—¿Tomates? —le pregunté. Apartando al gato, que seguía metiéndose y entrometiéndose por todas partes, yo ya había encontrado un cuchillo tomatero en el cajón de los cubiertos, pero todavía me faltaban los tomates para prepararle a Irena la pomodoro (mi pomodoro, con ajo y morrón verde) que le había prometido. Se la merecía: era nuestra primera vez, y los dos polvos que llevábamos hasta ahora calificaban uno mejor que el otro. Habíamos picado algo un rato antes de subirnos a su sillón kamasutra, y lo acompañamos con un Nicasia Malbec, pero es sabido que un apetito satisfecho despierta otro—. ¿Los guardás en la heladera a los tomates, o abajo de la mesada?
Irena me miró como quien está a punto de revelar un secreto y no se anima. Ahora me pregunto si ella no lo habrá urdido todo, bien conscientemente.
—Vení —me dijo, resuelta, y con una energía que ni le sospechaba me agarró de la mano libre y me hizo ir con ella. Al principio pensé que estaba dispuesta a otro round, pero pasó del sillón y me llevó directo al patio.
El gato nos seguía.
Más de una vez, en medio de la acción, yo había tenido que apartarlo de nosotros dos —aunque a ella no parecía importarle, ni siquiera advertirlo—: ávida en su persistencia, la bestia estaba interesadísima en todas las cosas que Irena me hacía a mí, y en todas las cosas que yo le hacía a Irena. Y en un momento, en uno de los mejores momentos, el gato me arañó la muñeca. Fue lo único que puse en el debe. La próxima vez le pediría a Irena que encerrara a aquel celoso en el baño o en donde fuese.
Cuando ella prendió las luces del patio, desde adentro, noté que, más que un patio, se trataba de un jardín. Y de un jardín muy aromático: no bien salimos —yo seguía con el cuchillo tomatero en la mano, y el gato había desaparecido— me vino la fragancia del jazmín del país, que trepaba por una pérgola hasta ponerle a la noche un manchón blanco. Los grillos no callaron sus rituales, y la luna llena blanqueaba todo con un saludable resplandor. Pensé que era increíble disponer de una casa así, en el corazón de Palermo Viejo. Y encima Irena vivía sola. Sola con el gato, obvio.
Llegamos hasta un cantero, y entre las sombras que ponía el plenilunio distinguí unas cañas cruzadas: tomates, ella cultivaba tomates.
—Y esa cruz qué es —dije después de cortar un par, y señalé una especie de… ¿tumba? Sí: una tumbita se alzaba a ras de la tierra, junto a la breve plantación de tomates. La cruz de madera, medio torcida, se enclavaba en el montículo.
—Mi gato —explicó.
—Otro gato —corregí, y al mirarme la muñeca a la luz de la luna descubrí que estaba más que inflamada. Pero no tan inflamada como ahora, cuando trato de dejar por escrito este testimonio después de haber huido con cualquier excusa de aquella casa y antes de quedar horriblemente desfigurado, como es mi destino: la infección ya me toma el brazo hasta el hombro y amenaza con seguir invadiéndome, y sé que será inútil ir a la guardia del hospital que fuese—. Otro gato —repetí en aquel momento—. Otro gato aparte de… —Señalé con el pulgar hacia el interior de la casa, con un escalofrío, seguro de lo que ella estaba por decirme.
—El primer y único gato que tuve —respondió Irena—. Murió de un tumor en el cerebro el mes pasado.