País Relato - Autores

marcelo di marco

anatomía del fracaso

El fragor de los truenos y el ulular de las ráfagas de agua que sacudían la casa hasta los cimientos terminaron por sacarme de quicio: imposible dormir esta noche. En la penumbra del dormitorio, medio incorporándome en mi cama de viudo, me restregué los ojos y miré más allá de la ventana, hacia la loma del bosque impenetrable. No recordaba haber estado jamás bajo una tormenta tan apocalíptica, con el agua del temporal bajando en remolinos entre las raíces y las rocas y amenazando con rebasar el pantano. Imaginé la lluvia acribillando y acrecentando esa superficie traicionera, allende el camino que conduce a casa, un sendero practicado entre el bosque por las ruedas de mi Volkswagen. Un camino que ya se ha vuelto intransitable días antes: el dos veces centenario caserón y yo seguimos aislados a merced de la tormenta.
—Esto es lo malo de vivir tan lejos —dije, y me pregunté cuánto podría resistir la casona.
Y estaba por apartar la vista de las tinieblas del bosque, del que apenas distinguía algún perfil de la enramada, cuando un tajo de luz se abrió entre las nubes. Acababa de activarse un reflector sobre el escenario de una obra escalofriante, esa fue mi primera impresión.
Y digo escalofriante porque algo bajaba en el agua.
Algo sinuoso y lento que, flotando en la lluvia, se acomodaba a las ondulaciones de la pendiente.
Y me agarré del alféizar: aquello venía directo a la casa. Ni siquiera atiné a sacar la linterna del cajón de la mesa de luz, aunque igual no sé si hubiera tenido suficiente coraje como para usarla. Al principio pensé en una serpiente, por cómo se desplazaba deslizándose. Pero se trataba de un hombre. Un hombre desnudo. La luz de una luna de sangre se apagó, y los relámpagos que estallaron en serie pusieron relieves en ese cuerpo, en esa piel verdosa cruzada de horrendos costurones. Y era evidente que aquel hombre nada podía hacer para eludir las fuerzas de la naturaleza: la corriente en bajada lo hacía acercarse más y más a la casa, sin que él lograra levantarse. ¿De dónde vendría, cómo había llegado a mí en medio de una madrugada tan atroz?
Cómo ayudarlo, me dije, y bajo la más monstruosa de todas las noches de nuevo distinguí algo —lo adiviné, mejor dicho—: en su trayectoria, aquel cuerpo a la deriva chocaba contra un roble caído.
Siempre detrás de la ventana, me pregunté si ese azar habría favorecido al extraño: acaso había logrado ponerse de pie. De ser así, pensé que no debía traicionar la proverbial hospitalidad de mis ancestros. Saqué de la mesa de luz la linterna y junté fuerzas para iluminar la noche, a través de la ventana. La densidad de la lluvia era tal que el haz de luz chocaba contra una masa líquida, iluminando apenas. Enfoqué hacia el roble, y no vi al hombre.
Me pregunté si no lo habría soñado.
Suelo soñar. Mejor dicho, suelo tener ensoñaciones, fugas. A tal punto que no sé si esta tormenta existe o no, o si sólo es el fantasma de alguna tormenta perfecta. Cada vez más a menudo, la avanzada edad me concede el don de perderme en el olvido: intuyo que la realidad de mi presente es cruel; sospecho que es la realidad del fracaso de toda una vida.
Mientras estoy decidiendo si vuelvo o no al dormitorio, oigo que llaman a la puerta. Llaman con el aldabón: esta noche, la luz eléctrica ya es un recuerdo de dos días atrás.
Al abrir los portales, envuelto en mi robe de chambre, me topo con Herr Vogel. Bajo el generoso alero de mi casona y calado hasta los huesos, me mira con cara de pocos amigos. Y me dice, con tono de reconvención:
—¿Acaso… esto es suyo? Logró escurrírsenos, y la correntada hizo el resto.
¿De qué me habla Herr Vogel? Miro, confuso, hacia donde él me indica: bajo la lluvia, dos de sus uniformados reducen a fuerza de cachiporra al hombre desnudo, a quien han esposado, según advierto.
—Perdón, padre mío —me suplica el pobre, bajando la cabeza.
Los hombres de Herr Vogel le quitan las esposas. Uno de ellos lo agarra del brazo y me lo entrega. El hombre desnudo cae de rodillas, y no se atreve a levantar la vista hacia mí.
—Lo descubrimos al borde del pantano —dice el burgomaestre—. Logramos impedir que se hundiera, y creo que ya me estoy arrepintiendo de que lo salváramos de un suicidio tan repugnante.
Y entonces sí, lo recuerdo todo. Por desgracia lo recuerdo todo.
Voy a mi estudio, y vuelvo al porche con una buena suma de dinero.
El burgomaestre recibe los billetes, y yendo hacia el coche de la Policía, siempre seguido de sus hombres, no se ahorra una nueva humillación para con mi persona:
—Despedácelo, sea razonable. —Con su bastón señala a mi hijo, que se deshace en lágrimas—. Ya no podré controlar a los pobladores por mucho tiempo. ¿Cuántos experimentos fallidos van ya, doctor Frankenstein?