País Relato - Autores

marcelo di marco

cachorro de loba

De lo que voy a contar pasaron más de cincuenta años, pero jamás volví a ver en ninguna cara —salvo en las de algunos de los interrogados sometidos a las más espantosas torturas en los sótanos de La Mayor— el exquisito terror que mostraba la cara de mi madre cuando la parte trasera de aquel ómnibus, una especie de brontosaurio de veinte toneladas, estaba a punto de aplastarla contra la pared.
Yo era chico, y no entendía muy bien cómo la pobre fue a quedar encerrada en un recoveco que formaban en escuadra la pared interna del frente de la vieja terminal de ómnibus de Constitución y la pared del extremo derecho. Pero ahora, de grande, puedo hacerme una idea de cómo sucedieron las cosas.
Éramos papá, mamá, mis abuelos paternos y yo. Creo que habíamos ido a despedir a mis abuelos, que en aquellos años siempre se mandaban para el chalet de Mar del Plata. Y estábamos a los besos y a los abrazos los cinco cuando súbitamente el micro en cuestión empezó a dar marcha atrás para acomodarse en su plataforma, y esa maniobra obligó a que nuestro grupo se dispersara del susto, cada uno por la nuestra como los hijos de Martín Fierro. Ahí la perdí de vista a mamá, pero los gritos de la gente que estaba del lado de la calle me lanzaron a rodear el micro y correr hacia la parte trasera. Y pude ver cómo el ómnibus, al ir retrocediendo, casi rozando la pared, hacía que mamá se fuera quedando sin escapatoria. Resumiendo, y para que termine de entenderse, el destino le estaba dando a ella solamente dos opciones: o bien se atrevía a salir de la encerrona pasando milimétricamente entre la pared y el costado del micro, que no paraba de maniobrar retrocediendo, o bien seguía retrocediendo ella también con la esperanza de que el micro se detuviera.
Pero el micro no se detuvo: el tipo seguía dándole a la enorme rueda del volante, seguía virando y virando. Hasta que mamá —y esto sí que es otra cosa que pude ver con mis propios ojos— llegó a su límite: el muro que daba a la calle. En esa época se lo pasaba jugando al tenis, era muy delgada; así que pegó la espalda y las palmas de las manos bien contra el muro, y el instinto la hizo ponerse en puntas de pie para reducirse, para achatarse lo más posible. Y todo eso muda, aguantando la respiración y sin decir una sola palabra y sin dejar de mirar la arista de la parte trasera del ómnibus, que se le venía y se le venía más y más como el péndulo de aquel condenado de un cuento de terror que yo tenía leído. ¿Y la gente qué hacía? Nada. Gritaban de miedo, como si eso sirviera para algo.
No quise ver más. Me volví a la parte delantera del micro, frente al que ya había bastante público. Algunos de los espectadores, como papá, separados del chofer apenas por la luneta delantera, le hacían gestos al tipo y le decían tímidamente, desde abajo:
—Pare, pare…
Y el tipo, como si oyera llover, seguía girando hacia atrás. Seguía girando hacia mamá.
Entonces llegó corriendo uno de los choferes, y alzando las dos manos le gritó al compañero:
—¡Pará, Pancho, que tenés una mujer atrás!
El tal Pancho miró por el retrovisor, y habrá visto que adentro del micro no había nadie, porque siguió retrocediendo.
Papá estaba más blanco que los abuelos mismos, y no atinaba a decir una sola palabra.
Desesperado, el compañero del chofer pegó un salto y le encajó un puñetazo al parabrisas. Y ahí sí, la neurona de Pancho hizo sinapsis con alguna otra que de pedo andaría dándole vueltas por el bocho, y él terminó por darse cuenta de que algo raro pasaba. Y frenó.
—¡No te dije que tenías una tipa atrás, o no te lo dije!
Y antes de que Pancho, siempre sentado al volante, pudiera responderle al compañero, y cuando papá y los abuelos y yo estábamos por ir a ver qué le había pasado a mamá —yo no me animaba, pensando que esta sería mi primera vez de ver un cadáver en vivo y en directo, y encima un cadáver aplastado, y encima ese cadáver aplastado era el de mamá—, mamá apareció. Mamá apareció a toda carrera, con la pollera torcida, y rengueando porque había perdido un zapato. Fulguraba de exasperada furia, y era tanto el fulgor de su odio que todos nos abrimos en abanico para darle paso. Y se plantó delante del micro, bien frente al chofer.
La luz blanca de los tubos de la estación la iluminaba, pero juro que no le hacía falta: a mis ojos, mamá irradiaba una luz propia. Sus palabras irradiaban una luz propia, una luz negra, y acentuaba cada una de esas palabras con sacudidas de su mano en alto, de su mano derecha en alto, que más parecía una máquina de dar chicotazos en el aire que una mano de mujer —la izquierda la cerraba en un puño, el brazo bien estirado al piso—. Quiero dejar constancia de que, a la hora de hablar mal, mamá era lo que se dice una cloaca, y nunca pude descubrir la causa, porque la madre de ella era una lady a quien jamás le oí una sola mala palabra. En cuanto al padre, mi abuelo materno, envuelto el viejo en sus melancolías de almacenero asturiano, yo prácticamente ni le conocía la voz. Tal vez habían sido unas compañeras de la secundaria, bastante reas por lo que contaba mamá, las que la contagiaron. Pero eso es pura especulación mía, y sólo me sirve para expresar esta idea: jamás sospeché que pudiera salir de la boca de una persona semejante catarata de insultos gritados a voz en cuello y sin tomar aire, porque no terminaban nunca. Mamá puteaba y reputeaba y sacudía la mano a cada puteada, como si el futuro de la humanidad dependiera de la mayor cantidad de improperios que ella pudiera disparar.
Y papá dijo, con el tono avergonzado de quien pide disculpas en nombre de otro:
—Pará, Lucy, que hay gente. Basta, Lucy.
—¡Qué basta Lucy y la puta que te parió, infradotado de mierda! —le contestó mamá, sacadísima, y siguió delante del chofer agitando esa mano que rubricaba cada uno de los millones de indecencias que salían de su boca.
En cuanto al Pancho, no se movía de su lugar en el asiento, protegido dentro de la pecera, allá en las alturas. Se puso de codos sobre el volante, y ahí se quedó, inspeccionándose la uña del pulgar y mordisqueándola. Ni la miraba a mamá, seguramente esperando a que se le terminara el aceite de la alcuza. La lava del volcán, por mejor decirlo.
Volvimos a casa los tres en el Fiat, y mamá no dejó de repetirle a papá, en voz baja y durante todo el trayecto desde Constitución a Caballito y con ligeras variantes, que vos no tenés huevos ni para salir a la calle a ver quién toca el timbre, maricón. Papá, para variar, no dijo palabra alguna.
Después de ese episodio, duraron casi diez años. Se divorciaron de común acuerdo cuando yo ya tenía diecinueve y entrenaba como raso en los subsuelos del ente estatal que hoy se conoce como La Mayor. De más está decir que tal separación no sorprendió a nadie. Tampoco el suicidio de papá sorprendió a nadie. Ni tampoco la forma en que lo llevó a cabo, a base de Lexotanil. Ni tampoco sorprendió a nadie el alcoholismo galopante de mamá, que murió fulminada por una “insuficiencia hepática aguda” antes de cumplir los cincuenta.
En cuanto a mí, debí lidiar durante toda mi vida para desbaratar de mi estructura mental las nefastas secuelas que la sabiduría popular le asigna, con cierta justicia, a la ecuación PADRE OMEGA POLLERUDO + MADRE HEMBRA SUPERALFA = HIJO PSICÓPATA. Mal no me fue, aunque no creo haberlo logrado del todo: siempre me despierto con dolorosas erecciones incontrolables después de soñar que vuelvo a ver en la cara de algún semejante aquella expresión de exquisito horror de mi madre cuando estuvo a punto de morir aplastada por la mole que se le vino encima en ese marzo tan caluroso. Hoy, en mi madurez, convertido en un experto interrogador de La Mayor, grado quinto, a veces consigo revivir en mis interrogados esa misma ofrenda. Esa misma mirada de horrorizado respeto que tuvo mi madre ante la visita de la muerte.