebe quedó paralizado, pero sólo fue un segundo: paró el motor, se tiró del Mazda, agarró de los pelos al primer pobre muchacho que encontró y le encajó una trompada que lo desparramó en el pavimento. Todos los demás pobres muchachos se nos vinieron al humo. Yo alcancé a sacar a Mónica y llevarla a la vereda. Quise intervenir, pero me frenó poniéndome una mano en el pecho. La gente gritaba como loca, y los bocinazos eran una fiesta. Tío Bebe repartía patadas y se cubría de la lluvia de tortazos. Hasta que pronto terminó todo. Uno de los pobres muchachos abrió la puerta del Mazda y echó un baldazo de agua podrida sobre el tablero y el tapizado impecable. Tío Bebe bajó los brazos, miró el desastre y se desmayó, no sin antes recibir un puñetazo que le partió la nariz. Al rato vino la Policía. Lo demás salió en todos los diarios.
Y esa fue la última vez que vimos al tío Bebe. Dicen que se hizo vegano y que consulta a un astrólogo cada vez que viaja. Eso sí: del PC no se desafilió.