Sentada cerca de la calidez del hogar de leños, la recién casada contemplaba por la ventana de la cabaña ese mar de olas erizadas como nunca. El sol ya caía entre el pinar, y en la playa sólo quedaba —y eso le llamó la atención— un chico remontando su barrilete con forma de ala delta. ¿Qué hacía en la playa, a esa hora de la tarde, un chico de cinco o seis años sin un solo adulto alrededor? Se lo preguntaría al Gordo, cuando terminara de pegarse una ducha.
Y otra cosa le llamó la atención a la piba, y tanto le llamó la atención, que se levantó a buscar los largavistas que el Gordo, sabiéndola contemplativa, le había regalado ayer cuando pasaron por la única armería del pueblo. Sí, ahora que podía enfocarla bien, se trataba de una gaviota. Pero no se trataba de una gaviota cualquiera: acompasando su vuelo, paralela al ala delta del chico, parecía estar participando con el barrilete en una especie de ritual amoroso. Aquello era pura magia, y halagaba el poético espíritu de la chica. Y a ella le costaba poco seguir con los largavistas el vuelo —los dos vuelos— porque el chico manejaba su ala delta con singular destreza, sin que el tremendo viento de la orilla lo confundiera. Era hipnótico: si el barrilete viraba a estribor, la gaviota viraba a estribor; si el barrilete viraba a babor, la gaviota viraba a babor. Y esa danza llevaba ya unos largos minutos.
Son como un solo corazón, pensó la chica, sonriente. También ellos dos están de luna de miel.
Y además pensó que, de haber lanzado en voz alta semejante pavada, el Gordo le hubiera dicho, desde el baño: “Vos siempre con tus versitos, tontita”.
Entonces sucedió: a través de los largavistas, la gaviota se convirtió en una especie de fósforo al que le acercan un fósforo prendido. Directamente chisporroteó en el aire, en un estallido de fulgurantes cenizas.
Atónita, la piba dejó los largavistas en su dulce regazo de mielera.
¿Qué acababa de ver? Fue como si a la gaviota la hubiera alcanzado un rayo, pero en la costa no se veía ni una nube.
A la luz rasante del sol que moría, vio cómo el chico recogía el barrilete y se mandaba a mudar. Sería un vecino, acaso, porque con sus pocos años marchaba seguro entre las dunas, directo a la salida de la playa.
Qué cosa más rara. ¿Qué había sucedido? Después se lo preguntaría al Gordo, que sabe de todo.
Mientras tanto, Octi se decía, ya entrando en el pinar, que la cosa estaba funcionando. Esto era mucho mejor que la Play, qué bueno había sido encontrar ese sitio de peques inventores. Qué buena idea lo del barrilete psicotrónico.
Mañana pruebo con el gato de los vecinos, se dijo, a ver qué pasa. Y, si todo sale bien, después pruebo con los vecinos. Y con mamá y papá voy a probar. Y con la seño y la dire voy a probar, que siempre se andan quejando de que “el chico se concentra demasiado en sus cosas, y eso resiente su desarrollo en el aula”. Y después…
Y así Octi, días después, terminó remontando su barrilete en pleno Buenos Aires. Más precisamente, ante los propios portales de la Casa Rosada.