De un salto el Momia se lanzó a dos manos a la mano que empuñaba el machete, y la rigidez de los brazos estirados impidió que el negro pudiera descargarle el machetazo. Pero al mismo tiempo esa acción desprotegió a nuestro capitán: con la otra mano el negro le encajó un gancho impresionante —noté que había salido también con una manopla de bronce, para colmo—, y el Momia se desmoronó y cayó de rodillas en la vereda. Y ahí el negro aprovechó y le dio con todo a la nuca, que le había quedado servida. Fueron pocos machetazos —¡zak, zak, zak!—, pero enseguida la cabeza del Momia pegó contra las baldosas, con ruido y todo.
—Para que tengan y guarden, hijos de puta. —El negro alzó frente a nosotros la cabeza, de los pelos, y le vi un parpadeo al Momia: seguía vivo.
Sin soltar el machete, para qué, el negro dejó caer al piso la cabeza, que rodó un poco, y de un solo machetazo la partió de canto. Un ojo del Momia saltó como un corcho flojo, y se lo fue llevando el agua de la cloaca que bordea el cordón.
—Qué raro —dijo el negro viendo los sesos, que se desparramaban en una gelatina muy roja—. Pensé que saldría mierda. —Nos miró uno por uno, apuntándonos con el machete—. A ver si alguien más quiere que le averigüe. —Medio se tambaleó al dar un paso adelante, y entonces nos abrimos—. A ver qué carajos tienen adentro del coco, pelotudos.
Al rato llegó la Policía. Y se lo llevaron esposado al negro, que ahora parecía bien mansito. Nadie sabía su nombre, era nuevo en el barrio.
Habían venido un montón de policías, y varios entraron en la casa. Pero ninguno de nosotros se animó a pedirles la pelota.