En su último viaje, Pancho se dijo que esto era como estar arriba del Patriot atravesando los médanos del faro de Gesell, y lo próximo que se le vino a la mente fue el toro mecánico que habían alquilado la hermana y el marido hacía un par de semanas, para el cumple de Ayelén. Esto era igual que el toro, sí, pero sin una montura que amortiguara los golpes. Y sin una beba llorando y rompiendo las pelotas porque no la dejaban subirse otra vez al “todito mecádico”, que en realidad lo habían alquilado para los grandes. Y era injusta Ayelén, además de rompepelotas, porque la habían subido un par de veces, para probar, y la muy viva se le soltó al padre, y casi se vino en banda que hubo que abarajarla en el aire y todo.
La que sí lloraba ahora —y lloraba desde hacía un buen rato—, la que sí rompía las pelotas ahora, y en forma, era la vieja que, tres filas más adelante y en medio de la oscuridad, se había puesto a delirar no bien empezaron las turbulencias, ya a velocidad de crucero. Y no tenían pinta de parar. Ni sus llantos ni sus boludeces y horribles vaticinios, ni las turbulencias. Y alguien de las filas del fondo recibió un par de aplausos chirles cuando dijo:
—A ver un calmante para la señora, a ver si se calla.
Ayelén. Era increíble pensar que una nena con dos años recién cumplidos les tomara el tiempo a los padres todo el tiempo, y con tanto éxito. Lo del toro mecánico fue la más reciente vez en que él debió ejercer de tío enojado, para poner en su lugar a la pendeja. Y se dijo que no era una comparación para nada tranquilizadora lo de homologar un toro mecánico con las sacudidas del avión, pero por lo menos le hacía pensar en algo diferente a lo que estaban viviendo él y los otros pasajeros con destino a Ushuaia.
La beba era rarita. Bastante rarita. Cuando quería, era capaz de quedarse callada durante horas.
Recién sin ir más lejos, en lo de la hermana y después de los postres de aquella improvisada cena de despedida, Pancho vio que Ayelén se había puesto muy seria, sentadita en su silla alta. Muy seria no: más bien le hizo acordarse de los archifamosos ángeles de Rafael, esos dos angelotes gordos que contemplan desde abajo a la Virgen y al Niño. Esa era la palabra: contemplar. Nunca había visto Pancho aquella expresión de contemplación en la cara de una nena, y encima tan chica. Desde su sillita alta, Ayelén miraba hacia el cielo raso, extática como la Santa Teresa de Bernini, con un misticismo que le desbordaba de los ojos azules y contrastaba con esa mancha de puré de garbanzos de la comisura de la boca. Vaya a saber qué cosas andaría imaginando. El cuñado lo sacó de la duda:
—Está rezando, Panchi.
—¿Rezando? —preguntó él, y lo preguntó por preguntar: conociendo lo chupacirios que eran la hermana y el marido, no le extrañaba para nada que a la nena también le agarrara de rebote el pedo místico.
—Reza, sí —dijo Katia, arrobada—. Le contamos al padre José Ignacio, y dijo que a veces pasaba con los chicos.
—Y qué estás rezando, Ayi —quiso saber Pancho, pero la nena no le contestó. Se limitó a sacar los ojos del techo para mirarlo a él, siempre muy seria. Y enseguida elevó de nuevo la mirada azul, que cada vez se le ponía más y más plena de verdad, bien y belleza.
—¿Tenés el celu? —le preguntó Lucas—. Hacele un videíto, aprovechá.
—Me parece que me quedé sin memoria. Pensaba liberársela camino a Ezeiza, con la captura de imágenes de la Mac.
—¿Qué Ezeiza, si salís de Aeroparque? Estás acá nomás, Pancho.
—Cierto, qué boludo.
En ese momento sonó el timbre.
—El remís, por fin —dijo Lucas mirando el portero visor—. Vení que te ayudo con la valija y la compu, Panchi. ¿Tenés todo?
—Dale, no seas malo y probá. —Katia le sonreía a Pancho, haciendo gestos de filmar a Ayelen en éxtasis. Y sin dejar de sonreír se levantó y se fue al perchero, a buscarle la campera al hermano—. Después nos lo mandás por WhatsApp, y lo vemos tranquilos. Cortito.
Mientras, Ayelén seguía en la suya.
Pancho sacó del bolsillo del jean el iPhone, y probó.
Y a la vieja de adelante no había modo de calmarla. Y un poco de razón tenía, la pobre: más que un toro mecánico o una 4X4, el avión ahora recordaba un carrito de la montaña rusa. Y un carrito bien destartalado, para completar mejor la analogía. No paraba de sacudirse y sacudirse y sacudirse, ni de subir y de bajar como un bungee.
Pero mejor no pensar en eso, se dijo Pancho. Mejor no pensar en nada.
Abrió el iPhone, y estaba por entrar en Facebook cuando se acordó de que, por supuesto, lo había puesto en modo avión.
Entonces fue al rollo fotográfico, casi por inercia: prácticamente se había olvidado del video de Santa Ayelén de Palermo Sensible.
Y ahí estaba, con las últimas fotos, ocupándole espacio al pedo.
Se le ocurrió darle PLAY, y pronto Ayelén apareció en pantalla, muy quieta sobre su sillita. Sobre su sillita no: más bien parecía como superpuesta a una nena —¿a otra nena?—, o superpuesta a sí misma. A ella misma, desde luego. Era como si la imagen tuviera el efecto fantasma de los televisores de medio siglo atrás. Imposible.
Y Pancho debió pestañear al ver cómo una nena idéntica a Ayelén —la Ayelén contemplativa, la que miraba hacia el cielo raso— salía, emanaba del cuerpo de su sobrina. La imagen iba diluyéndose y corporizándose en transparencias, alternativamente. Y esa segunda Ayelén no miraba hacia el techo. Miraba hacia la cámara del iPhone.
Lo miraba a él.
Y en esos ojos crueles no podrían leerse jamás ni el bien, ni la verdad ni la belleza. Porque “Ayelén” extendió el bracito, por encima del hombro de Ayelén, directo a Pancho. Y, en esa mano —en esa garra nervuda, mejor dicho—, él descubrió un avión en miniatura. Una réplica exacta del Boeing B737 con destino a Ushuaia, pero partido en tres pedazos.