País Relato - Autores

marcelo di marco

de trampa

El Gordo dejó atrás el pinar y llegó a la orilla del río, que resultó ser de aguas sombrías y acaso profundas. Alzó la mirada hacia las montañas nevadas de San Martín de los Andes: un paisaje de película, tal como lo sugerían las imágenes de TripAdvisor. Al darse vuelta para calcular a cuántos centenares de metros quedaba la cabaña, vio en lo alto y entre los pinos la brizna de humo que salía por la chimenea, contrastando con el celaje del mediodía. Y se dijo que no debería demorarse mucho en su primera exploración: Jenny ya tendría listo el estofado de ternera que le había prometido como primer almuerzo de su luna de miel.
Al volver la vista al río, en la placidez del remanso y a apenas tres pasos, él descubrió enredada entre los juncos una mano. Una mano pequeña. La mano de un chiquito, que se agitaba como pidiendo auxilio.
El Gordo era un buen hombre —de chico soñaba con ser rescatista y esas cosas—, así que su primera reacción fue la de echarse al agua. La segunda reacción es casi indescriptible, pero trataré de hacer mi mejor esfuerzo: al sentir que una cadena de carne espinosa le envolvía el tórax con la fuerza de una serpiente constrictora, y que a través del agua, arriba, el sol se le iba haciendo más y más lejano a medida que aquello lo arrastraba a las profundidades, el filántropo pensó en la última imagen que había visto de su flamante esposa antes de salir de la cabaña, a explorar el terreno: Jenny cortando la ternera en cubos con un cuchillo que él le había regalado días atrás, un santoku idéntico al que Arguiñano usa en la tele.
Cuando Jenny, preocupadísima porque el Gordo no le contestaba el celu, llegó a la orilla del río según el camino que él le había indicado antes de salir “de exploración”, lo primero que vio —sorprendida, más que horrorizada— fue algo blanco moviéndose entre los juncos del remanso. La mano de un chiquito, que se agitaba como pidiendo auxilio.