País Relato - Autores

marcelo di marco

el secreto de milonguita

Sin nada que hacer mientras mi mamá se encargaba de la compra, me distraje viendo cómo los distintos cortes de carne se apilaban adentro de la heladera de la carnicería, en aquel alejado extremo al que me habían llevado mis pasos. En esa zona, el vidrio exhibidor que separaba al carnicero de los clientes —sólo mamá, ese viernes tan de mañana—, deformaba con efecto de lupa los costillares, las tiras de asado, los bifes anchos como ladrillos, las roscas de morcilla y salchicha criolla. Los reflejos de la luz interna de la heladera, bien dorados, les daban un aspecto delicioso al rojo de los cortes y al blanco de los huesos.
El carnicero ya se había puesto a charlar con mamá, mientras cortaba milanesas bien parejas y finas como hojas de papel. Algo le decía del domingo, y mirá que no va a llover, Milonguita. Milonguita. Así la llamó. No la llamó Cecilia, y menos la llamó señora. Pero enseguida me desentendí de sus palabras: no podía creer en lo que acababa de descubrir al final de la heladera.
Con mucho cuidado acerqué la nariz al vidrio transparente, al que subrayaban racimos de gotas de vapor convertidas en hielo. Eso que se desplegaba sobre un estante, como acostado a lo largo… ¿Eso era o no era lo que a mí me parecía? ¿O era la luz, haciéndome ver cosas raras que se cruzaban con mi propio reflejo? Por empezar, los monos perezosos que yo había visto en el Discovery tenían unas garras terribles que usaban para colgarse, y aquello que yo estaba contemplando detrás del vidrio no. Aunque, para decir la verdad tal cual, no podía verle las manos, que me las tapaban unos huesos gordos. Y la cara de este “mono”, o lo que fuese, parecía más la cara de un bebé con arrugas, o la de un viejo. Sí podía reconocerle, más o menos bien, el hocico redondo. Y también el pelaje amarillo era el de un mono perezoso maduro. Un tajo muy marcado, como de hachazo, más que de cuchillada, le dividía el hombro. Los labios de la herida eran bien abultados, si es que no se trataba de grasa de algún bife de chorizo entreverado en esa confusión. Me dio lástima pensar que ahí adentro debería de hacer mucho frío, y menos mal que esa cosa estaba muerta.
Cosa rara que sos, le dije a eso con el pensamiento, como si pudiera oírme. ¿Quién va a querer llevarte? ¿Quién va a querer comerte?
Y estaba por mostrárselo a mamá, que seguía siendo la única clienta y que seguía hablando con el carnicero —el carnicero ya no tenía nada más que cortar, pero igual seguía hablando con mamá—, cuando eso se movió tan de golpe que me hizo apartar bruscamente la cara del exhibidor. Incluso abrió un ojo, un ojo como de una gelatina negra, y cuando esa bola brillante me ubicó se quedó a mirarme fijo. Y cuánta tristeza vi en esa mirada. Movió una pata de atrás, como si le temblase. Y entonces vi mi propia cara reflejada en el cristal, como si eso se fundiera conmigo en una sola cara: la mía.
Yo no podía dejar de preguntárselo a mamá, de avisarle al carnicero. Fui hacia mamá y les dije:
—Qué es eso que hay ahí, al fondo de la heladera.
—Carne, nene —dijo el carnicero—. ¿Qué va a ser?
—Pero está vivo.
Mamá me miraba atenta.
—¿Escuchaste algo que no tenías que escuchar? —me preguntó directamente, y yo ni sabía de qué me estaba hablando. Y cuando quise avisarle de nuevo al carnicero que adentro de la heladera había algo vivo, y que eso vivo de ahí adentro no se parecía a nada que yo hubiera visto antes, mamá me dijo—: Eso que viste en la punta de la heladera es algo que le sirve a Atilio. —Miró al carnicero, que ahora andaba con un escarbadientes en un costado de la boca y no me sacaba los ojos de encima. Y noté en un instante que le hizo un guiño—. Eso que vos viste —volvió sus ojos hacia mí—, a la noche va a los cuartos de los chicos que cuentan cosas. ¿Qué escuchaste? Flor de novelero que sos, siempre viendo esas películas.
El carnicero Atilio rio. Y dijo, divertido:
—Sos una hija de puta, Ceci.
Pero mamá no le llevó el apunte. Siguió mirándome bien a la cara, como me mira cuando trata de averiguarme los secretos. Y me dijo:
—No quieras saber qué les hace a los chicos el Lupgarú. Porque te va a dar mucho miedo cuando salga de la heladera. ¿Qué escuchaste?
—Nada, mamá —dije, y apenas me salió la voz—. Lo único que les quería decir es que…
—Ves esta cuchilla, nene —dijo Atilio, empuñando una cuchilla más grande que la de las milanesas—. Si vos contás cosas de los grandes, el bicho ese entra de noche en tu cuarto y tiene una mano más afilada y más larga que esta cuchilla que estás viendo. Te la mete en la panza y se pone a escarbarte. Si te pincha el hígado —se pinchó la panza con el dedo, a la derecha—, te morís más despacio. Una sangre negra te sale.
Mamá sonrió moviendo la cabeza, y el carnicero la miró satisfecho. Sin soltar la cuchilla.
—Y quién es el hijo de puta ahora, Atilio —dijo mamá, a quien jamás le había oído yo una mala palabra. A papá tampoco le oí jamás una mala palabra.
—Yo lo único que quiero decirles es… —empecé a decir—. Bueno, a lo mejor no les quiero decir nada yo.
Volví al extremo de la heladera, con todas las ganas del mundo de que el mono perezoso o lo que fuera esa porquería viva no estuviera más entre los cachos de carne —soy de inventar, de imaginarme cosas—. Pero no hubo caso: el animal ese seguía ahí. Y seguía muy vivo, como suplicándome con la mirada que lo soltase o vaya a saber qué. Una espuma medio verde le salía por el costado de la boca. De entre una tira de asado asomó una mano muy larga. Más larga que la tira de asado misma.
Pensé en la cuchilla de Atilio y en la advertencia de mamá. Volví a ver mi cara en el cristal, según le daba la luz al moverme.
Cuando papá llegó del trabajo y preguntó cómo habíamos pasado la mañana, mamá le metió una mentira:
—Fui con este a una carnicería nueva —le dijo, mientras fritaba milanesas atravesándolas con un tenedor largo—. Milanesas traje. Como para probar.
—¿No son de Abilio? —preguntó papá frunciendo la nariz.
—Atilio, Heriberto —corrigió mamá, y sin que papá se diera cuenta (ella le daba las espaldas) se llevó un dedo al ojo y se estiró el párpado. Fue como si me dijera, bien clarito: “Acordate del Lupgarú”.
—Bueno, Atilio —dijo papá—. ¿No son de él?
—Atilio anda vendiendo una mercadería medio rara. —Mamá seguía cazando milanesas, dándole al tenedor y sin mirar a papá—. Mejor no sigo yendo. Ah, Heriberto. —Lo dijo como quien se acuerda de algo—. Este domingo aprovechen ustedes dos para ir a la exposición de los ferromodelistas, que abre de nuevo.
—¿Por? —Papá me daba pena, a veces.
—Porque te aviso que yo voy a ir a la Lucila, a lo de mis tías.
Podría terminar este relato contándoles a ustedes que el Lupgarú se me vino esa misma noche a mi pieza. Podría decirles que se acercó a mi cama y que me puso la filosa punta de su zarpa en la garganta y que empezó a entrar y a entrar hasta partirme la tráquea directo a la médula. Podría mentirles que yo me puse a suplicarle perdón al Lupgarú, a rogarle clemencia antes de que acabara conmigo. Pero esas serían puras mentiras. Porque yo no soy ningún buchón, y a papá no le dije nada de que al final me di cuenta de lo de mamá y Atilio.
Los hechos, ocurridos hace más de treinta años, terminaron de un modo muy diferente. Terminaron ese mismo viernes a la noche, con papá y mamá en la cama convertida en un estropicio rojo y empapado. La primera fue ella, que roncaba panza arriba. La desperté de un puntazo al hígado. Porque quería que me viera, quería que supiera. Y antes de que pudiera ponerse a gritar le hundí el cuchillo en la boca, con mango y todo. Y le dije, viéndole los ojos abiertos como el abismo que nos estaba tragando para siempre:
—El Lupgarú soy yo, Milonguita.