—Te explico, Dani —dijo Beto dejando el vaso de vino a un costado del plato de madera, y se enderezó el gorro de cocinero que usaba sobre todo para que después la cabeza no le apestara a humo—. Lo de Rigo es bien dinámico, tiene que correr y disparar todo el tiempo. En cuanto a lo mío, cuanto más quieto me quede, mejor me va a salir la tirada.
—Son dos formas distintas de encarar el deporte —explicó Rigo apuntando a Daniel con la cuchara de la ensaladera como si sostuviera una de sus pistolas de tiro práctico—. Es la misma diferencia que hay entre esquiar y hacer culipatín. El tiro práctico es lo más parecido a un combate verdadero. Te cronometran y todo, vos viste. Y tenés que dispararles a objetivos establecidos de antemano.
—Todo lo que quieras, salame —concedió Beto abarcando con la vista y la entonación de la voz a los demás amigos de la mesa—. Pero eso de esquiar y hacer culipatín es invento tuyo. Nada que ver. —Y ahí señaló con la punta de su cuchillo criollo a Rigo, a quien tenía enfrente, y amagó en broma a ensartarlo; pero ninguno de la barra se rio—. Cuando se precisa un francotirador se llama a un carabinero, bien quietito. Y eso también es combatir.
—Menos mal, Beto, así no te nos morís de un infarto. Mirate los rollos, Michelin. No durás ni dos metros de carrera.
Sin parar de masticar su choripán, Daniel les prestaba toda la atención a los dos veteranos: realmente estaba muy interesado por saber qué diferencias había entre las dos disciplinas de tiro que practicaban. Incluso últimamente andaba considerando la posibilidad de hacerse socio del Tiro. Los demás, legos en la materia, seguían con medias sonrisas y comentarios ocasionales los chistes que se lanzaban los dos tiradores viejos: todos tenían un ojo puesto en ellos y en Dani, y el otro ojo en las doradas costillas de cordero y de lechón que cada cual se estaba pelando.
En cuanto al Mudo Emilio —de quien ninguno de los demás invitados podía asegurar si se hacía el estúpido, o si realmente había nacido fallado el pobre—, siempre en una punta de la mesa y con los ojos perdidos, no se interesaba ni en el asado, ni en las ensaladas, ni en las prácticas de tiro deportivo de Beto y Rigo, ni en las minitas de la pileta del club, que estaba a veinte metros del quincho, ni en nada que pudiera interesar a un tipo cualquiera.
Porque el Mudo Emilio no era un tipo cualquiera.
—¿Y lo tuyo? —le preguntó Daniel a Beto—. ¿Cómo competís con la carabina? Decís que no corrés como Rigo.
—No, para nada. Lo mío es muy diferente. Son treinta tiros de .22, que tenés que embocar en cinco blancos, uno después del otro. Tenés cuarenta y cinco minutos para completar todo. Y competís tendido de panza sobre una alfombra, sin apoyo ni mira telescópica, y disparando tiro a tiro. Y tratando de no darle bola al Enano Preguntón. Monotiro.
—Qué quiere decir monotiro, Beto —dijo Daniel, a quien esa última palabra acababa de ordenarle que se imaginara un chimpancé armado con esos AK-47 de las películas.
—Tiro a tiro, Dani. Sin usar el cargador. Eso se llama monotiro. En cambio, Rigoberto tiene que usar un cargador tras otro. ¡Pum-Pum-Pum! —Beto hacía gestos de estar disparando una pistola, a toda velocidad—. ¡Pum-Pum-Pum!
Daniel se quedó pensando, y dijo que verdaderamente no tenían mucho en común las dos disciplinas.
—Nada en común —dijo Rigo—. Y además hay una diferencia muy grande en cuánto gastamos los dos en munición.
Y ahí los dos viejos se pusieron a describir las bondades de sus respectivas municiones, casi olvidados de que en la mesa no estaban solamente ellos dos. Pero se acordaron no bien el gordo Alberto dijo, desde la otra punta:
—¿Y qué es eso del Enano Preguntón, que me quedó picando?
—Eso —dijeron Daniel y dos más.
Beto y Rigo se miraron como preguntándose quién de los dos lo explicaría, y fue Rigo el que tomó la posta:
—Así lo llamaba el finado Oscar Poch. El Enano Preguntón es un hijo de mil putas que aparece en el momento justo para hacer que el tiro se te vaya al carajo.
Y todos se dieron cuenta: el Mudo Emilio, sin dejar de masticar, dirigió la mirada hacia Rigo.
—Es un socio —preguntó, como queriendo que le dijeran que sí.
—No, Mudo, no. —Beto negó con la cabeza, y lo distrajo una de las chicas de la pile, que ahora alzaba los brazos para hacerse un rodete, sosteniendo entre los dientes la gorra de baño—. Es un chiste, no una persona. El Enano Preguntón es como una vocecita adentro de la cabeza que te dice “Dale, tiralo aunque la mano te tiemble y sepas que el tiro se te va a la mierda”. O si no: “¿Y, pelotudo? ¿Pensaste que sos James Bond?”. Y a uno la adrenalina se le convierte en sudor, y en lugar de renunciar al disparo y empezar de nuevo el ciclo…
—… tira, y la bala se va al 6 —dijo Daniel, que había cazado al toque la metáfora.
—Exacto. El peor enemigo de uno es uno.
—A veces viene bien pesado el Enano Preguntón —dijo Rigo, rebañando la grasa de su plato.
—Y va y te pregunta para qué viniste —apuntó el Gordo Alberto.
—Para qué naciste —corrigió Rigo, y se llevó el pan con grasa a la boca—. Para qué naciste —repitió, sin dejar de masticar.
—Para qué naciste —dijo el Mudo Emilio con los ojos bajos, como quien habla solo.
Seis horas y pico después, el Mudo llega al puerto de San Isidro, que en medio de la noche ya está bien solitario. Cada tanto, contrastando su figura blanca en medio de la oscuridad, el Mudo se suelta del Enano Preguntón y se lleva las manos a los oídos, y de vez en vez tropieza al andar, barranca abajo.
Ya está llegando a la zona de los muelles, y sigue adelante. Todavía no puede acostumbrarse a la voz de gnomo del Enano Preguntón, que en puntas de pie y con los labios babosos muy cerca de su oído no deja de preguntarle y preguntarle y preguntarle siempre lo mismo y con más fuerza que nunca por qué la hiciste abortar a tu única novia pedazo de mierda por qué no defendiste a tu hermanito de la patota esa que los persiguió y le rompieron la cara al pobre por qué a los treinta y pico no tenés familia propia puto por qué te clavás más pajas que un mono tití imbécil por qué todos te joden tarado y no te defendés por qué por qué la hiciste abortar a tu novia pedazo de mierda por qué no defendiste a tu hermanito de la patota esa que los persiguió hijo de puta y le rompieron la cara al pobre pibe por qué a los treinta y pico no tenés mujer y no tenés hijos puto por qué te clavás más pajas que un mono de circo imbécil por qué todos te hinchan las pelotas todo el tiempo y no te defendés por qué la hiciste abortar a tu novia pedazo de mierda por qué no defendiste a tu hermanito de la patota esa del Bajo y le rompieron la cara al pobre por qué a los treinta y ocho no tenés novia puto por qué te clavás más pajas que un chimpancé estúpido por qué todo el mundo te mete el dedo en el culo y no te defendés ni tenés trabajo ni futuro ni amigos ni un perro que te ladre por qué por qué por qué por qué por qué por qué por qué por qué por qué por qué por qué por qué por qué por qué por qué por qué por qué por qué por qué por qué por qué por qué por qué por qué y por qué y para qué naciste.
Por muchos meses, ninguno de la barra de Beto y Rigo reparó en su ausencia. Ni siquiera en los diarios de Zona Norte salió la noticia.
Y el Enano Preguntón siguió por toda la eternidad desviando disparos y tronchando vidas.