País Relato - Autores

marcelo di marco

dios nos libre de los lugares comunes

No hubo nada que hacer: el cáncer fue más fuerte que su páncreas.
Y ahora es el final, de una vez por todas.
Y esta convicción le trae un poco de paz: ya no habrá para él más noches de insomnio ni preguntas sin respuestas ni agachadas ni traiciones. Ya no habrá planes delirantes ni logros inventados ni justificaciones ni móviles mezquinos ni absurdas discusiones consigo mismo acerca de lo que podría haber sido y no fue. Porque su último sueño está por cumplirse de un momento a otro: irse, desaparecer, GAME OVER.
Al menos es el único sueño que se me cumplirá, piensa. Un nuevo comienzo para alguien que, por lo menos, no se portó muy mal que digamos.
Pero la vacuidad de su vida, ese paradigmático lugar común, se empeña en no dejarlo tranquilo. Como si pertenecieran a una película mal proyectada, las imágenes de su vulgaridad le llegan a los ojos de la mente en una lenta marejada de aburrimiento. Una vida perdida y sin rumbo que ha venido durando más de medio siglo, y que en cualquier momento, por fin, acabará para siempre. Y esas imágenes le llegan a él, nada menos. A él, quien desde su castillo de ilusión y de soberbia se sospechaba destinado, desde muy chico, a conmover los corazones, a soliviantar las almas mediante cuentos y poemas y novelas y ensayos incomparables. ¿Por qué habrá sido que jamás escribió una sola línea?
Y al conjuro de esas imágenes, configuradas por retazos de recuerdos, ya se entreveran las palabras del sacerdote, el ritual de la extremaunción: la … Madre … vuelva … a ti sus ojos … dulce y afable, … mande … entre los … que le asisten.
Y, después, los ojos que se cierran del todo, sin que él pueda —ni quiera— impedirlo.
Y el túnel.
Y la luz. Y la esperanza.
Y la puerta, a lo lejos. La puerta, cada vez más y más cercana. Cada vez más y más abierta. Abierta a lo nuevo. A lo distinto.
Y, cuando esa puerta hecha de rojos esplendores se abre del todo, en medio del vértigo de la caída él comprende —pero ya es imposiblemente tarde— que su inminente vida futura no será muy distinta a lo que ha sido su vida terrena. Porque un nuevo lugar común es lo que le espera ahora. Otro cliché, aunque no por eso menos real: el abismo hirviente de llamas, de hierros punzantes, de demonios armados con tridentes, de inmundicia y sulfurosa mierda.
Por los siglos de los siglos.