País Relato - Autores

marcelo di marco

el globo de la muerte

Volviendo a casa en el colectivo, sentado junto al abuelo y pensando en todo lo que había visto aquella tarde, a Robby le seguía ardiendo en la nariz el olor del aserrín mezclado con el olor del pis y de la carne fresca de la jaula de los leones. Y seguía oyendo los chasquidos del látigo del domador y el chillido de susto de la trapecista que se vino de cabeza a la red y las risas de los payasos y de los enanos y el ¡brrrum, brrrum! de las motos y los gritos y los aplausos del público y los de él mismo.
Y lo que más lo impresionó de todo eso fueron las motos, el show de los motociclistas suicidas. Robby estaba de acuerdo con el abuelo: era increíble el coraje de esos muchachos. ¿Cómo hacían para cruzarse a tanta velocidad, casi rozándose, sin perder el control de la motocicleta ni caerse ni estrellarse?
Cuando sea grande, pensó con la mirada perdida en la calle, que se desplegaba de gris a través de la ventanilla del colectivo, a mí también me gustaría ser un motociclista suicida, y ya subido a la moto se ajustó el casco, pegó la patada, y antes de arrancar rumbo al Globo de la Muerte tuvo tiempo de saludarla con un gesto canchero a la nueva del grado, a la pecosita que a mitad de año se había cambiado al colegio de él, y que ahora lo estaba mirando desde la primera fila de la platea, con cara de querer ser la novia, y entonces vinieron a buscarla los hermanos a la pecosita, y cuando él se puso a perseguir a los hermanos con la moto por toda la jaula de acero de acá para allá ida y vuelta, y después de hacerlos entrar a él y al abuelo en el departamento, mamá fue a sentarse en el sillón del living y los miró con esa mueca medio torcida que pone siempre que ellos dos vuelven, lleguen a la hora en que lleguen. Lleguen tarde o lleguen temprano, mamá siempre le pone al abuelo la misma cara. Había prendido solamente la luz de la lámpara de la mesa ratona, la de alabastro con una bombita amarilla, así que la mitad de la cabeza le quedaba como escondida entre la oscuridad dorada. Se llevó el vaso de vino a la boca, bebió un trago.
—Un poco tarde. ¿No, don Emilio? —dijo desde el sillón, y alzó hacia el abuelo y Robby la mano izquierda, la del reloj de pulsera, y la dejó en el aire.
El abuelo se disculpó, aunque Robby se acordaba muy bien de que el abuelo y él fueron de los primeros del público en salir de la carpa, justamente para que mamá no se enojara. A Robby se le ocurrió que, si el abuelo fuese el padre de mamá, en lugar del padre de papá, capaz que lo trataba mejor; pero con mamá nunca se sabía, porque a veces a su propio padre lo trataba peor de lo que lo trataba al abuelo. Siempre sentada en el sillón del living, mamá bajó la mano que exhibía el reloj de pulsera, y en un mismo envión agarró el vaso y se mandó otro sorbo del tinto.
—Bueno, subo —dijo el abuelo, que vivía solo en el departamento del piso de arriba. Y entonces, cuando ya estaba yendo hacia la puerta que daba al palier, mamá lo frenó en seco:
—Cuántos le dio. —Estiró la mano para mostrarle algo al abuelo. Al principio Robby se dijo No puede ser, porque creyó que ese algo se trataba de una goma de borrar. Pero, cuando miró mejor la mano de mamá, vio que sostenía de punta una barra de chocolate Águila, todavía sin desenvolver de su papel rosado, y Robby se preguntó: ¿Cuándo me la sacó del bolsillo de adelante, cómo hizo?
Así era: vaya a saber cómo, mamá acababa de descubrirle y de arrebatarle del bolsillo de la camisa la barra de chocolate que le había regalado uno de los payasos, el más alto y de bonete rojo, cuando pasaba por la primera fila —el abuelo siempre sacaba los mejores lugares, fueran a donde fuesen.
—Cuántos le dio, Emilio —repitió la madre de Robby, y él notó que al abuelo empezó a temblarle la mano, como cuando le venían los nervios—. Cuántos chocolates le dio.
—¿El chocolate, decís?
—No, si va a ser un toscano de los suyos. —Mamá agarró fuerte el vaso de vino, que casi se le vuelca. Dijo algo que no se le entendió, porque medio que al mismo tiempo chasqueó los labios. A lo mejor era una mala palabra.
—Se lo dieron los payasos al chico. —El abuelo lo miró a Robby como pidiéndole que confirmara que era así, y la madre de Robby se mandó otro sorbo, y él le vio la marca del vino tinto en el labio de abajo, profunda como de lápiz labial: se ve que venía dándole desde hacía rato—. ¿No es cierto, Robby?
—No, abuelo —dijo Robby, presa de una inspiración súbita—. No es cierto. La barra de chocolate me la dio un chimpancé. No un payaso.
—¿Un chimp…? —dijo mamá, alarmada, y dejó el vaso en la mesa ratona y se levantó del sillón. Se ve que no podía terminar de pronunciar esa palabra, “chimpancé”.
Ahora el abuelo lo miraba a Robby, frotándose las manos de satisfacción y con cara de te entiendo a dónde vas, y Robby lo alentó con un gesto; chico y todo, tenía la actitud de quien se sabe dueño de la situación. Dijo:
—El monito, siempre del lado de la pista, iba dándoles a los chicos de la primera fila… Iba dándonos a los chicos de la primera fila —se corrigió— una barra de chocolate a cada uno. De propaganda, vos viste.
La madre de Robby se llevó una estremecida mano al pecho.
—¿Y vos, hijo de puta…? —empezó a decir, y le costó articular esa pregunta, que no logró decir del todo pero que Robby respondió al vuelo como si estuviera viviendo en un cuento de este libro, y no en la vida real:
—¿Si yo acepté la barra de chocolate? Por supuesto, mami. —Al oír esta revelación, la madre de Robby cayó de rodillas al piso (hubo un crujido, como el de una taza que se estrella), y ahí quedó convulsionando, horrorizada y boqueando en busca de aire—. Y no sólo eso, mamá: igual que venían haciendo todos los chicos antes que yo, yo también le devolví el saludo al chimpancé. La mano del chimpancé era como de cuero. —Robby se llevó a la nariz su propia mano, y explicó que todavía tenía olor a selva.
—… está diciendo la verdad el chico —empezó a decir el abuelo, cómplice, pero él lo cortó subiendo el tono de la voz:
—Porque el saludo del chimpancé era un apretón de manos, mamá. —Robby alzó la mano derecha, y fue como si aquello exacerbara los retorcimientos de la madre, que ya con las uñas resquebrajadas arañaba el parquet—. Esta mano le di al monito, y… ¡no sabés cómo me pica!
—¡¡¡Arghhh!!!
Robby se agazapó por encima de la madre, y se puso a manosearla igual que vio hacérselo una vez a uno de los tipos grandes que venían siempre a darle mimitos, que ahora papá ya no estaba “para darme”, como decía ella. Y así, sabedor de que su tierna madre sufría de monofobia de toda la vida, anticipó el inminente advenimiento del clímax de lo que venía sospechando: aquella bruja no podría soportar siquiera la mínima alusión a la existencia de un mono en la vida de su hijo, por más circunstancial que fuese. Por eso ahora, en medio del consecuente clímax, se rascaba —como una mona, vaya, vaya— las partes íntimas en que la mano de Robby se había restregado como si fuese la de un tipo grande. La sangre —porque mamá se dejaba las uñas bien largas, que una vez lo arañó al abuelo y todo, por otra pavada—, la sangre ya iba manchándole la pollera y la zona del corpiño. Y no sólo eso: mamá también se dio a rasgarse a tiras la piel de las mejillas y de la frente, y también se encargó de las piernas y del culo y de los brazos. Las medias y la bombacha se iban convirtiendo en andrajos rojos por culpa de las garras de aquella maldita, que ya no era más que un guiñapo de carne muy deshecha y muy roja que no paraba de rascarse y rascarse mientras puteaba al Ringlin Brothers y al Sarrasani y la reputa madre que los remilparió a todos los putos circos del mundo.
Robby, quien, según se ha comprobado en el segundo párrafo de esta historia, era un chico sumamente imaginativo, fue a la puerta del palier, a darle un beso al abuelo. El pobre viejo lloraba derrotado, dicho sea de paso, mientras la madre de Robby, que jamás se había levantado de su sillón, aplastaba entre sus dedos la barra de chocolate. Siempre triunfaba la guacha. Como ahora.
Ya en su cuarto, cuando pudo dormirse, a Robby vino a visitarlo El Ángel de las Pesadillas de los Niños Talentosos Pero Castrados.
Y se soñó motociclista suicida.
Motociclista suicida, pero suicida-suicida, eh.
Porque en su sueño no moría adentro del Globo de la Muerte, partiéndose la nuca por culpa propia o de algún otro motociclista del equipo, que acaso se había venido con una copa de más. No: Robby en su sueño moría tirándose con la moto a doscientos kilómetros por hora desde un acantilado de Barranca de los Lobos, directo al mar. El mismo acantilado que en la realidad elegiría para terminar con todo, veintidós años después, mientras su terrible madre festejaba sus primeros cincuenta años de victoriosa vida.