Puede resultar obvio, pero siempre conviene estar atento a las impensadas oportunidades que nos ofrece la vida en favor de nuestra delectación.
Ya eran cerca de las nueve de la noche cuando mi taxi tomó la Juan B. Justo. El taxista —un ajeno, completamente— seguía discutiendo por el celular con una mujer que en mal tono no se le quedaba atrás, y yo volvía a casa con cada vez más hambre, por culpa de la cerveza. Había pasado por el negocio de militaria de uno de los nuestros a retirar el par de borcegos encargados hacía unos meses. También me llevé de aquella cueva verde oliva una caja MTM para munición .22, que acababa de traerle la importadora, y además compré un aerosol Peace Ultra, para divertirnos con los perros que la corrección política hace proliferar a gusto en las costas de Gesell: en un par de días partiríamos con mi mujer a Las Gaviotas, y tanto a ella como a mí nos gusta recorrer el bosque. En cuanto a mi cofrade, justo era el cumpleaños, así que él y dos más habían sacado al pasillo de la galería una de las mesas del local, y ahí brindamos con cerveza. Sólo con cerveza. Ni un solo pincho había, o a lo mejor ya se habían terminado cuando caí yo, bien cerca del cierre. De todos modos, mal no me sentía arriba del taxi. Un poco raro, nada más. Y hambriento. Por lo menos la cerveza estuvo bien fresca.
Según pude entender, la mujer del otro lado de la línea era la hermana del taxista, y arreglaban quién debía clavarse esa noche cuidando a la madre, recién internada. Frente a mí, pegada con cinta scotch detrás del respaldo del acompañante, se exhibía una estampa de típica iconología evangélica, a todo color y en tamaño postal. Representaba unos pies con sandalias, que en su avance hacia un horizonte de encrespadas olas iban poniendo luz a cada paso. Sobre el velo de la túnica se leía:
CUANDO SIENTAS QUE LOS PROBLEMAS TE ESTÁN AHOGANDO,
RECUERDA QUE TU SALVADOR CAMINA SOBRE LAS AGUAS.
—Disculpe —me dijo el tipo no bien cortó con la otra perra—. Es por mi mamá. Le dolía el hígado, y en las radiografías salió que el hígado andaba bien, pero encontraron algo raro en un riñón. Es la voluntad de Dios.
—¿Un tumor? —pregunté, y se me vino a la cabeza la imagen de un delicioso jabalí que habíamos descubierto en un viaje por Castilla: al pie de una encina, la desprevenida bestia hozaba entre las raíces, en busca de trufas.
—No se sabe —dijo el taxista, incómodo como todo ajeno cuando se habla en términos de cáncer—. Pero la internaron para hacerle los análisis.
—Mejor —dije.
—¿Mejor?
—Si hay que intervenir —expliqué—, su madre ya tiene un lugar.
—Y sí. —El taxista parecía resignado: me había entendido—. Es lo que dice el médico.
—La biopsia…
—En complicaciones del riñón, dicen que no hacen biopsias. Directamente lo sacan, y listo. Intervienen, como usted dice.
—Ante la duda —dije haciendo gestos de cortar—, extirpar y a otra cosa.
—Es que es jodido el riñón. Cualquier infección que se le pegue ahí, ¿quién la para? Supongo que a la vieja la operan mañana mismo.
Nos quedamos en silencio. Supe que mi suerte estaba cambiando. Se me ocurrió decirle:
—Lo que yo no sé es qué hacen después con todo lo que nos sacan.
—Lo tiran, qué sé yo.
—¿Y adónde?
—No tengo idea, jefe. —Lo dijo alzándose de hombros y como el que reacciona ante una pregunta molesta.
Sonreí:
—Dicen que hacen cremas para las mujeres. Maquillaje.
El taxista no me contestó.
Miré las sandalias del Salvador. Dije:
—Que todo sea para bien.
—Gracias, señor.
Volvió el silencio, esta vez más espeso. Yo ya estaba ingresando mi password a la APP de nuestra red. El taxi llegaba a la esquina de Paraguay, y algunas gotas empezaban a pegar contra el parabrisas: esa tarde habían pronosticado que el otoño se despediría con una buena tormenta, y que tendríamos agua a chorros durante toda la noche y todo el día de mañana. Ojalá que la lluvia no interfiera con los envíos, me dije.
—¿En dónde la internaron a su mamá? —pregunté, mientras tecleaba los datos de mi cuenta, y advertí que el taxista me echaba un vistazo por el retrovisor—. Soy miembro de una agrupación en mi parroquia —expliqué alzando el iPhone como si él pudiera leer el display—, y visitamos enfermos. Me pareció oír recién que ustedes son de Temperley. ¿El apellido…?
—Ya hay hermanos nuestros en oración, pero le agradezco igual. Amaranti es el apellido de ella, de soltera. Así figura en el carné del PAMI. Somos de Temperley, pero la tenemos en el Itálico.
—Ah, cerca de mi casa.
—Tal cual. No bien lo deje a usted, voy a reemplazar a mi hermana. Ya es bastante tarde.
—Hace bien.
El auto dobló en Paraguay, y unas pocas cuadras después estacionaba frente a mi casa.
Abriendo con una mano la puerta del taxi y recibiendo el cambio con la otra, le dije al taxista:
—Acuérdese del Salvador. No afloje.
Se dio vuelta para mirarme, confuso. Y le señalé la postal del respaldo.
Sonrió agradecido.
Y estaba yo por abrir la puerta de calle cuando lo pensé mejor, y me encaminé hacia la vinoteca de la esquina. Un buen jerez le vendría perfecto a la receta que ya imaginaba para una de nuestras inminentes cenas, los dos juntos y al calor del hogar de leños, en la cabaña de Las Gaviotas: según el display, que ahora rastreaba la ruta de mi encargo, todo iba a pedir de boca; sólo debía esperar que llegara en condiciones la carne.