Trataba de avanzar con el cuento “Cordero asado”, de Roald Dahl, pero no podía concentrarme en leer los planes de aquella embarazada que acababa de partirle el cráneo a su cruel marido. Porque me llamaba la atención esta otra madre. La había visto subir en Papagayos, mientras uno de los choferes la ayudaba cargándole el bolso. La chica ocupaba con su bebé dormido un asiento doble, a dos filas adelante de la mía, y desde mi asiento, ubicado sobre una especie de pedestal, podía ver cómo se entretenía con su smartphone pasando foto tras foto.
Me dije que no estaba bien espiar a la gente, y menos en una situación tan personal. ¿Qué me importaba a mí la vida de una extraña? Aunque… al ver las fotos que iba pasando a cada desplazamiento del pulgar me guardé mis escrúpulos. Al principio pensé que eran de su bebé, obviamente, porque en todas había un único tema: un bebé de días, en blanco y negro. Y después me di cuenta de que en las fotos —no eran fotos, comprobé aguzando la vista, sino típicos daguerrotipos del siglo XIX— aparecían personas de toda edad. También me di cuenta de otra cosa, que me puso piel de gallina: los daguerrotipos representaban escenas mortuorias, de la época en que los destrozados deudos trataban de inmortalizar en actitudes cotidianas a sus queridos familiares. Yo ya había visto en Google imágenes semejantes, y estas me parecieron mucho más tenebrosas al contrastar con el verdor del paisaje serrano, hecho de pura luz.
Con la cortina de la ventanilla protegiéndome del sol, al rato me quedé dormido.
Me despertó una voz de hombre: el chofer anunciaba una parada de cinco minutos. Al abrir del todo los ojos, reconocí la terminal de Río IV.
Vi que la joven madre se bajaba del micro. Me acerqué a la ventanilla y descorrí discretamente la cortina.
La chica ya dejaba la estación. Nadie había ido a recibirla. El bebé, en sus brazos y de cara a mí, seguía absolutamente quieto.