País Relato - Autores

marcelo di marco

amante esposo

—Cristo bendito —murmuró Marisa, restañándose la sangre frente al espejo del baño—. Hacé que esto pare, te lo pido. Hacé que se muera.
Pero nada de eso sucedió, él ni paraba ni se moría: seguía pateándole la puerta, seguía humillándola con palabras asquerosas, insultos que ella ni sospechaba que existieran.
—Y te salvás porque tengo que ir a la empresa —decía del otro lado—. Y encima para mantenerte. Justo a vos. Mirá si seré infeliz.
Marisa se aseguró de haber echado doble llave. Él ya no pateaba. En este momento usaba algo contundente contra la angosta madera: quería destrozarla. ¿Cuánto podría resistir la cerradura nueva? Pero se la veía firme, compacta. Le costaría bastante. Descartó la ridiculez de poner el tacho de plástico para trancar la puerta, como hacían en las películas con las sillas. Qué idea estúpida. Tal vez fuera tan imbécil como él decía. Si no fuera tan imbécil como él decía, no se habría casado con semejante animal.
Afuera él insistía, seguía machacando dale que dale. Y era más horrible ahora, que lo hacía sin decir una palabra. ¿Con qué estaba golpeando así? ¿La maza de la cocina, el mango de uno de sus cuchillos? ¿Un martillo? No era cierto que debía irse a la empresa enseguida: tenía todo el tiempo del mundo, se habían levantado más temprano porque a él se le partía la cabeza de dolor. Si todavía era de noche.
—Abrí, o la vas a pagar como nunca en tu vida.
Ni se molestó en gritar por la claraboya para pedirles socorro a los vecinos: el chalet más próximo quedaba casi a una cuadra, y encima nadie se metía jamás. Optó por apartarse lo más posible de la puerta, entró en el jacuzzi y se acurrucó en ese nicho helado. Pensó que era una suerte que no hubieran podido tener hijos: al menos se evitaba las estúpidas explicaciones que les daba Laura a los suyos cada vez que el marido la fajaba. Incluso era una suerte que ella no trabajase: ¿cómo podría justificar las marcas, las vendas? ¿Cómo harían las demás mujeres?
Y entonces se acabaron los golpazos contra la puerta.
Silencio.
Marisa sintió que el labio le palpitaba feo, que se le hinchaba. Se atrevió a salir del jacuzzi y se miró con el espejo de mano que guardaba en el vanitory. El labio, sí. Se lo había partido de un rodillazo. Sangraba bastante. Y un moretón le aparecía en el párpado izquierdo.
Y esa tarde habían quedado en ir de compras con la madre, a San Isidro. Pero faltaba una eternidad.
—Abrí, Marisa.
Ni loca, pensó. Pero no dijo una palabra.
—Abrí, pelotuda. Abrí y dejate de joder.
—Esta vez llamo a la Policía en serio. Que vengan ellos a sacarme.
Una risa sincera le llegó del otro lado.
—Está bien —dijo él—, me diste una buena idea. Los llamo yo directamente y listo. Vas a ver qué lindo papelón que te vas a mandar con los amigos.
Ella se puso a temblar.
—No sabés cómo tengo la cara, Ernesto.
—A lo mejor te la arreglé y todo. A lo mejor les gustás. Es eso o abrirme. Así que no te hagás la tarada y salí de una vez.
—No me mates —dijo ella en voz baja.
Hubo otro silencio.
—¿Qué decís?
—No me mates, Ernie.
—No, qué te voy a matar. Prefiero cuidarte.
Claro, se dijo Marisa. Le gusta más así, de a poco. Un veneno lento.
Recordó su ilusión de novia, la luna de miel en Búzios. Su asombro ante la primera pelea. Al principio fue a mano abierta, apenas un bife. Después siguió con el puño.
Súbitamente un dolor punzante en el pie y un relámpago lacerante, y sangre en el tobillo y el terror en su grito a voz en cuello:
—¡ERNESTO!
Retrocedió de un salto y miró el piso. Algo relampagueante entraba y salía por la ancha rendija de la puerta.
Un cuchillo.
—Ernie, por el amor de Dios.
—Te lo compré anoche —dijo él retirando la hoja—. Lo usan los gurkhas. Los de Malvinas, ¿te acordás? Kukri se llama. Corta una mano de un saque. Limpita. Te va a quedar fenómeno cuando te encuentren. De lado a lado te va a quedar.
—Sos un cobarde, un loco de mierda sos.
—Abrime y paro.
Y la hoja curva entró de nuevo por debajo de la puerta. Parecía buscarla, tener vida propia. Y volvió a desaparecer.
Marisa se apartó lo más posible y se miró la herida. Como una picadura. La sangre contrastaba con los colores claros del mosaico. Tuvo una certeza: cuando por fin abriera y él viese el piso manchado se avivaría su cólera.
De modo que hasta ese punto se había rebajado.
Él la había rebajado.
La había rebajado tanto que hasta se sentía culpable por haber ensuciado de rojo las cerámicas. Una putarraca con libreta de casamiento, eso es lo que sos. Abrió el vanitory en busca del kit de primeros auxilios.
Y entonces recordó.
Él guardaba ahí una de sus pistolas. La Smith, como la llamaba devotamente. La Smith & Wesson Military.
Le había oído decir que un vanitory era el lugar más estratégico de la casa para esconder un fierro. ¿Por qué? Porque los chorros siempre te encierran en el baño, estúpida.
Marisa prestó atención. Del otro lado de la puerta no le llegaba ningún ruido. ¿Habría bajado? ¿Se habría ido a la empresa? Improbable, aunque en un momento le había parecido oír el ruido de las llaves de la puerta o algo así. Por un segundo pensó que de veras se había ido a buscar a los amigos de la seccional. Qué idea imbécil.
Revolvió en el vanitory, quería hacerse cuanto antes con las gasas y curarse el pie de una maldita vez. Tampoco le vendría mal un analgésico: ahora más en frío, la cara le ardía entre la sien y el ojo. Y ni que hablar del labio. Pero lo más urgente era curarse el pie. Debía curarse el pie, arreglarse para cuando le abriera a su marido. Debía estar impecable para un gerente de su nivel, debía seguir jugando su sonriente papel de esposa feliz y contenta hasta que él no decidiera otra cosa. Una putita con libreta, sos. Una infeliz, sos. Una zángana.
Encontró la bolsa de plástico con el logo de Johnson & Johnson. Y enseguida lo pensó mejor y volvió a guardarla en su lugar, y entonces removió un par de toallas del fondo y sacó la caja azul.
Levantó la tapa.
Aceitada y flamante, el arma relucía bajo las luces del tocador.
La tomó con las dos manos sin hacer el mínimo ruido. Aunque él no la oiría: era obvio que andaba por la planta baja.
Deslizó la corredera de la Smith.
Estaba cargada.
Más de una vez, él se había empeñado en enseñarle a manipularla. Incluso la llevó a tirar al campo. Y todo porque sabía que ella detestaba las armas. Por cualquier cosa, boludita, nunca se sabe. Es como aprender a nadar o a manejar.
Dejó la pistola en un estante y se miró al espejo. El moretón le cerraba el ojo. Se descubrió un surco en la frente, seguro que un arañazo. Abrió la bata ante su propia imagen. Leyó su historia en el cuerpo desnudo cubierto de cicatrices, algunas tan profundas como mataduras de caballo. No podía dejar de temblar.
Pronto todo cambiaría.
Empuñó la pistola, abrió la boca, tragó el caño hasta la garganta y oprimió el gatillo.
Nada, ni siquiera un clic.
Le había puesto el seguro sin darse cuenta, qué tarada.
Pero esa sería su última estupidez.
Desconcertado por la detonación, el Lobo se dio vuelta levantando el .44, apuntó al dueño y le voló la cabeza. Amordazado, esposado a una biblioteca, el forro quedó colgando de las manos como un muñeco. Un culo menos para limpiar en el mundo.
El Lobo se apuró, tenía que rajarse. Habían tirado desde algún lugar de la casa, y no era joda. Bolsa al hombro, salió del estudio sin siquiera detenerse a rejuntar las últimas joyas y los dólares de la caja fuerte. Cruzó el ancho pasillo, atravesó el living, escapó por la puerta de servicio. Blandiendo el revólver corrió con su bolsa hacia el Fox entre la arboleda. El Zombi le abrió la puerta del acompañante no bien lo vio, y después dijo quemando gomas:
—Qué pasó ahí adentro. Te tiraron.
El Lobo se rascó la cabeza.
—Tiraron una sola vez. El dueño andaba con un cuchillón así, pero lo dejó en el piso no bien me vio el Magnum. Cuando le metí las esposas, me recontrajuró que no había nadie más en todo el chalet. Que la mujer ni había vuelto a la noche. La casa era tan grande que mejor le di bola. ¿Para qué arriesgarme?
—Se ve que te mintió, boludo. —El Zombi sonrió, puso tercera—. Se ve que la cuidaba.