En medio de la cubierta y aturdida por los chillidos de las colonias de aves marinas, Délica dejó de fotografiar los nidos de los acantilados que el velero iba contorneando: acababa de descubrir, afirmado a la barandilla de estribor y extrañamente solo, al hombre mayor. El mismo que, envuelto en un Aquascutum azul marino, bien vintage, desde el principio del crucero le había llamado tanto la atención por el desenfado de sus modales. Seducía su aspecto tan natural y tan juvenil y tan ganador y tan prolijamente desprolijo, y durante el almuerzo había resultado evidente que a las demás mujeres no les caía muy mal que digamos. Para nada mal. Aquel toque indefinible —a lo que acaso se sumaba el hoyuelo de la sonrisa del hombre mayor, sus maneras y su empaque aristocrático— era algo que a Délica la daba vuelta. Así de simple. No era la primera vez que se preguntaba cómo sería hacer el amor con un hombre tan experimentado, un hombre que a lo mejor podría llevarle… Bueno, vaya a saber cuántos años más.
Y, sin pensarlo mucho, fue acercándosele hasta quedar junto a él, acodada sobre la barandilla, casi rozando la lana de cordero del Aquascutum. Y, tal como ella lo había supuesto, el hombre mayor —ahora que lo veía bien de cerca no le parecía un hombre tan mayor— supo cómo iniciar su movida, y sin importarle en absoluto los riesgos de una negativa más que segura —una negativa posible, tampoco exageremos—. Porque le dijo, tendiendo una declamatoria mano hacia el horizonte marino, y sin siquiera girar la cabeza para mirarla:
—Sé que te podrá sonar como una mariconada lo que voy a confesarte, pero…
—¿Qué? —quiso saber Délica, genuinamente interesada, y volvió la vista hacia él.
El frío del viento que llegaba de la mar profunda les agitaba el pelo entrecano y la melena pelirroja, y ella se dijo que las esporádicas ráfagas lo hacían lucir a él como un dios griego. Un dios clásico con muchos años encima. Con suficientes años encima.
—Se me antoja que quiero viajar más allá del amor —siguió diciendo el hombre, señalando de nuevo, teatral, el beso curvo de la mar y el cielo—. Y quiero que seas vos la que me acompañe.
Délica reprimió una sonrisa, se mordió los labios buscando la mejor réplica. Y, antes de que pudiera contestarle, el hombre mayor dijo:
—Terrible belleza. Sos eso, la terrible belleza de que habla Yeats. ¿Sabés que estás muy buena? Sí que lo sabés. Sos de las que se calientan de sólo mirarse en bolas frente al espejo. O me equivoco.
No: el hombre no se equivocaba. Y a Délica no la escandalizó el giro que acababa de convertir al dios de la antigua Grecia en un camionero a la caza de alguna puta rutera. Se sintió ruborizar. Dijo:
—Yeats hablaba de Irlanda en ese poema tan patriótico. No de una mujer.
—La mujer es la tierra, así que sabrás disculparme.
—Así que leyó a Yeats.
—¿Quién? —El hombre mayor exageraba su sorpresa.
—Usted.
Él la corrigió:
—Vos.
Dijo que prefería que lo tuteara, si tal regla del juego no la hacía sentirse demasiado incómoda. Pero la reconvención no la hacía sentirse ni siquiera un poco molesta a Délica, quien al mismo tiempo se maravillaba por la forma en que estaban yendo tan rápido los dos. Simplemente, quería —necesitaba, por mejor decirlo— que el dios-camionero la besara y la tocara con total descaro. Y, a punto de preguntarse en cuál de los dos camarotes terminarían por hacerlo, si en el suyo o en el de él, el hombre mayor se llevó a la boca los dedos de la mano derecha y lanzó un beso a la lejanía.
Ella buscó con los ojos el destino de aquel beso, y sólo vio en la distancia un pequeño promontorio con un par de árboles descarnados, las raíces como garras de buitre hundiéndose en la marea que estallaba contra las rocas.
—Siempre que el barco pasa por este lugar hago lo mismo —dijo el hombre mayor—. Soy un pelotudo sentimental, perdoname.
Délica negó con la cabeza, y estaba por preguntarle el motivo de aquel gesto; pero él se le anticipó:
—Lo único que nos queda de la isla de Endura —dijo— son esa roca y esos dos putos arbolitos. —Bajó los ojos, como quien recuerda. Y, al alzarlos de nuevo, ella les notó un brillo de alegre nostalgia—. ¿Querés que te cuente cómo fue y qué le pasó a este paraíso oceánico?
El día en que todo terminó, casi veinte años atrás, la arcádica Endura brillaba bajo el sol de un verano muy propicio. Decenas de turistas habían recalado en su playa de finas arenas blancas y de aguas esmeraldinas y transparentes, y el único hotel en la isla debió declararse en emergencia. Todas y cada una de las habitaciones del Endura Ranch Hotel & Spa habían sido ocupadas por gente con chicos, quilomberos pilletes que se trepaban a los cocoteros y a los bananeros y a las palmeras, desde donde les arrojaban a los bañistas cocos y plátanos y bayas; diablillos que libraban batallas navales en la mismísima piscina del hotel, montados sobre los caparazones de ingentes tortugas marinas; pilluelos que rapiñaban las heladeras y las despensas de la gran cocina, a pesar de que sus padres estaban podridos en plata. En vista de todo lo cual, el dueño del Endura se vio obligado a contratar adicionales servicios de playa, tanto policiales como recreativos.
Y ahí entra Perry en nuestra historia, Perry Fontella. Perry, alias Perry El Dulce, venía huyendo, costara lo que costase, tanto de un pasado como integrante del Cártel de Benavídez como de la omnipresente estrechez. Por aquel tiempo, alternaba su negocio de producción de brownies de marihuana con la organización de eventos para chicos, reuniones a cual más descabellada y divertida. El ex sicario era muy eficaz en lo de entretener a los incautos padres y a los desprotegidos niños. Su fama como animador de fiestitas se había extendido por el archipiélago, y el dueño del Endura Ranch decidió contratarlo —en infausta hora—, hubiera o no cumpleaños de infantes. Disfrazado como conejo siniestro, con un bate de béisbol colgándole de la cintura y el pelaje cubierto de manchas de pintura roja, Perry Fontella hacía las delicias de todos. Y especialmente hacía las delicias de los padres: estimulados por las brisas marítimas y el edénico paisaje, los matrimonios se quedaban por la tarde en sus aposentos del Endura Ranch a “dormir la siesta”, en tanto que Perry El Dulce les mantenía divertida a su prole, preferentemente en las orillas del mar. Por medio de su gomón a motor se cruzaba del continente a la isla con su propio equipo de sonido, amplificador y micrófono, y desde su incuestionable autoridad ponía a los pequeños a cazar pompas de detergente y a resbalar por lonas enjabonadas, directo a las olas, y a tratar de ensartarse en aros corriendo con el agua a la cintura.
Y así fue que, para la tarde que sería la última tarde de la isla de Endura y sus habitantes y sus turistas, Perry decidió inaugurar una rutina que habría de ser considerada como la más catastrófica en la historia de las animaciones infantiles.
Fáfner —así dijo llamarse el hombre mayor, sólo cuando Délica le preguntó su nombre, cada vez más interesada en el relato—, Fáfner hizo silencio y sonrió con una mueca misteriosa y seductora. O al menos eso fue lo que a ella le pareció. Sin preocuparse del viento creciente ni de la noche, que ya se aproximaba, seguía en vilo la narración de ese hombre por el que ahora se sentía increíblemente atraída: las modulaciones de aquella voz profunda resonaban cada vez más hipnóticas, y en sus tonalidades el relato cobraba dimensiones épicas. Sin dudas, la de Fáfner era toda una histriónica personalidad capaz de imponerse a cualquier auditorio. Délica se preguntó cuándo fue la última vez que se había depilado, y al mismo tiempo se sintió ruborizar.
El barco ya había dejado bastante atrás aquel promontorio que había sido la isla de Endura, y ahora ponía proa a Bahía Glesser, con las velas recogidas.
—¿Y cómo era la rutina que estrenaba el animador, Fáfner? —preguntó ella.
Él no le contestó. Sacó una imprevista pipa de espuma de mar, que le sentaba maravillosamente, y después de unas cuantas bocanadas que la brisa dispersó dijo:
—Prometeme que no te vas a asustar.
El instinto amoroso de Délica la hizo acercarse más todavía, y el aroma del tabaco —cuero y chocolate— y la fragancia de la lana del Aquascutum de ese hombre con nombre de dragón terminaron por perderla. Dijo, estrujándose contra el cuerpo viril y sintiéndose más contenida que nunca:
—Si me asusto te tengo a vos, Fáfner.
Y él soltó otra fumarada en el aire salado y siguió con su historia. Délica se dio cuenta de que disfrutaba cada palabra tanto como ella.
Antaño un auténtico experto en la magia de hacer desaparecer individuos indeseables, para regocijo de sus jefes, Perry El Dulce era hogaño un experto en la magia de armar volcanes caseros —playeros, mejor dicho—, para regocijo de la gente menuda. Volcanes en escala 1/5000, por supuesto: volcanes chicos para chicos. Cuando tenía ya dispuestos, dentro de una mochila oculta, los ingredientes que le darían vida a su volcán, les ordenaba a las bestezuelas que prepararan una montaña de arena lo más cerca posible de la orilla, lo cual le daba tiempo para liarse y fumarse su cigarro de cannabis de todas las tardes. Y, cuando la montaña ya estaba lista y bien compacta, les hacía cerrar los ojos a los inminentes testigos de su truco, y entonces aprovechaba para hundir en la cima un buen vaso de plástico, después de lo cual lo llenaba hasta la mitad de vinagre mezclado con pimentón rojo, y coronaba su número echándole adentro un paquete de bicarbonato. ¡Ni qué narrar la alegría con que los chicos acompañaban la erupción de aquella inocente carajada, cómo aplaudían al ver la “lava” bajando por la ladera de la montaña que ellos mismos habían levantado!
Sólo que esta vez, La Vez Definitiva, Perry Fontella decidió crear su volcán con fuego, con fuego de verdad. Y no solamente se le pasó por su cabeza maravillar a los chicos con humo auténtico y con llamas bien pero bien altas. Aquello sería no sólo un volcán, sino un volcán bajo el que moraría un ser muy descomunal y muy soberbio.
—Y muy dormido —dijo en voz alta, en la soledad de su cuarto de Bahía Glesser, mientras iba urdiendo un cuentito verosímil.
Días antes del Día D, Perry El Dulce encontró en la incipiente internet una considerable cantidad de páginas con invocaciones de lo más curiosas y estrafalarias. Se dijo que los chicos estarían encantados con tan rarísimas palabras de brujos, muy difíciles de pronunciar, así que las leyó ante su grabador, y pronto logró memorizarlas perfectamente.
Y llegó el gran día, la tarde final para Endura.
—Caven de este lado para que el volcán que hicieron tenga buena ventilación —les ordenaba por un megáfono Perry, en la playa del hotel, a una treintena de chicos. Y todos obedecían presurosos a ese conejote con la piel tan blanca y tan manchada de sangre, que cada tanto revoleaba por encima de las puntas de sus orejas el amenazante bate de béisbol—. Eso, muy bien. Ahora me traen los palitos que estuvieron arrancando de las reposeras de ratán de la piscina, que yo ya tengo papel de diario y alcohol de quemar. Eso, así. Tomen, pongan estos bollos y los palos adentro de la chimenea del volcán. ¡No, por arriba no! Por abajo, por el agujero que practicaron primero. Eso. Muy bien. —Perry Fontella hizo una dramática pausa—. Bueno —volvió a decir por el megáfono—, yo les pregunto: ¿están todos listos?
—¡Sííí, Sweet Perry, estamos todos listos! —dijeron a coro los peques, a quienes Perry había instruido para que lo nombraran con la versión artística de su apodo. Algunos grandes miraban y sonreían.
—¿Y trajeron los fósforos? —Sweet Perry alzó su bate, y enseguida uno de los chicos le alcanzó una caja de fósforos de buen tamaño.
Sweet Perry dejó a un costado el bate y el megáfono, y se agazapó en la base del volcán. Y muy pronto las caras de los pequeños salvajes se iluminaron con el gozo del miedo al ver cómo las llamas empezaban a crecer y a crecer por la boca de esa montaña de fuego.
—¡Hurra, bravo! —gritó Sweet Perry, y el megáfono acopló un poco, y varios chicos se cubrieron las orejas—. Y ahora, mientras el fuego del volcán crece y crece, yo les voy a contar una historia bien de terror. —Volvía a empuñar el bate de béisbol—. ¿¡Quieren que Sweet Perry les cuente una historia bien de terror, la puta madre, o prefieren ir a aburrirse con sus aburridos padres en la habitación del hotel!?
—¡¡¡Queremos que nos cuentes una historia bien de terror, Sweet Perry, la puta madre!!!
El fuego crecía y crecía, tanto como las ganas que tenía Perry Fontella de que ese fuese el mejor acto de su malhadada existencia. Y sería el mejor, sí, pero también el último.
—Cuando esta isla se fundó —empezó a recitar, pero un pendejo maleducado lo interrumpió enseguida:
—Las islas no se fundan —dijo aquel impertinentito de anteojos culo de botella, un patizambo descolorido con cara de bibliotecario prematuramente jubilado—. En todo caso se descubren. O emergen. O bien se dividen, como pasó con el supercontinente Pangea hace doscientos millones de años. Cualquiera lo sabe.
Andate a la puta que te parió, pensó Perry El Dulce, decidido a ignorarlo y picar en punta con su relato pacientemente inventado.
—Cuando esta isla se descubrió o se dividió —dijo—, el hechicero de la tribu de los indios enduros…
—“Indios” es un término absolutamente incorrecto —explico, doctoral, el ratoncito anteojudo, obviamente dispuesto a joderle a vida a aquel tipejo disfrazado de conejo que ya estaba montando en cólera como hacía tiempo que no montaba: hasta oculto por la máscara se le notaba la calentura a Sweet Perry, quien empero trataba de controlarse.
—Cuando esta puta isla fue descubierta por los putos holandeses —siguió diciendo, empecinado—, ningún… nativo le hizo frente al cruel invasor.
—¿Por qué? —quiso saber una flaquita desgarbada de malla verde flúo y demasiado cavada para su corta edad.
—Por la misma razón que hoy pondrían sus padres para justificar su falta de coraje: a los ind… a los aborígenes enduros les encantaba dormir la siesta con las aborígenas enduras, y a las aborígenas enduras les encantaba dormir la siesta con los aborígenes enduros.
Los chicos consideraron válida aquella alternativa pacifista, de modo que Sweet Perry siguió con su relato:
—Indignado por tanta cobarde pasividad, el hechicero de los enduros le lanzó una maldición a su propia gente. Así le habló aquel brujo a la tribu entera: “Algún día, cuando se pronuncien las palabras propicias, el lagarto gigante que vive debajo de esta misma arena que pisamos se despertará de su letargo de siglos y se dedicará a almorzarse a toda la gente que se le cruce. Se almorzará tanto al invasor holandés como al cagón enduro y a la puta endura. Solamente hay que decir las palabras adecuadas, al pie de un volcán”.
»Nadie le creyó, porque en toda la isla de Endura no hay un solo volcán. Pero no contaban con que, algún día, nosotros íbamos a construir uno.
—¡Mentira, malo! —dijo otro de los mocosos, pero esta vez Sweet Perry supo qué responder. Señalando con el extremo del bate al último que había hablado dijo:
—Si eso es mentira, gaznápiro, ¿por qué sentimos bajo nuestros pies el vibrar de la arena, eh?
—Yo no siento nada, tío —dijo el mocoso.
—Este movimiento que ustedes sienten ahora mismo —siguió diciendo Sweet Perry con el tono de voz de un solemne hechicero—, es la Bestia. Es el lagarto gigante que está despertando para venir a devorarnos a todos.
—Mentira, yo no siento un carajo —dijo una nenita dientuda, con colitas en el pelo.
—Y yo tampoco siento un carajo —dijo un gordito bizco, la cara llena de pecas como cagadas de moscas.
—Y yo tampoco.
—Y yo tampoco.
—Y yo tampoco.
—Ustedes no sienten nada, pero yo sí —dijo Sweet Perry, y dejó el bate en la arena, conteniendo así las ganas casi incontenibles de volver a su antiguo oficio de extintor de vidas—. Si quieren sentir cómo el piso tiembla, acompañando el rugir de este volcán en llamas —señaló la montaña de arena, que seguía echando fuego, aunque ahora no tanto—, repitan conmigo cada frase que yo les diga. ¿Entendieron?
Más por curiosidad que por otra cosa, la mayoría de los chicos se animaron a decir que sí.
—Bueno, entonces dense las manos y bailen en ronda.
Todos se agarraron de las manos y empezaron a bailar en ronda.
—¡No, boluditos, así no! —dijo Sweet Perry—. ¡La ronda es alrededor del volcán!
Los chicos, incluso el díscolo anteojudo y la nenita dientuda, por mencionar sólo a un par de elementos hostiles al animador, formaron la ronda alrededor del volcán, sin un solo chistido: como también les sucede a casi todos los adultos, les encantaba que los insultasen en broma, y más si el que los llamaba “boluditos” era un conejo gigante con aspecto de maloso. Y entonces la voz de Sweet Perry salió por el megáfono, mezclada con un chirrido que le puso los pelos de punta a todo el mundo, incluso al propio Fontella:
—¡Repitan conmigo la brujería del hechicero! ¡A ver si el piso tiembla o no tiembla, carajo!
—¡A ver si el piso tiembla o no tiembla, carajo! —obedecieron los chicos, y Sweet Perry contuvo la risa y exclamó:
—¡Honor a ti, enorme Nyarlathotep!
Todos los chicos, y también varios grandes, redoblaron el ímpetu:
—¡Honor a ti, enorme Nyarlathotep!
Satisfecho con la respuesta, Sweet Perry disparó la nueva invocación:
—¡Honor a ti, monarca de todas las razas del cielo y de la Tierra!
—¡Honor a ti, monarca de todas las razas del cielo y de la Tierra!
—¡Honor a ti, Señor de los Abismos!
—¡Honor a ti, Señor de los Abismos!
Y entonces Perry Fontella, sin saber lo que hacía, recitó la última parte del conjuro que insensatamente había copiado de sitios prohibidos de la web profunda:
—¡¡¡EH-YA-YA-YA-YAHAAH- E’YAYAYAYAAAA… NGH’AAAAA… NGH’AAA… H’YUH…!!! ¡Despierta y ven a nosotros, Caos Reptante!
—¡¡¡EH-YA-YA-YA-YAHAAH- E’YAYAYAYAAAA… NGH’AAAAA… NGH’AAA… H’YUH…!!! ¡Despierta y ven a nosotros, Caos Reptante!
Y sucedió que la arena de la playa empezó a moverse y a desmoronarse bajo los pies de los chicos, de Sweet Perry y de los padres y demás curiosos que habían acudido al pie del volcán, intrigados con aquel acto que no tardó en revelar su auténtica y satánica naturaleza. Todos se miraron aterrados, trataban de hacer pie.
—¿Qué carajos pasa? —dijo Sweet Perry, y dejó el megáfono en la movediza arena, se quitó la máscara de conejo siniestro y empuñó el bate, a modo de garrote.
—Se equivocaba Sweet Perry —le dijo Délica a Fáfner, a quien ya le acariciaba el cuello, invitadora—. Al que se lo llamaba Monarca de Todas las Razas del Cielo y de la Tierra era a Cthulhu. —Y recitó una de las principales invocaciones de la oscura deidad—: “Cthulhu, conocido por todas las razas que caminan por encima y por debajo de la Tierra”.
—Como fuese —dijo Fáfner—, el acto funcionó. Vaya a saber de dónde habrá sacado Perry Fontella esa mezcolanza de palabras, pero lo cierto es que el acto funcionó. No me extrañaría que haya extraído del mismísimo Necronomicón esas palabras malditas, de puro atolondrado.
Lo primero que los participantes de la animación en la playa vieron surgir de entre la arena del volcán, desde abajo, fue lo que en un principio a Perry Fontella se le antojó un obelisco erigido por alguna civilización perdida a la que las arenas de Endura venían cubriendo desde el comienzo de los tiempos. Pero a esa misteriosa formación le sobrevino otra, y otra, y otras dos más, envueltas en un humo denso que nada tenía que ver con el inocente fuego que los chicos habían preparado. ¡Eran dedos, dedos terminados en uñas largas como los mástiles del velero del Endura Ranch! ¡Era la gigantesca garra de la criatura que despertaba! Los chicos y los grandes más cercanos al volcán fueron izados por esa zarpa atroz, que al bajar y estrellarse en la zona dura de la arena los convirtió en un amasijo de pulpa roja. Los turistas más avispados echaron a correr, en tanto que la Bestia apoyaba la otra mano contra la arena, como un buzo cuando se afirma al borde de algo para salir del agua.
Y lo próximo en brotar fue una rodilla escamosa, más enorme que la cúpula de un edificio. Después emergieron de entre la arena el lomo, el culo peludo y la cabeza cornuda y plagada de ojos que se iban desperezando de babosas legañas a medida que la criatura iba despertando. Los alaridos que pegaba aquella aberración paralizaban a todos de un horror inaudito. Y la Bestia se dio a devorar a diestro y siniestro tanto a niños como a adultos y embarcaciones y vehículos y casas, según lo había predicho el hipotético hechicero. Hasta las palmeras de la orilla se devoraba esa abominación. Perry El Dulce fue uno de los primeros en ser desgarrados por tan tremebundos colmillos, cada uno del tamaño de un T-Rex desde la cabeza hasta la punta de la cola. Y la monstruosidad terminó de salir del todo de su albergue de arena y océano, dentro del que había dormido a la espera del ritual que la devolviera al mundo. En su avance estrujó con el dedo gordo del pie dos tercios de la isla, y en esa acción acabó con el puerto, el Endura Ranch Hotel & Spa y los funiculares que unían las montañas con las orillas. Y ya podía decirse que Endura no tenía más orillas, simplemente porque Endura misma iba desapareciendo bajo la voracidad de Cthulhu.
—El último tercio —dijo Fáfner mirando hacia la marea nocturna—, lo único que quedaba del paraíso, fue escarbado por la garra del monstruo. Y él fue creciendo más y más, a medida que la superficie de Endura iba menguando. Y eso confirmó lo que muchos investigadores necronomiconólogos venían sospechando en sus arduas elucubraciones: Cthulhu podía cambiar de forma, podía adoptar el aspecto y el tamaño que se le antojase. Soy testigo de cómo le cayeron por la comisura de esa boca informe los dos árboles y el promontorio que vos y yo hemos visto cuando todavía había sol. Así terminó Endura, y así termina mi relato.
—¿Y de Cthulhu qué se hizo?
—Echó aletas y extremidades isoscélicas y fibrosas, en modo acuanauta, y se hundió en el Pacífico. Fin del cuentito de tío Fáfner. Ahora ocupémonos de lo nuestro, Délica.
—Quiero que me protejas.
—Por supuesto que voy a protegerte. ¿Pero a qué viene tu…?
—… me dio un poco de miedo lo que me contaste —explicó ella, entornando los ojos y desde su ardiente candor—. Aunque sea una fantasía, la contaste tan bien que me dio un poco de miedo.
—Voy a tener que redimirme entonces. —La boca de Fáfner buscó la boca de Délica, pero ella se apartó y dijo:
—¿Lo nuestro que decías será en mi camarote o en el tuyo?
Fáfner la miró extrañado.
—¿Camarote, bonita? —Lo preguntó con el tono de quien regaña a una criatura—. Ya te he dicho que quiero viajar más allá del amor.
—Claro que sí, viajá a donde quieras. —Délica hacía lo posible por seguirle el juego. Lo abrazó de la cintura y lo atrajo hacia sí, mirándolo a los ojos. Y llevó una mano a su miembro (un muy prometedor y largo y nervudo miembro, por lo que podía palparse), con un desparpajo del que jamás había sospechado que fuera capaz. Qué importaba, en cubierta no había nadie más que ellos dos.
—Y también te dije… —susurró Fáfner, con los ojos muy brillantes en medio de la noche, tan brillantes que reflejaban el bronce de la barandilla del velero—. También te dije que quería que fueses vos la que me acompañara en ese viaje.
—Viajá a donde quieras, mi amor —dijo Délica, entregada—. Y llevame a donde quieras.
Fáfner obedeció: de su espalda surgieron alas membranosas que desgarraron el Aquascutum y envolvieron a Délica igual que si de una crisálida se tratase, y enseguida saltó por la barandilla del velero y se hundió en las frías aguas del Pacífico con su presa bien aferrada, y así buceó como un tritón rumbo a los más profundos abismos más allá del horizonte.