El vendedor de medias se cruzó hacia la vieja, en diagonal, decidido a abordarla. La vieja estaba parada en medio de la vereda y entre la gente que caminaba metida en sus propios asuntos. Y a ella, cuando lo tuvo enfrente, el morocho le dio un poco de lástima: un muchacho tan apetitoso, y puesto a pedir plata por la calle; si hasta podría haber sido un galán de cine, con esos ojazos verdes y ese cuerpazo.
Notó que la florista de la esquina le hizo gestos de que no le llevara el apunte a aquel busca. Qué sabía Federica. Y qué sabía la gente. La gente se lo pasaba sospechando que estos chicos andaban por la calle para robar. O directamente para matar, con una navaja escondida entre las medias, o escondida entre las macetitas, que también eran de vender macetitas. Y sí: pensándolo bien, era la primera vez que ella lo veía en el barrio a ese forastero, así que convendría cuidarse. Pero cuidarse de qué, pensándolo mejor. De la Policía, seguro.
—Yo sé que usté en vez de comprarme medias prefiere comer, madre —le dijo el morocho, quien encima de estar más bueno que el dulce de leche tenía una voz muy masculina—. Todo el mundo quiere llenarse la panza antes que comprarme a mí. Pero yo también necesito comer, ¿no? Tengo familia, sabe. ¿No me compra unas medias para el nieto, y comemos todos? Con todo respeto, eh.
Ella sonrió apenas, echó un displicente vistazo en torno, y cuando se cercioró de que el vendedor de medias venía solo, le preguntó qué salía el par de medias.
El muchacho se lo dijo, y ella le sacó de las manos dos o tres pares y se dio a examinar cada una de las medias. Las acariciaba, las sobaba. Eran de esas escocesas, a rombos. Siempre le habían parecido una mariconada, típicas medias de tiernitos.
—Te propongo algo, nene —dijo, devolviéndole los pares—, y escuchame bien: vos venís a casa a hacerme un par de mandados, y yo te compro toda la canastita. Hacé la cuenta, a ver si te conviene.
—Mandados, dice. —Con la bolsa de las medias cruzada en bandolera, el “nene” se quedó callado, no entendía: ¿cómo era posible hacer mandados adentro mismo de una casa?—. Y para qué quiere que vay… —siguió diciendo, pero se interrumpió al darse cuenta de cuáles eran las verdaderas intenciones de aquella vieja puta que acababa de pasarse la lengua por los labios pintarrajeados de rojo, con toda desfachatez. Y ella le vio al muchacho, además del fulgor de alarma de esa mirada confundida, el brillo de una codicia que iba despertando más y más—. Eh, madre, con todo respeto. —El tiernito estaba entre sonreír y entrecerrar los ojos, no sabía qué cara poner—. No sea viva, doña. Que yo no me propasé, vea. —Miró a la gente que les pasaba al lado, seguramente de puro vergonzoso y deslumbrado por su inminente condición de chongo. Y acaso también felicitándose por la suerte que le había tocado ese mediodía: la vieja (más una veterana que una vieja) no estaba del todo mal, y sobre todo la guita era la guita—. Deme su dirección —dijo por fin, en voz baja—. Que yo le toco timbre.
—No hace falta —dijo ella, sonriendo de esplendores—, vamos ya mismo. —Entornó los párpados, y los labios le temblaron de excitación—. Con todo respeto.
Atardecía en el barrio. La gente volvía del trabajo, cansada. Federica despachó un par de ramos de clavelinas, y se puso a hacer las cuentas. El día no había estado para nada mal.
Y ya cerraba el puesto, cuando se le apareció aquella. Notó que no se había venido con las manos vacías.
—¿Y? ¿Todo bien?
Alexia asintió.
—No sé por qué me hiciste ese gesto antes —dijo—, como si desconfiaras de mi olfato. Decí que soy buena.
Y Federica dio unos grititos de alegría cuando Alexia le regaló el paquete con la bandeja de carne, todavía bastante tibio y adornado con un moño de cinta roja que realmente abría el apetito.