Entró en el departamento y cerró de un portazo, recontracaliente por la discusión absurda que había tenido con la pelotudita esa, una hora atrás. Para qué carajos habría aceptado ir a la reunión. ¿Para verles las mismas caras de orto a sus viejos compañeros de la secundaria, fracasados de mierda? Encima hubo quienes cayeron con la mujer y todo. Bagayos de culo achanchado, por supuesto, meta parlotear y mandarse la parte como todas las viejas amargadas y celulíticas, a quienes lo único que les queda es aparentar.
La que sí estaba buena era la pelotudita en cuestión. La novia del Flaco Brunetta, a la que el otro le llevaba más de veinte años. La psicóloga “recién recibida en la Kennedy”. La hija, parecía.
Era bien tarde, pero a él no le importó haber hecho ruido con la puerta: ningún vecino tenía los huevos suficientes para animársele. En cuanto al Máster, nada alteraba su estado de obesa contemplación, siempre adentro de la bañadera, a la que con los años había convertido en su hábitat, ganado por derecho propio a base de mantener el departamento libre de roedores, cucarachas y cualquier bicho que anduviera en cuatro, ocho, cien o dos patas. El Máster era un fenómeno, su único amigo.
Se miró en el espejo del hall mientras se sacaba la campera, que ya le estaba quedando chica. Qué paradoja: él, tan grandote, y la enana esa mirándolo desde arriba mientras le daba cátedra delante de todos. Y el Flaco Brunetta no le decía nada.
—Dejá de darte manija, Osvaldo —le dijo a su propia imagen.
Pero era imposible no darse manija. ¿Nunca le explicaron a la taradita esa que es una falta de ética ponerse a interpretar fuera del ámbito profesional? Qué humillación, por favor.
Aunque, en realidad, la pendeja no había interpretado nada.
Lo único que había hecho fue asegurarle —y sostener sus afirmaciones durante media hora, eso sí, y bien fuerte— que el relato de él era sólo eso: un relato. Y un relato inventado. Le parecía estar oyéndola: “Es imposible que alguien pueda conservar en su memoria hechos que supuestamente le ocurrieron a los dos o a los tres años, Alberto. Te lo deben de haber contado tus padres”. No fueron esas sus palabras, pero sí la idea. Y, para colmo, él tuvo que aguantarle el tuteo, pendeja irrespetuosa, y que le confundiera el nombre. Y Brunetta, como si oyese llover. Y no había cómo explicarle a la minita que él lo había vivido todo, y bien vívidamente. No se lo estaba armando a partir de algo que le contaron los viejos. Si hasta podía oler el humo de las hojas quemadas. Y ahí estaba el Máster, para corroborar lo dicho. ¿No era posible, acaso? ¿Un hecho que le provocó a uno semejante terror no puede quedar grabado en la memoria para siempre, tal como sucedió? No, no había caso: la minita de Brunetta era irreductible. Por eso él había optado por mandarse a mudar y chau.
Meó en el toilette del hall —a altas horas de la noche evitaba el baño grande, para no perturbar al Máster—, en el dormitorio se puso el piyama y se calzó las pantuflas, y después fue a la cocina a calentar un tazón de vino. Le echó un clavo de olor y una rama de canela. Le agregaría una buena cucharada de miel, de paso. Y leche. Mandándose esa mixtura, podría dormir algunas horas.
Cuando el vino ya estaba bien caliente se sentó en la soledad de la cocina. A recordar, trago a trago.
Cincuenta años atrás, él estaba dominando las piernitas, apenas. Se tropezaba a cada rato, pero se empeñaba en explorar. Habían ido a visitar el club al que los viejos pensaban asociarse para jugar al tenis. Lo que estaba por suceder sucedió a un costado de la cancha de rugby del club. Eso sí se lo contaron cuando preguntó, años después del hecho, qué habían ido a hacer los viejos y él a un lugar tan grande y con tanto pasto. Y con tanto frío, y bajo un cielo de nubes.
Los viejos se distrajeron —habían llevado unos sándwiches al quincho—, y él de buenas a primeras se descubrió delante de una montaña de hojas secas, que seguramente había rastrillado alguno de los de Mantenimiento. La montaña era un simple montón; pero, en esa época, él apenas les llegaba a las rodillas a los grandes: desde su punto de vista, aquello era una montaña. Y una montaña que había que escalar, de puro curioso.
Fue avanzando, inseguro, porque además las hojas no ofrecían mucha resistencia. Fue subiendo. Y los pies se le hundían. Las hojas, de tan secas, crujían a cada paso. Iban cediendo a cada paso. Y además largaban humo. Un vapor, podría ser, en contraste con el frío de esa mañana —o esa tarde— de invierno. O a lo mejor los obreros había prendido fuego a las hojas de abajo, y ahora quedaba el humo.
Algo le tocó los tobillos.
Algo frío que se movía. Miró para abajo, y entre las hojas secas descubrió por primera vez en su vida qué era el terror. Y el terror era una multitud de cabecitas con ojos negros, bien vivos. Y esos ojos muy negros y muy brillantes lo miraban a él. Lo miraban con odio, con una maligna intención. ¿Quiénes eran? ¿Qué eran? Eran los habitantes de la montaña de hojas. Y estaban por defenderse del intruso.
Se mandó un buen trago del tazón.
¿Le gustaría al Máster acompañarlo? A veces él entraba en el baño, y el Máster apartaba con una pata la cortina de hule de la bañadera y asomaba la cabezota, pidiendo.
Pero no: Osvaldo estaba muy cansado por la discusión, y por la hora que se había hecho. Y, además, a la noche siguiente pensaba alimentarlo al Máster mucho mejor que con una escudilla de ponche: lo esperaba una misión para la que debería estar bien alimentado. Una excursión punitiva que él empezaba a barruntar, con el pensamiento puesto sobre todo en la evocación de aquel día espantoso.
Los sapos no lo dudaron: empezaron a surgir de entre las hojas, a saltar contra el invasor, a defender su territorio. Y él atinaba solamente a escaparse hacia arriba y adelante. Hacia la cima de la montaña, en donde lo esperaban muchas más de esas cosas horrendas y pegajosas que le saltaban encima. Y lo peor era que él no tenía la más mínima idea de qué se trataban esas inmundicias, y eso le exacerbaba el horror: el hecho de jamás haber visto, en sus dos o tres años de vida —y ni siquiera en un dibu, o en un librito de cuentos— un maldito sapo. El terror a lo desconocido, que habría de marcarlo para siempre.
Osvaldo se terminó el ponche, después de recordar cómo lo rescataron. Uno de los obreros fue. Estiró los brazos, y lo liberó de esos demonios. Así de sencillo. Después lo llevó para los quinchos, de la mano. Todavía se acuerda él de la carcajada de mamá al enterarse de lo que le había pasado con “esos pobres sapitos, señora”. Hasta de la bronca que le dio se acuerda Osvaldo, demolido por la indiferencia de los grandes.
¿Así que esos eran en realidad inventos, pendeja, en lugar de recuerdos?
—¡Las pelotas! —gritó, y estrelló el tazón contra la pared.
Paró la oreja, en dirección al baño grande. En dirección al Máster.
Nada. El ídolo seguía en su contemplación inmutable, a la espera de que anduviese algún bicho cerca.
Osvaldo levantó los pedazos del tazón, limpió los azulejos. Enseguida fue hasta la campera, sacó su celular y verificó la dirección de Brunetta.
—Mañana será otro día —dijo, y se mandó para la habitación.
A tratar de dormir un poco.
A la noche siguiente, una desesperada y flamante licenciada en Psicología trata de despertar a su novio, que no hay quien lo despierte al jovato.
—¡Hay ruidos, pelotudo, no oís! ¡Hay ruidos detrás de la puerta, ahí justo!
Y el obediente novio se despierta y se incorpora en la cama, a escuchar: en efecto, hay ruidos como los que haría un gato de buen tamaño que pretendiera entrar arañando la puerta.
—Pero nosotros no tenemos gato —dice estúpidamente el novio.
Y prende el velador, que apenas echa un poco de luz en la penumbra —el jovato usa lámparas de bajo consumo, que tardan en agarrar—. Y se levanta, tambaleante del sueño.
Pero Brunetta no llega a ponerse la robe, ni a atinar a nada que no sea otra cosa que ser testigo del horror: la puerta del dormitorio cede hecha trizas, y algo gordo y redondo y espatulado se abalanza hacia la cama y se embucha de un solo lengüetazo a la sabihonda noviecita.